“Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener”: Miguel de Cervantes.
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Los colonos de Valle de Santiago, Guanajuato, municipio situado al sur del estado y en la orilla de lo que fuera un inmenso lago y hoy es el riquísimo Bajío eran, hasta hace poco tiempo, comuneros de La Loma, una comunidad localizada a las afueras de la cabecera municipal. Según documentos que guardan celosamente algunos de ellos, como muchos campesinos que lucharon por décadas por su tierra y que portaban con celo en unas sencillas bolsitas, peregrinando de oficina en oficina, la prueba de que un tal Pedro Bautista Lascurain de Retana les donó, en el Siglo XVIII, 450 hectáreas. Consta en Títulos primordiales que existen todavía. Lucharon, pues, muchos años por la legalización definitiva de las tierras que trabajaron y en las que vivieron siempre sus antepasados.
Como les constó a muchos que murieron luchando por la reivindicación de los ejidos de sus pueblos y es tema de análisis serios de la realidad nacional, la entrega de superficies fértiles a los campesinos o la Reforma Agraria o como se le quiera llamar, nació muerta. La Revolución Mexicana no se llevó a cabo para repartir tierras a los campesinos pobres, sino para abrir paso a la instalación, desarrollo y consolidación de las empresas capitalistas de la ciudad y el campo y sólo a regañadientes, cuando los vencedores se dieron cuenta de que los aliados que habían conseguido, primero Madero y luego Carranza al firmar la Ley del seis de enero de 1915, no estaban dispuestos a deponer las armas con las manos vacías, sólo entonces, comenzó un tortuosísimo reparto de algunas tierras malas y lejanas, hasta que en 1993 se le puso fin a la simulación, ya con Carlos Salinas de Gortari.
Los comuneros de La Loma estaban asentados en una superficie de 43 hectáreas que, de acuerdo con lo dicho, le pertenecían a ese núcleo agrario y ahí habían construido sus viviendas los humildes habitantes. Más que por la preocupación de los burócratas encargados de los asuntos agrarios, como consecuencia directa de la combatividad de los comuneros, en febrero de 1968, ¡58 años después de iniciada la Revolución Mexicana!, les fue entregada a los descendientes de los dueños originales una resolución presidencial que reconocía y titulaba la superficie.
Pero los vencedores de la Revolución no cedieron. La Revolución había tomado el poder para beneficio de ellos y sujetos poderosos e influyentes siguieron disputando las tierras. Se tiene noticia de un tal Julio Lugo que daba la cara. Acusaron a los comuneros de despojo, fueron encarcelados los dirigentes; y cuando los habitantes, con su documento en mano, lograron un amparo provisional y salieron libres, la lucha se recrudeció. El gobierno del estado, fuera máscaras, amenazó con el desalojo violento. Los viejos pobladores saben las fechas más significativas y peligrosas de memoria: 20 de julio de 2010, 25 de mayo de 2011, 23 de abril de 2012, 11 de junio de 2012. hasta que, cansado de amenazar y mirando que nadie se arredraba, el gobierno del estado de Guanajuato cumplió sus amenazas y el 16 de julio de 2013 las familias, con criaturas en brazos y antes de que saliera el Sol, fueron desalojadas violentamente del predio, empujadas, golpeadas y sus pobres viviendas destruidas. Con lo poco que pudieron sacar se quedaron a la orilla de la carretera mientras potentes buldozers arrasaban con todo.
Luego, como era obligado, la lucha social reclamando justicia. A unos cuantos días del desalojo, una marcha ciudadana en Valle de Santiago a cuyo paso la gente aplaudía, pues toda la ciudad se había enterado de la desgracia de sus vecinos de siempre; luego, dos marchas en la ciudad de Guanajuato, la segunda, el 15 de septiembre de ese 2013 en la que, presente el espíritu libertario de Miguel Hidalgo, a las puertas del Palacio de Gobierno, una multitud coreó el Grito de Independencia. Mítines y cadenas humanas acompañaron al Festival Cervantino de los años 2013 y 2014 mientras las familias seguían plantadas a las afueras de La Loma y frente a la Sedatu de la ciudad de Guanajuato.
