La conversación se centró en los esfuerzos conjuntos para avanzar hacia la paz y en la coordinación de posiciones sobre la seguridad regional.
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A lo largo de su historia, Rusia ha sido invadida en múltiples ocasiones. Ya desde 1237, la Rus fue ocupada por los mongoles: el dominio de la Horda de Oro duró hasta 1480. A principios del Siglo XVII el ejército de Polonia entró a Moscú, de donde finalmente fue expulsado en 1612 por un pueblo valiente que reivindicaba su soberanía. Dos siglos después, en 1812, ocurrió la invasión napoleónica, con catastróficos resultados para la Grande Armée. Hitler y su Wehrmacht entró a sangre y fuego en Rusia en junio de 1941: terminaría bochornosamente derrotado.
Esta historia viene a cuento con motivo del más reciente ataque contra Rusia, perpetrado por la OTAN, utilizando a Ucrania como instrumento, y que hoy está sufriendo ignominiosa derrota, como las anteriores embestidas. Todas estas han sido experiencias que han curtido al ejército ruso, a base de golpes, terminando por convertirlo en el más experimentado y efectivo del mundo. Los múltiples ataques han provocado el efecto opuesto a lo deseado por Europa y los Estados Unidos (EE. UU.).
Me referiré hoy aquí a otra dura experiencia sufrida por Rusia, y que muestra su inalterable espíritu de heroísmo y su determinación para vencer, y que pareciera una especie de déjà vu, algo ya visto antes. Y no es por mera coincidencia, pues las relaciones imperialistas siguen subyugando a las naciones, y éstas, resistiendo los embates. Hablo concretamente de la Guerra Civil, entre noviembre de 1917 y junio de 1922, como secuela de la toma del poder por el partido de Lenin en la Revolución de octubre de 1917. Como era de esperarse, los terratenientes y los capitalistas rusos, no contentos con su derrota, buscaron recuperar el poder, y –esto es lo que merece resaltarse aquí–, contaron con el decidido apoyo de las potencias imperialistas, casi como modelo de lo que hoy ocurre.
Formalmente se enfrentaron el Ejército Rojo y el Ejército Blanco; dicho en términos de clases sociales, obreros y campesinos por una parte y terratenientes y capitalistas por otra. Sobre esta sangrienta guerra refiero aquí, por su gran valor testimonial, algunos pasajes de las memorias de Gueorgui Zhúkov, Mariscal de la Unión Soviética, y el estratega que derrotó a los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Resalta en su obra la fuerte alianza entre las potencias capitalistas y los defensores del antiguo régimen terrateniente monárquico en Rusia. “La situación se complicaba aún más porque los intervencionistas y las tropas facciosas de los guardias blancos se habían apoderado de varias regiones económicas muy importantes (…) La firma de la Paz de Brest desvaneció las esperanzas del imperialismo internacional de estrangular a la República Soviética con las manos del ejército alemán. Pero los imperialistas de Inglaterra, Francia, EE. UU. y Japón continuaban los intentos de destruir nuestro Estado. En la primavera de 1918 en el Norte desembarcaron tropas norteamericanas, inglesas y francesas. Tropas japonesas, y tras ellas norteamericanas e inglesas, desembarcaron en Vladivostok (…) (promovieron) operaciones militares contra el Ejército Rojo en los Urales, Siberia y la región del Volga (…) Alentados por la ayuda, los guardias blancos rusos se aliaron a los intervencionistas extranjeros y pasaron a la ofensiva” (Zhúkov, p.38).
Como expone el militar ruso, el derrotado imperialismo alemán en la Primera Guerra, que antes había firmado un pacto de paz con Rusia, terminó violándolo e intentó aprovechar la debilidad del naciente Estado soviético para arrebatar más territorios de los que había obtenido en las negociaciones de Brest-Litovsk. Dice Zhúkov: “Los imperialistas germanos también se incorporaron a la lucha contra el Poder soviético. Violaron las condiciones de la Paz de Brest, ocuparon las regiones del Báltico, Bielorrusia y Ucrania, irrumpieron en la región del Don, ocuparon Rostov del Don y otras regiones. En Ucrania y el Don entregaron el poder a los exgenerales zaristas. (Pero) La oleada de ira popular que se alzó impetuosamente contra los ocupantes minaba la moral de las tropas de los intervencionistas germanos (…) Las tropas soviéticas y los guerrilleros expulsaron a los ocupantes alemanes de Ucrania, Bielorrusia y las regiones del Báltico” (p. 37).
