No producen mercancías como la industria textil o automotriz y apenas emplean a algunas personas, pero consumen grandes cantidades de agua y electricidad.
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Uno de los grandes problemas derivados de las desigualdades sociales, ya sean económicas, culturales, de género, étnico-raciales, geográficas, estéticas, etc., es que representan ventajas y desventajas de vida simultáneamente. Tales desigualdades no son diferencias simples o aspectos que nos distinguen, pero que no tienen mayor implicación sobre nuestras oportunidades de acceder a una vida más o menos digna.
Por el contrario, las desigualdades sociales suponen, inicialmente, que unas personas tengan condiciones más propicias para vivir que otras, y, en segundo término, que tales condiciones implican mejores oportunidades de mantener o mejorar sus condiciones de vida a futuro.
Así, las desigualdades se reproducen. Contextos de vida ventajosos multiplican nuestras probabilidades para obtener resultados de vida más benéficos: un empleo mejor remunerado y de mayor prestigio, una mejor educación, residencia propia y bien ubicada, alimentación más sana y variada, mejor atención sanitaria, etc.
Nuestros resultados de vida no dependen sólo ni fundamentalmente del esfuerzo personal, sino del contexto social que multiplica los resultados de nuestro esfuerzo.
Como señaló el Informe de movilidad social en México 2025: la persistencia de la desigualdad de oportunidades, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias: en México, la mitad de las personas nacidas en el primer quintil (20 por ciento) más pobre de la población permanece en ese 20 por ciento a lo largo de su vida, mientras que el 28 por ciento únicamente logra ascender al segundo quintil más pobre.
Pero el problema con la desigualdad radica en que sus consecuencias parecen no restringirse a las oportunidades externas de vida. Es decir, no es que todos seamos, en principio, sujetos iguales, dotados de las mismas capacidades, necesidades, gustos, anhelos y esperanzas, y que las únicas desigualdades entre nosotros sean las oportunidades externas para concretar nuestros planes y proyectos.
Las desigualdades también crean sujetos distintos. Las ventajas, como las desventajas, se encarnan en el cuerpo y, a través de éste, moldean la conciencia de las personas. Ésta es una faceta menos conocida de la desigualdad, pero es, con bastante seguridad, una de sus expresiones más sutiles y brutales.
Desde antes de nacer, nuestro desarrollo cognitivo está condicionado por los cuidados y circunstancias del embarazo, y éste dependerá de la posición social y económica de la madre.
Algo parecido ocurrirá con la estimulación temprana que cada bebé reciba durante los primeros meses con la cantidad y variedad de experiencias a las que estará expuesto, o con los usos del lenguaje presentes en su entorno y que no solamente le brindarán las bases para hablar y comunicarse, sino que además le proporcionarán las herramientas para desarrollar su pensamiento.
Como ha señalado Marx, la subjetividad humana está formada por la exposición de las personas al contexto social. “Sólo así se cultivan o se crean sentidos capaces de goces humanos, sentidos que se afirman como fuerzas esenciales humanas. Pues no sólo los cinco sentidos, sino también los llamados sentidos espirituales, los sentidos prácticos (voluntad, amor, etc.), en una palabra, el sentido humano, la humanidad de los sentidos, se constituyen únicamente mediante la existencia de su objeto, mediante la naturaleza humanizada. La formación de los cinco sentidos es un trabajo de toda la historia universal hasta nuestros días”.
Por eso, no es extraño que, en sociedades altamente desiguales, surjan formas también desiguales de subjetividad. El rico “con clase” y el rico “sin clase” son un ejemplo de esto. Alguien que nació en la opulencia incorporará comportamientos y actitudes acordes con su clase social; mientras que alguien que nació en los sectores medios y logró escalar, muy probablemente no contará con estas disposiciones o no se verán naturales en ella.
Esto ocurre también en otros ámbitos. En la educación, por ejemplo, los hijos e hijas de familias con mayores niveles educativos, señala Gramsci, “encuentran en la vida familiar una preparación, una prolongación y una integración de la vida escolar, absorben, como suele decirse, del aire toda una cantidad de nociones y actitudes que facilitan la carrera escolar propiamente dicha”.
