Sobre la falsedad del origen “natural” de los fenómenos sociales, la historia nos ilustra
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No lo digo porque sea Antorchista. Cualquier persona desprejuiciada, a poco que se interese en averiguarlo, se dará cuenta de que lo dicho a la cabeza de este trabajo es absolutamente cierto. No existe en el país ninguna agrupación civil, sin subsidio gubernamental, que haya reunido a cientos de actores durante tres días y en dos foros, 24 veces, porque el acontecimiento que acaba de terminar el pasado domingo 30 de noviembre fue el XXIV Encuentro Nacional de Teatro del Movimiento Antorchista.
Se presentaron nueve espléndidas puestas en escena en la categoría “semiprofesional” cuyos integrantes, es indispensable y justiciero aclararlo, no cobran nunca por sus actuaciones y se les clasifica así porque ya tienen alguna experiencia acumulada; 21 obras en la categoría “amateur”, integrada por novatos o casi novatos; y cuatro más de la categoría “popular”, formada por colonos y campesinos con muy poca instrucción educativa. En total, 34 maravillosas puestas en escena.
El público se estremeció y se transformó. Todo sucedió en Tecomatlán, la cuna del Movimiento Antorchista. Una población de la Baja Mixteca poblana con una naturaleza avara que ha logrado transformarse y convertirse en una pequeña ciudad deslumbrante gracias al trabajo sacrificado y unido de la inmensa mayoría de sus habitantes. Una obra colectiva ejemplo para el país en la que no hubo nunca ni expropiaciones de bienes ni invasiones de tierras, sólo la tesonera solicitud y, en caso necesario, la lucha por obras y servicios que hasta no hace mucho los gobiernos de los estados y del país consideraban como su obligación ineludible.
En la humildad de uno de los servicios con los que arrancó la confianza mutua en los esfuerzos de todos, una tiendita Conasupo con anaqueles hechos en casa y en un local rentado, puede apreciar el que se entere, la pequeñez, la extrema justificación de las familias urgidas de comprar barato. Asimismo, en la grandeza de otra de las primeras aspiraciones satisfechas, en una escuela secundaria, ya se echaba de ver que se trataba de un proyecto trascendente que no se limitaba a satisfacer las necesidades más elementales, sino que tenía puesta la vista lejos, en lontananza, en la construcción de un gran proyecto educativo que procurara un hombre nuevo.
Por eso, nadie debiera extrañarse si se entera de que no pasó mucho tiempo después de la fundación del Movimiento Antorchista y la consecución de los primeros logros, cuando se empezó a levantar otro de los sueños de los valientes iniciadores: un auditorio con foro para presentaciones con capacidad para poco más de mil personas. Ahí mismo podrían llevarse a cabo, y se realizaron, las trascendentes reuniones mensuales del grupo antorchista, heroico pionero en la forma y en el fondo, que nunca, luego de 51 años, han dejado de celebrarse. En esta magna obra no hubo gestiones ni dinero público, hubo cooperaciones voluntarias con arena, con grava, con ladrillo, con cemento y con trabajo, con mucho trabajo. La obra se terminó, ya acumula más de cuarenta años, ahí sigue cuidada con esmero y con cariño y ésa fue la sede de las 21 obras de la categoría amateur que, para poder verlas todas, la jornada iniciaba temprano, cada uno comía lo que podía entre una y otra y se bajaba el telón pasadas las diez de la noche.
El otro foro es fastuoso. Se inauguró este año. Lo digo con temor a aparecer como mentiroso, pero es la verdad: hay capitales de estados de la República que no cuentan con un teatro de ese tamaño y características. Esta obra tampoco tuvo que esperar soluciones a peticiones a ninguna autoridad y, por tanto, no tiene incorporado un centavo de dinero público, nada más trabajo ejemplar de todos los antorchistas del país. Es su organización y su esfuerzo materializados, es su orgullo legítimo.
Desde la ceremonia de inauguración del Encuentro de Teatro, ya era difícil de creer. Che faro senza Euridice, de la ópera Orfeo, de Christoph Willibald Gluck; Se tu m’ami, se sospiri de Giovani Batista Pergolesi; Casta Diva, de la ópera Norma, de Vincenso Bellini y ¡Che gélida manina! de la ópera La Boheme de Giacomo Puccini, fueron cuatro impresionantes interpretaciones de la música culta ejecutadas por tres mujeres y un hombre que durante años y bajo la inspiración, la dirección y el apoyo del Movimiento Antorchista, han alcanzado esas cumbres del arte y se presentan siempre que hace falta ante los modestos mexicanos que crean la riqueza material que hace posible la riqueza espiritual y nunca disfrutan de ella.