Todo el proceso fue dirigido y acompañado muy de cerca por el Movimiento Antorchista. En consecuencia, cuando la lucha estatal parecía no rendir frutos, los antorchistas del país organizaron y llevaron a cabo tres multitudinarias marchas a Los Pinos en la Ciudad de México. Finalmente, por la intervención del Gobierno Federal, el 10 de julio de 2015, fue entregado oficialmente un predio de 15 hectáreas en donde se establecieron los guanajuatenses desalojados y, el 16 de julio de 2016, tres años después del brutal desalojo, fue inaugurada la colonia Manuel Serrano Vallejo, con 500 familias de las más pobres, desamparadas y, como queda dicho, vapuleadas de Guanajuato. El asentamiento acaba de cumplir, pues, nueve años.
Hace unos cuantos días, el diario La Jornada publicó otra más de esas noticias estremecedoras que deberían ser tomadas muy en cuenta por los trabajadores y las clases pobres del país. “De acuerdo con el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (Infonavit) –reportó el diario– hay 843 mil viviendas abandonadas en el país. Más allá de estos inmuebles atados a un crédito, los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) muestran que, según el Censo 2020, hay 6.15 millones de viviendas que no fueron reportadas como habitadas en la Encuesta Nacional de Vivienda”. En pocas y resumidas palabras, los proyectos oficiales de vivienda para los mexicanos son un rotundo fracaso y un escandaloso tiradero de su dinero, porque, ¿con qué, si no con riqueza producida con el sudor de la frente de la clase obrera, se construyeron esas viviendas inutilizadas?
“¿A qué atribuyes el abandono?”, le preguntó a un experto el reportero del diario, refiriéndose a las viviendas vacías en el Valle de México, “sobre todo a la distancia”, respondió, y añadió “es muy complicado ir a la Ciudad (de México). Hay mucho tráfico y es costoso. Más de hora y media en coche cuando las condiciones son óptimas, inmejorables, son parte de una carrera de obstáculos que se vuelve más extrema en tiempos de lluvia. El trayecto está dominado por autopistas concesionadas que doblan la cuota que deben pagar quienes trabajan en la Ciudad de México”.
Habida cuenta de esa impudicia, el proyecto de vivienda autoconstruida de la colonia Manuel Serrano Vallejo, de Valle de Santiago y otros muchos que ha impulsado durante años el Movimiento Antorchista en el país, son todo un éxito. Pero no echemos las campanas al vuelo ni ignoremos la realidad. Mientras que todos esos proyectos que son, o basureros al aire libre o refugios de delincuentes a los que pocos se atreven a entrar, fueron levantados en su momento con todos los servicios básicos, en infinidad de colonias en las que habita la clase trabajadora existen pocos o ninguno de esos servicios y los modestos habitantes tienen que arreglárselas como puedan y, arriesgándose a la represión de no pocas autoridades reaccionarias e intolerantes, ponerse a luchar por una vida digna para sus hijos.
Así han actuado los colonos de la Manuel Serrano Vallejo. Como consecuencia de la lucha librada, han llegado a contar con agua potable y energía eléctrica. Nada más. No cuentan con el servicio de drenaje, en pleno Siglo XXI; siguen usando fosas sépticas, con los consecuentes problemas para la salud; y las calles no están pavimentadas ni tienen banquetas. La modesta escuela primaria no tiene clave y la sostienen los padres con cuotas que sólo Dios sabe los esfuerzos que hacen para pagar; y enfrentan muchas otras carencias que el modesto lector sabe perfectamente que se arrastran en las colonias populares de nuestro país.
Hace poco, la autoridad municipal se comprometió a iniciar la introducción del drenaje en el plazo de un mes; la gente espera que se cumpla con la fecha de inicio y, sobre todo, con que la terminación de la obra se lleve a cabo en un plazo razonable y no se abandone inconclusa. Cabe ahora hacer un llamado al gobierno estatal para que tome todas las medidas necesarias para que la escuela primaria tenga pleno reconocimiento y los niños reciban la educación que el Estado tiene obligación de proporcionar; sus padres son parte integrante e insustituible de la clase obrera que produce la riqueza descomunal que sale de los corredores industriales del sur del estado de Guanajuato. Esoy seguro de que muchos lectores que viven de su trabajo diario estarán de acuerdo en que no es mucho pedir, que es justicia elemental y que, en caso de ser necesario, como ya lo hicieron antes, volverán a prestar su decisiva solidaridad fraterna.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".