Algo similar ocurre con las desigualdades étnico-raciales, de género, geográficas e incluso estéticas. Todas ellas, en algún grado y de formas diversas, brindan ventajas y desventajas que marcan, en mayor o menor grado, los cuerpos y conciencia de las personas.
La subjetividad humana es como un crisol en el que convergen y se funden una gran variedad de experiencias, emociones, creencias, reflexiones e imaginarios, mismos que dependen en buena medida de la posición que cada persona ocupa en la sociedad.
En este sentido, sociedades más complejas y diversas crearán una mayor variedad de formas de subjetividad humana. Pero el problema no es la diversidad. El problema es la desigual distribución de ventajas y desventajas asociadas con algunas de estas diferencias y la manera en que esas desventajas marcan a las personas.
Resulta un poco difícil ver la profundidad del planteamiento, pues a pesar de lo ya mencionado, es común creer que la desigualdad sólo afecta (si acaso) nuestras capacidades, pero no nuestros gustos, intereses, anhelos o esperanzas.
Esto es de algún modo entendible: desde nuestra propia experiencia, nosotros mismos, yo mismo, soy el artífice de mis acciones y decisiones, soy yo el que sabe lo que quiere, o, al menos, eso es lo que creemos. Como escribió Bourdieu, los gustos e intereses se nos presentan como un “principio increado de toda creación”, es decir, como si fueran un asunto puramente nuestro, individual y personal. El problema es que esto tampoco es así.
Las cosas que nos gustan y captan nuestra atención, aquello que anhelamos, nuestras aspiraciones y esperanzas, son también un producto social. Porque, ¿cómo es posible que todos, de alguna manera, aspiremos a una vida mejor que, por definición, aún no tenemos y no conocemos? Los gustos e intereses surgen, en parte, de lo que experimentamos y vivimos. Esto es claro. Pero también surgen del ejemplo que nos ponen las personas de nuestro entorno.
Aunque no lo notemos, las personas nos seguimos recíprocamente. Es una cuestión sutil. Pero solemos encontrar en los demás nuestros ejemplos a seguir, y estos ejemplos encarnan una posibilidad de ser para nosotros. En parte es por esto que la publicidad, muchas veces, no se enfoca tanto en la información de los productos promocionados y, en cambio, sí se concentra en retratar un estilo de vida donde se ve a otras personas conviviendo, buscando algo de interés e irradiando emociones atractivas.
El problema es que, incluso, las aspiraciones y esperanzas pueden ser víctimas de la desigualdad. De acuerdo con el antropólogo indio Arjun Appadurai, cada sociedad forja una manera de comprender el futuro en su propia cultura, una forma de definir lo entendido como una vida deseable o buena, como un abanico más o menos amplio de alternativas de futuro en cada persona.
No es que la sociedad dicte mecánicamente nuestro futuro, sino que, culturalmente, nos brinda los elementos para imaginar y planear nuestro porvenir. El problema es que no todos los futuros son igualmente alcanzables para todas las personas, incluso no todas las personas son capaces de vislumbrar los mismos futuros. En este sentido, la extrema desigualdad y la pobreza podrían contribuir a generar o mantener cierto “estrechamiento” de los anhelos y esperanzas de la gente más desfavorecida.
Hay evidencias de que los planteamientos de Appadurai tienen sustento, aunque aún falta investigar más. La cuestión, en todo caso, resulta trascendente, pues la creencia de que el mundo puede ser distinto y la aspiración por transformarlo para alcanzar una mejor vida son dos aspectos indispensables para que la gente se decida a actuar en consecuencia. Por supuesto, la sola esperanza de un cambio social no es suficiente; pero sin esperanza, las personas no tendrán motivos para buscar el cambio.
Parte de combatir las desigualdades que nos aquejan pasa, necesariamente, por defender y difundir la capacidad de imaginar que otro mundo es posible.
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Escrito por Pablo Bernardo Hernández
Licenciado en psicología por la UNAM. Maestro y doctor en ciencia social con especialidad en Sociología por el Colegio de México.