El arte teatral, la vida ante nuestros ojos que se mostró en la categoría amateur, tuvo entre sus mejores trabajos Las brujas de Salem, de Artur Miller, presentada por el Centro Universitario Tlacaélel con sede en Ixtapaluca, obra estrenada en 1953 en la que se recuerdan los juicios y ejecuciones en el Boston de 1692 en los que el fanatismo religioso y los burdos intereses económicos y políticos dictaron sentencia por el delito de brujería y ahorcaron a 14 mujeres, a cinco hombres y a uno más lo asesinaron con la tortura. El tema está vivo. Lo saben bien los antorchistas que durante años han sido acusados por los representantes de esos mismos intereses, de crímenes nefandos que jamás han cometido.
Estuvo presente también el irlandés Oscar Wilde, con una de sus célebres críticas de las clases adineradas de Inglaterra: Una mujer sin importancia, que termina cuando un cínico –rico, por supuesto– le ofrece a una mujer menos adinerada con la que tuvo un hijo fuera de matrimonio casarse con ella y le dice altanero: “Te doy mi palabra, Rachel, que ninguna mujer me ha amado como tú. Tú te diste a mí como una flor para que yo hiciese con ella lo que quisiera. Fuiste el más bonito de los juguetes, la más fascinante de las novelas…”. La mujer no soportó más el insulto y la burla y le soltó una cachetada. Los espectadores, como uno solo, aplaudieron apoyando decididamente la osadía. Pienso que quizá por ese enorme poder de comunicación, las clases dominantes tienen arrinconado al teatro.
Entre las obras de la que llamamos categoría semiprofesional, destacó La Alondra, obra de Jean Anouilh, en la que, también con la maestría y el impacto de los grandes dramaturgos, se exhibe el juicio contra Juana de Arco, la Doncella de Orleáns, una campesina francesa que se decidió a luchar durante la última etapa de la Guerra de los Cien Años y pagó su osadía en la hoguera, asesinada por los nobles franceses aliados a los ingleses. Murió decidida y valiente en 1431 y nunca se arrepintió de sus hechos ni pidió perdón. Un gran ejemplo para la época en la que vuelve a estar a la orden del día el nacionalismo y la defensa de la patria.
No puedo dejar de referirme a dos cátedras magistrales, porque eso fueron los discursos pronunciados por el Maestro Aquiles Córdova Morán, el secretario general del Movimiento Antorchista, en las ceremonias de inauguración y de clausura del evento, pero eso, en todo lo que se merecen, será en otra ocasión. Ahora únicamente creo necesario decir –según entendí– que se refirió a la enorme importancia que tiene la unidad de los luchadores cuyos avances y éxitos nunca dejan de ser blanco de las pretensiones de los poderosos, quienes no dudan en servir de lacayos a sueldo para destrozar los elocuentes ejemplos de las conquistas de la lucha social.
La ceremonia de clausura del encuentro todavía nos dejaría otra lección de entereza, valentía y compromiso. Cuando casi cien jóvenes tecomatecos ejecutaban bailes del norte del país, de repente, sin siquiera empezar a fallar, el sonido se apagó. Nos jugó una mala pasada. Los muchachos se desconcertaron durante unos dos o tres segundos y, sin hablar, sólo entendiendo perfectamente bien la tácita intención de todos, decidieron continuar el espectáculo. Bailaron, no, volaron sin música, todavía unos diez minutos más sin perder el paso ni la perfecta coordinación, sin perder la entrega ni las ganas inmensas de sobreponerse a la adversidad y hacer bien su tarea.
Así se lucha, así se vive. La gente contenía la respiración, esperaba, y cuando pareció que los acordes llegaban a su fin, subió la fuerza, los casi cien jóvenes bailarines quedaron finalmente inmóviles y, sin que nadie animara, ni pidiera aplausos, el público, como un solo corazón, acudió a la cita, estalló en una enorme ovación que asordó a la sala y a mí me humedeció los ojos.
Una última y breve cuestión. Si mi entusiasmo por lo vivido lleva al amable lector a pensar que exagero o miento, no se lo reprocho, coincido en que es difícil de creer, me permito informarle solamente que todo el encuentro fue cuidadosamente filmado por la Comisión Nacional de Publicaciones del Movimiento Antorchista; con ese valioso material puede salir de dudas. O, mejor, aún, vaya al XXV Encuentro de Teatro, lo recibiremos con un gran abrazo fraterno.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".