Es evidente que Héctor Aguilar Camín eligió, sin ambages, contar una historia desde el poder con el discurso construido para reprimir la disidencia.
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Los principales creadores del México independiente fueron individuos que combatieron, persiguieron y mataron revolucionarios durante los 11 años de guerra civil que vivió la Nueva España. Apoyado por los ricos de México, Agustín de Iturbide, un sanguinario comandante de las tropas virreinales reunió como Ejército Trigarante a otros colegas suyos con sus tropas y a algunos insurgentes. Con ellos, aquel se apoderó del Estado y formó su Primer Imperio Mexicano (1822-1823). Esta oleada triunfal contrarrevolucionaria alcanzó prácticamente todos los rincones del país, permitiendo, entre otras cosas, que las élites tradicionales de las regiones conservaran su poder.
Córdoba es un caso ejemplar. Esta villa, fundada a inicios del Siglo XVII, nació con un objetivo concreto: erradicar a los esclavos huidos de haciendas cañeras que atacaban en bandas el comercio del camino de Veracruz. Los hombres que la fundaron ganaron títulos nobiliarios, muchas haciendas y ranchos con tierras fértiles y conservaron el gobierno de la villa hasta el Siglo XIX, a través de sus descendientes. Los indígenas originarios de la región habían sido exterminados por la conquista un siglo antes, de manera que las necesidades de mano de obra para los cañaverales cordobeses condujeron a una acumulación considerable de esclavos de origen africano, propiedad de las familias fundadoras y sus herederos.
Esos negros eran mayoría en la región. Entre los siglos XVIII-XIX constituían el 40 por ciento de los habitantes de la demarcación de la villa (de dos mil 300 a tres mil personas), mientras que los blancos de origen español constituían más o menos un 22 por ciento (de mil 300 a mil 600 personas), el 38 por ciento restante lo conformaban sectores indígenas y mestizos, trabajadores en áreas distintas de la producción cañera. Los esclavos fueron los más explotados, así como los más inconformes contra sus explotadores. Por este motivo, la historia de Córdoba está plagada de ciclos de escapes e insurrecciones masivas de esclavos, las cuales siempre fueron sometidas con gran virulencia. Entre las más famosas están la de Yanga de 1570 y la de 1735. Ésta fue un episodio especialmente violento. Se rebelaron más de 500 esclavos, quienes se situaron en la sierra de Omealca, al sur de la villa. Los hacendados reunieron unos 600 milicianos para reprimir a los rebeldes. El asunto se extendió hasta 1737, costó la destrucción de propiedades y la muerte de combatientes de ambos partidos, y terminó ese año con la traición y ejecución de los líderes esclavos José Pérez y José Tadeo en la plaza pública. Unos años antes de la revolución independentista, en 1805, hubo otra gran rebelión; ha sido menos estudiada, pero fue, acaso, mucho más grande: además de los hacendados armados, el virrey Iturrigaray envió a tres mil soldados para someter este alzamiento.
En medio de tales circunstancias tradicionales de la región, de desigualdad, rebelión y represión, irrumpió la insurgencia antiesclavista de 1810. Desde finales de 1811, cuando los insurgentes aparecieron en el área, los afrodescendientes escaparon de sus haciendas y muchos de ellos se unieron a la insurrección. Los ricos actuaron según costumbre: se armaron y pidieron auxilio a los comandantes del Ejército virreinal, que les envió dos compañías de Tlaxcala, auxiliadas por otras tropas estacionadas en la vecina Orizaba. La unión de rebeldes americanos blancos, indígenas y mestizos con los esclavos significó un problema existencial para los ricos propietarios, quienes sufrieron pérdidas económicas por los asaltos insurgentes a haciendas, ranchos y casas del perímetro de Córdoba. Pero los esfuerzos armados del gobierno virreinal casi extinguieron la amenaza hacia 1817.
Naturalmente, los gastos de la contrainsurgencia los pagaron en buena medida, de mala gana, los propios ricos cordobeses. Esto les permitió reafirmar su preeminencia regional, pero los gastos debieron causarles muchos retortijones y revuelcos. Las élites locales desearon el final de la guerra y de las pérdidas materiales que suponía; por eso, cuando llegó la coyuntura de Iturbide, con sus pretensiones de clausurar las hostilidades, no dudaron en abrirle las puertas. Transformada de villa contrarrevolucionaria a bastión de una rebelión elitista, en agosto de 1821 se firmaron los Tratados de Córdoba en una casa céntrica de los esclavistas Zevallos. Este final regional del conflicto facilitó la continuidad de la esclavitud hasta 1829 y permitió que los viejos ricos siguieran explotando y que los explotados siguieran trabajando para ellos.
Es evidente que Héctor Aguilar Camín eligió, sin ambages, contar una historia desde el poder con el discurso construido para reprimir la disidencia.
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Escrito por Anaximandro Pérez
Doctor en Historia y Civilizaciones por la École de Hautes Étus en Sciences Sociales (EHESS) de París, Francia.