Después de pretender justificar la captura acusando al presidente Nicolás Maduro de dirigir una supuesta organización de narcotraficantes, el “Cártel de los Soles”, Estados Unidos ha reconocido implícitamente que el dichoso cártel no existe.
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Más que una categoría formal, la etiqueta “Generación Z” es un instrumento ideológico. Su origen no es académico, sino que nace de la intersección entre la mercadotecnia, la cultura popular y observaciones sociológicas superficiales. Estas etiquetas operan bajo una lógica esencialista que atribuye características homogéneas a segmentos poblacionales definidos únicamente por su año de nacimiento. Agrupar a los nacidos entre 1997 y 2012 bajo este rótulo constituye un ejercicio de abstracción que, al construir una identidad aparentemente universal, borra deliberadamente las profundas divisiones de clase, raza, género y geografía que realmente determinan sus experiencias vitales.
Esta categorización, sin embargo, trasciende su inherente deficiencia metodológica para convertirse en un instrumento de utilidad geopolítica. La construcción de un sujeto juvenil uniforme y predecible facilita su cooptación dentro de narrativas y estrategias de poder más amplias. En este contexto, resulta crucial examinar el papel de agencias gubernamentales como la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Fundada en 1961, la USAID ostenta un mandato público de promover el desarrollo y la democracia. No obstante, un análisis histórico revela que sus programas frecuentemente funcionan como un brazo blando de la política exterior estadounidense, destinado a moldear sociedades civiles y panoramas políticos en países estratégicos para consolidar la hegemonía global de Washington.
Los intereses de Estados Unidos en el Sudeste Asiático y el Sur de Asia –en naciones como Filipinas, Tailandia, Indonesia y Nepal– son multifacéticos y de crucial importancia. Se trata de una región en la pugna por la influencia con China, donde yacen importantes rutas marítimas comerciales y se disputa la lealtad de aliados históricos. La labor de la USAID y de organizaciones vinculadas en estos países a menudo se orienta a contrarrestar la influencia china, debilitar movimientos antiestadounidenses y promover élites gobernantes afines. Las evidencias son elocuentes: en Filipinas, se ha documentado el financiamiento y asesoramiento a grupos juveniles y de la sociedad civil que se oponen a la creciente cercanía del gobierno con Beijing. En Nepal, organizaciones receptoras de fondos estadounidenses han estado activas en movilizaciones contra acuerdos de infraestructura clave con China.
Esta dinámica evoca los manuales de la Guerra Fría, actualizados para una era de competencia estratégica e ingeniería social digital. El derrocamiento clásico de gobiernos ha dado paso a tácticas más sutiles de presión económica y de fomento de una “democracia” dirigida. Esta misma lógica, sin embargo, no se aplica sólo en escenarios de confrontación abierta como el Indo-Pacífico, sino que encuentra una expresión más sutil y perversa en el mal llamado “patio trasero” estadounidense, donde el objetivo no es derrocar abiertamente a un gobierno, sino asegurar su docilidad mediante la fractura interna.
El caso de México es paradigmático. Aunque la relación bilateral con el gobierno de la autodenominada “Cuarta Transformación” (4T) es funcional para los fines de Donald Trump, la agenda geopolítica estadounidense tiene como objetivo primordial asegurar, a como dé lugar, su zona de influencia y seguridad. Es por ello que, paralelamente al diálogo coercitivo con el gobierno en turno, Washington fomenta el crecimiento en influencia de sectores conservadores y de ultraderecha. Se trata de una facción de la burguesía que, en un principio, fue arropada por el proyecto de la 4T, pero que hoy se confronta con el segmento empresarial que ha encontrado acomodo y prosperidad dentro del modelo actual.
