Cuentan que en el Mundial de México 1986, entre el fervor futbolístico, era común escuchar una rechifla incómoda para las autoridades: “No queremos goles, queremos frijoles”.
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Un denominador común de conflictos actuales como los de Ucrania, Gaza o Irán, es, indudablemente, la tendencia hacia el empleo cada vez más extremo de la violencia. Esto se observa en circunstancias como la creciente crueldad de los actores involucrados, en el engrosamiento incesante de las bajas en combatientes y civiles, en la destrucción de ciudades enteras, así como en el empleo de armas cada vez más sofisticadas para pulverizar objetivos estratégicos. Todo lo anterior parece una locura sin control, y lo es, cuando menos y sin duda, ahí donde opera la cerrazón imperial del “Occidente colectivo”, cuyos representantes, negándose o estorbando cualquier esfuerzo diplomático genuino, pretenden someter a quienes se opongan o estorben su dominio mundial.
Sin embargo, las guerras actuales de Occidente se han topado con respuestas contundentes de sus enemigos. En ese sentido, los choques de fuerzas e intereses en dichos escenarios mantienen, desde mi punto de vista, una lógica interna que más o menos delineó Carl von Clausewitz con sus tres interacciones. De ellas podría resumirse lo siguiente:
Primero: cada participante de una guerra marca una ley a su enemigo, es decir, despliega un determinado grado de virulencia frente a su contrincante. Éste se ve obligado, entonces, a dialogar con ese reto, de manera que el conflicto se desarrolla como una dialéctica de violencias entre rivales. Lo antedicho conduce, en segundo lugar, a la enajenación de los actores guerreros. En tanto que cada uno se ve condicionado por las medidas tomadas en el campo opuesto, éstas se convierten prácticamente en las dueñas de sus actos. En tercer lugar, para derrotar al adversario, cada cual ha de invertir sus recursos materiales y mantener viva su voluntad, procurando adecuar ambas cuestiones a los retos que impone la violencia de su rival. Es aquí donde aparece la escalada, pues cada uno intenta superar, por su parte, los recursos del enemigo, lo cual condiciona una tendencia imparable al empleo progresivo de mayores volúmenes de recursos para la destrucción, hasta agotar todos los medios existentes. Las interacciones llevarían conjuntamente a la eventual superación del problema mediante la imposición de aquel que responde más efectivamente o, acaso, mediante la destrucción mutua en el actual escenario nuclear (Clausewitz, De la Guerra, lib. I, cap. I, § 3-5).
Considero que cada uno de los conflictos citados observa las tres interacciones, aunque dadas sus proporciones, en cada cual son menos o más notables. En todo caso, el más ilustrativo es el de Ucrania. La apuesta de incluir a este país en los planes de la OTAN trajo una reacción de los rusos: la “Operación Especial” de 2022. A su vez, esto marcó una ley a Occidente, quien respondió usando tropas ucranianas, inteligencia, armamento y mercenarios. Y esto, a su vez, marcó una nueva ley a Rusia, cuyo mandatario se ha visto obligado a desarrollar una estrategia de agotamiento, empleando también mercenarios, tecnología superior a la enemiga, etc., y, además, ha mostrado la carta del arsenal nuclear ruso cuando lo considera pertinente.
El conflicto cumple, así, con la primera interacción. Pero igualmente con la segunda, pues la política militar de cada enemigo está relativamente enajenada, marcada por la perspectiva geoestratégica del otro, esto es, en parte, por las medidas de Occidente para su dominio mundial mediante el sometimiento de Rusia, o por las medidas de Rusia para destrozar tal intención vía la derrota de Ucrania. Finalmente, la tercera –que también puede verse en aquellos elementos de la primera– puede observarse en el nivel global alcanzado por esta guerra y en el empleo desmedido de recursos. Ucrania los ha agotado de tal manera que depende de Occidente y toma medidas extremas: v.gr., su recluta está marcada por episodios dramáticos, en los cuales los reclutadores capturan por fuerza a los hombres que siguen en el país.
Eso resulta de una situación de escaladas incesantes en la cual, consecuentemente, también participa Rusia. Cada vez que los ucranianos han dado un golpe significativo, la contraofensiva desde la retaguardia rusa se recrudece. Es muy probable que, si esas interacciones continúan hacia los extremos, hacia la destrucción progresiva de riquezas y vidas humanas, el ambiente será cada vez más hostil, y cada vez estaremos más cerca de un escenario catastrófico de dimensiones mundiales.
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Escrito por Anaximandro Pérez
Doctor en Historia y Civilizaciones por la École de Hautes Étus en Sciences Sociales (EHESS) de París, Francia.