Debe destacarse del relato de Zhúkov que las potencias imperialistas saben por experiencia que sus ejércitos necesitan la colaboración de esbirros locales. “Pero bien pronto los intervencionistas comprendieron que ellos solos no podrían cumplir sus designios y reforzaron la ayuda a la contrarrevolución interna. En noviembre de 1918 pusieron en Siberia como ‘gobernante supremo de Rusia’ al almirante zarista Kolchak (Aleksandr Kolchak). En el sur lograron unificar las fuerzas de la contrarrevolución al mando del general zarista Denikin (…) En el segundo semestre de 1918 las fuerzas de los imperialistas y guardias blancos contaban en Rusia con cerca de un millón de soldados y oficiales, bien entrenados y armados” (Ibid.). Kolchak, inicialmente con la mayor fuerza militar de los blancos, operaba desde su bastión en Siberia, mientras otro general zarista, Antón Denikin, lo hacía desde Ucrania, el norte del Cáucaso y el sur de Rusia. En Crimea, hacia 1920 operaba el general Piotr Wrangel, con tropas considerablemente nutridas con bandas de ladrones (algo semejante a lo que hoy vemos en Ucrania).
Y como venimos diciendo, los guardias blancos que enfrentaban al Estado soviético no estaban solos: tenían el respaldo del gran capital mundial: “Además, en la retaguardia de las tropas de Kolchak estaban concentrados unos 150 mil hombres de las tropas intervencionistas de EE. UU., Inglaterra, Japón, Italia” (p. 39). Casi los mismos países que hoy están en la retaguardia (y en la vanguardia) del ejército ucraniano de Zelenski y sus banderistas.
Y como ocurre también hoy en Ucrania con la cuantiosa ayuda financiera de la Unión Europea, “Los gobiernos de los Estados imperialistas abastecían intensamente a los ejércitos de Denikin, a quien la Entente elevó a rango de ‘suplente del jefe supremo” (p. 39). Y abunda el autor: “Es cierto que los soldados de Kolchak, Denikin y de otros ejércitos blancos estaban mejor pertrechados que los del Ejército Rojo. Tenían buenos uniformes y armamento, se apoyaban en una retaguardia bien surtida de víveres, recibían de la Entente en abundancia armamento, municiones, pertrechos y otro material” (p. 40). ¿No resulta esta narración casi una calca de lo que sucede hoy con los imperialistas de la OTAN abasteciendo a Ucrania?
Otra marcada similitud entre lo que ahora y en aquel entonces ocurrió es el empleo del terror por los invasores y sus mercenarios locales contra la población civil. “Las organizaciones contrarrevolucionarias (…) fraguaban en la retaguardia del país insurrecciones, motines, actos de terrorismo y sabotaje” (p. 47). Tal es el modus operandi actual de la banda terrorista que gobierna Ucrania.
Y a todo esto, ¿qué movía a los gobiernos capitalistas de Europa, EE. UU. y Japón? Dice Zhúkov: “Los gobiernos imperialistas se propusieron el objetivo de derribar el Poder soviético y acordaron entre ellos desmembrar nuestro país. Se preveía la separación de Ucrania, Bielorrusia, las regiones del Báltico, el Cáucaso, parte del Norte y otras importantes regiones” (p. 39). Exactamente lo que hoy expresamente dicen buscar: despedazar Rusia en cuatro grandes territorios y repartirlos entre los imperialistas. Asimismo, igual que en aquel entonces, buscaban derrocar al poder soviético, hoy buscan derrocar al gobierno de Vladimir Putin, que constituye un obstáculo para la expansión imperialista. Las razones de la invasión, pues, siguen siendo las mismas, y los pretextos, también.
Finalmente, el ejército blanco fue derrotado. Y en este contexto, vale la reflexión: si el Ejército Rojo no estaba tan bien pertrechado como los invasores y los guardias blancos a ellos ligados, ¿por qué triunfó en la guerra civil y mantuvo con vida a la joven república socialista? Sólo hay una explicación: la unidad de acción del pueblo ruso, coordinado por un partido propio de los trabajadores, indisolublemente unido a un ejército del pueblo. Aquella gesta heroica nos enseña que esos factores son la base del triunfo de los países que luchan por su independencia frente al imperialismo. Y nos enseña también que la ambición imperialista de dominio, concretamente de Rusia, y sus métodos para lograrlo, permanecen invariables. Pero también permanece inalterable el heroísmo del pueblo ruso, hoy reforzado por sus alianzas globales y por un portentoso desarrollo tecnológico, todo ello garantía de triunfo.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.