Por ello, desde diversos frentes se financian tácitamente movimientos de rebeldía –no revolucionarios– destinados a servir a intereses particulares, con el objetivo último de desestabilizar al gobierno de Claudia Sheinbaum. Esta estrategia sólo encuentra terreno fértil porque la propia administración de Sheinbaum, al no romper esencialmente con el estilo de gobierno de su antecesor, genera una inconformidad juvenil con fundamentos concretos. Su fuerza política prioriza lo electoral, la apariencia de su imagen política y la popularidad superficial. Su supuesta lucha contra la pobreza no se centra en combatir la concentración de la riqueza, sino en un clientelismo sistemático utilizado como gancho electoral. Esta práctica fomenta la sumisión de las clases trabajadoras, mientras el gasto público se incrementa de forma improductiva, destinado solamente a mantener el asistencialismo. Mientras tanto, sectores clave como educación, vivienda, justicia y desarrollo científico se ven sumidos en una oprobiosa mediocridad. El resultado: jóvenes que enfrentan un panorama más desfavorable que el de sus padres. Desempleo estructural, vivienda inalcanzable, migración forzada, fuga de cerebros, servicios de salud deficientes, un futuro de retiro sombrío y un ambiente de violencia creciente. Sin embargo, estas condiciones no son atribuibles exclusivamente al gobierno actual, sino a una causa estructural: el sistema económico de libre mercado, fundamento igualmente arraigado en la agenda política de la oposición y el oficialismo (sus diferencias, por tanto, son de forma, no de fondo). Por ello, la oposición sólo aspiraría a un movimiento fugaz que deje intacta la raíz verdadera del problema. Al ser planeada como una rebelión espontánea, carecerá de una unidad ideológica sólida –que sólo se obtiene de un análisis fidedigno de la sociedad–, para que sea susceptible a la manipulación.
Y, sin embargo, es en esta misma juventud donde reside una potencia rebelde que el sistema busca aniquilar. Los jóvenes, por su proximidad a la formación académica –aunque ésta se halle en crisis– tienen la oportunidad de acceder a marcos teóricos que les permiten analizar la estructura del sistema económico. Ésta es una ventaja potencial frente al trabajador adulto, a quien el sistema le ha negado el tiempo y la energía para el pensamiento abstracto. La juventud posee una potencia rebelde que la edad adulta aniquila. Los años, la rutina laboral y la amenaza constante del régimen salarial precario incuban una resignación maldita: la sumisión silenciosa o el resentimiento ahogado entre cuatro paredes. Cuando el joven logra ser consciente de la pertenencia a su clase social, se convierte en elemento natural de la vanguardia proletaria. ¡He ahí el porqué del terror de la clase dirigente! De allí su afán por enclaustrarlos en sus pasatiempos, por eternizar su infancia frente a pantallas, liberando endorfinas mientras juegan con mundos ficticios en aventuras digitales interminables. Se les condena a proyectarse en una fantasía, a hallar héroes sólo en historietas o en contextos fantasiosos e inasequibles. Porque el potencial juvenil de comprensión es alto, y los medios para anestesiarlo, también lo son. Por ello, en nuestra “libertad” capitalista, es más fácil hallar una dosis psicotrópica a la vuelta de la esquina que una razón firme para existir. Ésta es la verdadera guerra: la batalla por la conciencia de los jóvenes.
A primera vista, el panorama parece desolador. Sin embargo, que la clase dominante emplee medios cada vez más sofisticados para manipular las ideas es, en sí mismo, un síntoma elocuente: evidencia la creciente dificultad para ocultar una realidad tozuda. Las contradicciones del capitalismo se han vuelto omnipresentes, y su aparato de control sobre la juventud exhibe grietas imposibles de suturar. De sus fallas emerge no un sujeto generacional pasivo, sino una juventud que, al reconocerse en la lucha de clases, se constituye en fuerza proletaria consciente. Ahí reside la semilla de una convicción que parecía olvidada: un sector creciente de jóvenes no sólo vuelve a creer en la revolución, sino que ya está organizándose para llevarla a cabo.
Después de pretender justificar la captura acusando al presidente Nicolás Maduro de dirigir una supuesta organización de narcotraficantes, el “Cártel de los Soles”, Estados Unidos ha reconocido implícitamente que el dichoso cártel no existe.
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En una búsqueda por las redes sociales encontré este comentario como contexto sobre el municipio de Tecomatlán.
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El avance tecnológico no es malo ni bueno en sí mismo.
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Escrito por Marco Aquiáhuatl
Licenciado en Historia por la Universidad de Tlaxcala y Licenciado en Filosofía y Letras por la UNAM.