Decálogo del escritor, fruto de muchos años de periodismo y ejercicio de la pluma revolucionaria de Elías Castelnuovo.
Cargando, por favor espere...
En 1998, la editorial Palo de Hormigo publicaba La serpiente pitón, compilación de 12 cuentos del narrador, poeta y dibujante guatemalteco Luis Alfredo Arango; en sus páginas los detalles pintorescos brindan a algunas narraciones un misericordioso dejo agridulce para soportar el doloroso espectáculo de un pueblo sumido en la ignorancia, embrutecido por el alcohol y la desesperanza, presa de la violencia policial y la represión y en la que los recuerdos infantiles no son dulces. El escenario es rural y urbano; las contradicciones entre indígenas y ladinos surgen a cada paso, inevitables, en toda su crudeza; y los personajes, presentados con un ágil pincelazo, hablan con tal soltura los modismos de la tierra y poseen una vitalidad que sólo pudo darles alguien que convivió con todos ellos y los vio enfrentar sufrimientos e injusticias. Políticos, caciques y demás parásitos están presentes también, retratados en toda su codicia y falta de escrúpulos; y tampoco podían faltar los grandes mitos originarios, que en El son de la tortuga gigante y El grillo del cerro de oro nos permiten asomarnos a la cosmovisión de un pueblo que se niega a olvidar sus orígenes.
La edición está ilustrada por su propio autor, quien además se ocupó de plasmar, sencilla pero rotundamente, su manifiesto poético, dejando bien claras sus convicciones y su defensa de una literatura que sirviera a la construcción de un mundo mejor:
“Si alguien anhela que le llamen poeta, maestro, aedo o portaliras, pues que lo disfrute; con eso a nadie le hace daño; como decía mi abuela: “al cabo, mundo, ahí te quedas...”. Yo rehuyo esas pompas. Creo que ser escritor es como ser panadero: de los dos necesita el mundo: pan para el estómago, primero; después, pan para el espíritu. Es un error creer que para disfrutar la música, la pintura, la literatura, la danza, el teatro, etcétera, necesita uno tener conocimientos teóricos, ¡eso es mentira! El arte no es para eruditos, ni necesita certificaciones en papel sellado para que el público lo “entienda”. La perfección es un mito. Escribo porque me gusta. Porque me come el gusanito. Lo hago para reírme de las solemnes figuras del tinglado nacional; pero también por tristeza, por ira, por dolor y porque es mi obligación. Escribo al oído, como los músicos que no saben solfear; no sé nada de gramática (constantemente estoy consultando el rebuznario); no tengo la vanidad de creer que soy ‘más mejor’ que fulanito o chocanito. (…) Finalmente, escribo y publico mis escritos para dejar testimonio de mi paso por este mundo –ayer descubrí que me queda más pasado que futuro–. Me dan ganas de llorar, en este fin de siglo, por todas las masacres: genocidios, etnocidios, guerras malditas y estúpidas, y por la postergación de las soluciones que los pobres han esperado inútilmente ¡durante tanto tiempo! El arte y la cultura son sueños de locos pero, viéndolo bien: los locos –no los cuerdos– son los que siempre anhelan componer el mundo”.
Esta misma definición acerca de la función social de la poesía y el compromiso con su pueblo, con el futuro y con la humanidad entera es la que sostiene en Desnudos en el trébol, poema contenido en El volador (1990), en el que, reconociendo que la poesía no basta por sí sola para cambiar el mundo, es un arma eficaz para denunciar las tiranías, desenmascarar la demagogia en los discursos de los políticos proyanquis que celebran a la patria y dejar un testimonio de esperanza, coraje y militancia a las generaciones venideras.
Alguien me dijo
que la poesía
no sirve para nada.
Ningún poema
ha tumbado jamás
a un dictador.
Los poetas pasamos la vida
persiguiendo –por ejemplo–
el aroma de una rosa.
Quimeras.
Mundos imaginarios…
¡países que no existen!
Cierto.
También hacemos retratos,
escribimos testimonios
y epitafios indelebles…
Porque todos los tiranos de mi tierra
se sentaron en su trono a defecar,
por tantísimos discursos apestosos
y sermones patriarcales
(biblia en mano) ante la televisión,
por tantas libaciones
y cumpleaños de la patria
(con rare Old Scotch Whisky)
me declaro
fervoroso militante del futuro
…Alguna vez
habrá un lugar:
¡El que soñamos, ése!
Decálogo del escritor, fruto de muchos años de periodismo y ejercicio de la pluma revolucionaria de Elías Castelnuovo.
Hoy, la censura contra los poetas revolucionarios toma la forma de una aparente indiferencia; no se difunde su obra, no se les reimprime, no se promueve su conocimiento fuera de las fronteras nacionales, se les deja caer en el olvido.
No es Luis Alfredo Arango un poeta contemplativo, nostálgico, que añore la idílica belleza del entorno rural de su niñez.
El poeta y narrador Luis Alfredo Arango nació en Totonicapán, Guatemala, en 1935, en el seno de una familia relativamente acomodada de “ladinos”.
No es la de Rubén Darío una poesía destinada a las masas, como él mismo reconoce en el Prefacio a Cantos de vida y esperanza (1905), cuando afirma “no soy un poeta de muchedumbres”.
En Defensa de la poesía, el poeta, traductor, editor, diplomático y gran impulsor de la cultura mexicana Jaime García Terrés, considera a ésta como un “instinto primario
El 31 de mayo de 2013, después de una vida entera dedicada a las letras, fallecía en Buenos Aires, a los 87 años, el poeta argentino Horacio Armani
En 1949, durante una asamblea celebrada en la ciudad de Arecibo, el Partido Nacionalista Puertorriqueño nombró secretario general a Matos Paoli, quien viajó a varias ciudades realizando difusión de la causa nacionalista.
La biografía del poeta puertorriqueño Francisco Matos Paoli es uno de esos caros ejemplos de la poesía al servicio de los ideales más elevados.
Por su temática, la poesía de la nicaragüense Claribel Alegría (1924-2018) se inscribe en la tradición de la lírica universal: el amor, el olvido, la muerte.
Cuenta la leyenda que en 1556, durante un banquete, mientras su hermana le contaba una anécdota escabrosa, el poeta italiano Pietro Aretino sufrió un repentino ataque de risa.
Feminista en el Siglo XIX, insumisa, revolucionaria y comprometida con las causas sociales a que asistió en su prolongada existencia, Laura Méndez de Cuenca (1853-1928) fue una traductora, académica, periodista, educadora y multidisciplinaria escritora mexicana.
El nueve de mayo de 2022 dejaba este mundo material el poeta, periodista y diplomático José Franco, nacido en 1936 y conocido como El Poeta de la Patria en su natal Panamá.
De aquella sociedad nacida de la más grandiosa revolución que había conocido la humanidad surgió, como un resultado necesario, toda una constelación de poetas.
El árbol, como abstracción, es un elemento infaltable en todos los monumentos literarios de la antigüedad.
Peligroso brote de sarampión en Durango golpea a los más vulnerables
El desastre agrícola en México causado por el neoliberalismo
“La 4T miente sobre cifras de pobreza”: Julio Boltvinik
Reducción de la pobreza, un engaño
Anuncian cierre de estaciones del Metro, Línea 1, en septiembre
Guerra y barbarie, los estertores del imperialismo
Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.