Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
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En México, el trabajo comunitario tiene un origen prehispánico. Le llamaban tequio, palabra que proviene del náhuatl y significa “trabajo” o “tributo”. Se trata de una actividad no remunerada en la que los miembros de la comunidad participan en una obra que tiene beneficios colectivos: construcción de escuelas, arreglo de espacios públicos, realización de caminos, etc. Hoy en día, en algunas comunidades de Oaxaca, el tequio es obligatorio; en otras, se convierte en un requisito para poder aspirar a cargos públicos.
Nuestros antepasados veían en el tequio un deber comunitario, una responsabilidad social y ése era el motor que les hacía participar. Quienes convocan y organizan son las autoridades locales y las tareas se asignan en función de las capacidades de cada uno. Nuestros antepasados impulsaban la participación de los niños, a los cuales se le asignaban tareas adecuadas a su pequeña condición; pero, al propio tiempo, se les inculcaba el sentido colectivo, el sentido de la responsabilidad y ello, sin duda, contribuía en su educación futura, en su forma de ser y querer a su comunidad.
Trabajos comunitarios hay muchos, por ejemplo, la apertura de caminos, la limpieza de espacios públicos, la construcción de obras sociales, apoyo en las actividades constructivas o de limpieza de las escuelas de las comunidades; pero un trabajo comunitario que no se nota mucho y es parte de nuestra cultura es la preparación de las danzas tradicionales que se bailan en los carnavales o fiestas de los pueblos de México. Efectivamente, la participación en las danzas es una obra colectiva y comunitaria que amerita el esfuerzo de los pobladores a quienes no se les paga y, por el contrario, tienen que poner dinero para sus trajes, sus pasajes, etc.
En algunos casos, como en Oaxaca, es tal el arraigo y la responsabilidad que hasta los migrantes tienen la obligación de cumplir con sus tequios. Como algunos no pueden venir físicamente, lo que se hace es que le pagan a alguien de la comunidad para que realice el trabajo en su nombre y así se lo toman en cuenta; sin embargo, hay casos de paisanos que ya tienen sus documentos y pueden entrar y salir de Estados Unidos sin problema y que vienen a cumplir con su labor a México. También en Oaxaca, la Constitución del estado avala el tequio como contribución fiscal, es decir, como pago de impuestos.
En su momento, Ernesto Guevara de la Serna, el famoso Ché Guevara, cuando fue ministro de economía de Cuba instrumentó el programa al que le llamó “trabajo voluntario”, que consistía en actividades constructivas de participación comunitaria los domingos, a los que llamaba “Domingos rojos”. Cuando fueron los encuentros panamericanos en Cuba, recuerdo que nos tocó ver la construcción de un estadio olímpico cerca de La Habana y nos explicaron que una buena parte de la construcción de ese estadio se estaba haciendo con trabajo voluntario. También nos explicaron que instrumentaron un programa de vivienda con la característica de la autoconstrucción, en el cual, con la guía de expertos en el área, se hacían trabajos en función de las capacidades de los participantes (pintar, acarrear materiales, hacer colados de cemento, etc.), en la construcción de lo que sería después su propia vivienda. Cuba pudo avanzar con base en esa práctica.
En los tiempos que corren, la difusión del egoísmo y del individualismo ha puesto freno al trabajo colectivo. Mucha gente ve con indiferencia la actividad colectiva, no acude al llamado, no encuentra importancia en la labor comunitaria; piensa que “no le toca”, que otros son los que deben hacer las cosas. Es más, algunas personas dicen que “se está explotando” a los que se les llama a hacer trabajo comunitario, porque no les dan dinero, porque no les dan nada y, por lo mismo, ven en estas actividades “una pérdida de tiempo”. Algunos grupos religiosos no hacen tequio o faenas comunitarias porque su religión se los impide, lo cual genera, como es de esperarse, la división de la comunidad.
Pues bien, en el Movimiento Antorchista Nacional creemos que el trabajo colectivo voluntario debe rescatarse, promoverse y que es una excelente herramienta para la educación, avance y la unidad de los pueblos. Debemos romper con el egoísmo, con el individualismo que promueve la sociedad capitalista para retomar la tradición mexicana del tequio, pues se fortalece la visión de solidaridad y se antepone a la pequeña esfera de lo individual el valor superior de la acción colectiva. Se presenta, como puede verse, una contradicción entre el individuo y el colectivo; sin embargo, el individuo no puede verse aislado pues, como dice Marx, la contradicción fundamental del capitalismo revela que la producción tiene un carácter social, mientras que la distribución de la riqueza producida socialmente tiene un carácter privado y con ello se prueba que, a cambio de un salario, se aprovechan del trabajo colectivo de la sociedad y que sin ese trabajo la sociedad no operaría, pero nos conformamos con recibir una pequeña parte de la inmensa riqueza producida por los trabajadores y ver bien que del trabajo colectivo se aprovechen unos cuantos que, como dijo el líder nacional de Antorcha, el Maestro Aquiles Córdova Morán, se han convertido en monstruos, pues están dispuestos a matar, a dejar morir, a dejar sin trabajo y, por ende, sin una fuente segura de ingresos a alguien si el interés de la empresa está en riesgo. Importa la acumulación de capital, no la vida de los trabajadores.
En este contexto, en el Movimiento Antorchista promovemos el trabajo colectivo, promovemos las faenas y como prueba de ello, el pasado domingo 20 de julio del presente año se realizó una faena de limpieza en Tecomatlán, en la Mixteca Baja de Puebla, para embellecer el espacio frente al magnífico edificio de la Casa de la Cultura. Jóvenes, niños, señoras (incluso me tocó ver a una señora cargando con su rebozo a su hijo en la espalda); como hormiguitas, adultos y adultos mayores fueron llegando. Se nos fueron asignando tareas y, poco a poco, un terreno breñoso se convirtió en un sitio limpio y sin basura. La casa de la cultura de Tecomatlán destaca entre las grandes obras que se han realizado para el pueblo y que ahora el pueblo, con esta actividad, mejora y fortalece. En estos días se realiza ahí un curso de verano, clases de danza, música y zumba, se trata de un espacio digno para el pueblo de Tecomatlán, que debe apreciarlo, cuidarlo y defenderlo. Por eso, la faena comunitaria que se realizó recientemente es una prueba de la vigencia del trabajo colectivo y de que en Antorcha lo impulsamos para fortalecer la unidad de los mexicanos.
Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
“Todos los estadios históricos que se suceden no son más que otras tantas fases transitorias en el proceso infinito de desarrollo de la sociedad humana, desde lo inferior a lo superior”, escribió Federico Engels.
Todas las escuelas de Tecomatlán, desde las básicas hasta las de nivel superior, son instituciones de tiempo completo que, con base en el proyecto educativo de Antorcha Magisterial, procuran dar una formación integral a los jóvenes: académica, cultural, política, cívica y deportiva.
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Escrito por Brasil Acosta Peña
Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.