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Brújula
La visión de los de abajo
Por ello reeducar a las masas trabajadoras y elevar su espíritu es tarea titánica y, sin embargo, es el único camino para transformar esta enajenante realidad.


El sistema capitalista requiere de ciertas condiciones para su reproducción. La primera consiste en la existencia de una amplia población desprovista de bienes materiales básicos que la obligue a emplearse “libremente” con quienes poseen los medios de producción. La otra condición se da cuando una vez en posesión temporal del capitalista, los individuos producen un arsenal de mercancías que se venden en el mercado para que aquél recupere lo que invirtió y se apropie, además, del valor extraído del trabajo conjunto de los empleados al que los que los burgueses llaman su “justa ganancia”.  

Por ello mientras el burgués engorda más, el resto de la sociedad, integrada mayoritariamente por trabajadores, se vuelve más miserable. El trabajador es una pieza fundamental para el capitalista en su propósito de obtener ganancias, ya que su fuerza de trabajo es necesaria para mover el engranaje de la producción capitalista. Esta necesidad es satisfecha mediante la creación de un ejército de desempleados en reserva, cuya abundancia permite a los empleadores seleccionar la mano de obra más joven y mejor calificada, así como ofrecer los salarios más bajos posibles, ya que los trabajadores se ven obligados a competir entre sí frente a sus explotadores mediante la aceptación de condiciones laborales deprimentes.

Esto, sin embargo, es ocultado por las leyes del mercado, en cuyos aparadores las mercancías parecen tener valor propio y cualidades intrínsecas gracias a las habilidades del burgués para hacer negocios. Pero esto no sería posible si la ideología burguesa no permeara en todas las sociedades mediante el funcionamiento de sus instituciones políticas y los mensajes de todo tipo trasmitidos repetidamente por los medios de comunicación masiva. Estos se encargan de difundir un mundo de bondades para privar al individuo de conciencia propia, por lo que este termina creyendo que todas las personas tienen las mismas oportunidades de progresar y enriquecerse a través de su trabajo.

Este mundo de fantasías construido por el mercado tiene, sin embargo, un trasfondo oculto y frío en el que el modo de producción capitalista se muestra mucho más cruel e injusto que los anteriores, pues en su ámbito el individuo sólo tiene valor por la riqueza que logra acumular y por su poder de compra, ya que si no tiene nada no vale nada. Imagine, querido lector, que de repente naufragara en una isla como la del legendario Robinson Crusoe, en la que la riqueza monetaria no tendría ningún valor y sólo le quedara sus destrezas laborales como único recurso para sobrevivir al hambre y a la desnudez.

El trabajo humano es el creador de la riqueza material que existe, pero las masas de trabajadores lo desconocen. Hemos sido educados para actuar de forma individualista y egoísta pensando en el bienestar personal a costa de lo que sea. Por ejemplo, en los pequeños comerciantes –pese a que viven penurias casi idénticas a las del resto de los trabajadores permea la misma lógica de la “justa ganancia” de los grandes capitalistas.

En México hay más de cuatro millones de unidades económicas, de las que menos del uno por ciento son empresas grandes y el 97 por ciento son micro-negocios y pequeñas empresas que generan el 70 por ciento del empleo nacional. En estas empresas los trabajadores reciben salarios muy bajos, padecen condiciones laborales más precarias y enfrentan mayores riesgos físicos que en las medianas y grandes debido a su incipiente nivel de desarrollo. Los mini y pequeños burgueses no dudan en sacrificar a sus trabajadores para vender sus mercancías y obtener ganancias para hacer frente al ambiente hostil del mercado.

El trabajador, aun cuando el resultado de su trabajo sea colectivo, queda individualmente aislado, pensando en sus propios problemas y con el sueño de que el día menos pensado logrará sus metas materiales. El burgués utiliza “incentivos” no económicos para hacerlo trabajar más, sin considerar la miseria en que ya vive. Esta lo mantiene en la ignorancia, en el embrutecimiento, con el espíritu abatido, conforme con la satisfacción de sus apetitos carnales y sin cuestionar las riquezas de sus opresores.

Desprenderse de la ideología burguesa es sumamente difícil porque, como lo dice el personaje Robinson Crusoe en 1719 (cuando empezaba a extenderse el capitalismo), “la gratitud no es virtud familiar a los hombres, quienes por lo común, amoldan más la conducta a las ventajas que pueden esperar que a los servicios que han recibido”. Por ello reeducar a las masas trabajadoras y elevar su espíritu es tarea titánica y, sin embargo, es el único camino para transformar esta enajenante realidad.


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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