La ideología dominante promueve la falsa creencia de que las guerras obedecen a causas subjetivas: ideológicas, religiosas o a desarreglos mentales de sus promotores.
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Un problema cardinal de los inconformes es que no tenían un conocimiento profundo de los problemas y, por lo tanto, tampoco podían plantear soluciones efectivas. Los movimientos eran espontáneos, faltaba el elemento consciente, es decir, un grupo de dirigentes con un profundo conocimiento de la realidad y con el compromiso suficiente para educar y encabezar a los trabajadores.
Lo anterior no implica que los levantamientos no fueran importantes, al contrario, lo fueron al grado que trascendieron en la historia de nuestro país y representaron, unos más otros menos, el embrión de los movimientos revolucionarios posteriores como el magonismo o el partido liberal, demostraron la crisis del porfirismo y la posibilidad de que las clases dominadas pudieran unirse y cambiar el status quo.
Un claro ejemplo de lo antedicho fueron los conflictos sucedidos en Tomóchic y Temosáchic ubicados en la sierra de Chihuahua, en la última década del Siglo XIX, cuando los campesinos decidieron ya no aceptar la dominación caciquil ni del gobierno y se defendieron guiados por Cruz Chávez y sus hermanos e inspirados por la Santa de Cabora. La respuesta del gobierno fue represiva al grado de que los pueblos quedaron prácticamente exterminados.
Según Heriberto Frías, José C. Valadés y Brianda Domecq, en una ocasión el gobernador de ese tiempo, Lauro Carrillo[1], realizó una visita al pueblo de Tomóchic y en particular, visitó el pequeño templo “donde descubrió, en la composición de un gran cuadro, unas imágenes de San Joaquín y Santa Ana de mucho mérito artístico. Ordenó que recortaran aquellas figuras y se las remitieran a la capital del Estado”. La petición del gobernador se cumplió, pero los tomochitecos protestaron al grado que tuvieron que regresarles las telas y ponerlas en su lugar de origen.
Dicen que desde ese momento el gobernador prometió vengarse de ellos. En alguna ocasión, una empresa inglesa que explotaba el mineral de Pinos Altos quiso amedrentarlos, los tomochitecos no se dejaron y los corrieron. La empresa se quejó con el gobernador y acusó a los pobladores de delincuentes, por lo que inmediatamente dicho pueblo fue declarado en estado de rebelión.
El siete de diciembre de 1891, los tomochitecos fueron atacados por primera vez por las fuerzas del Ejército; sin embargo, el gobierno estatal no esperaba que los pobladores respondieran con tanta valentía y arrojo que fueron derrotadas. Después de este suceso, los tomochitecos decidieron ir a ver a la Santa de Cabora para que los aconsejara, pues ya eran ampliamente conocidos sus “poderes divinos”.
Después de la visita, los tomochitecos regresaron a su tierra más inspirados y dispuestos a entregar la vida para defenderla. Además, acordaron no reconocer a otra autoridad más que la de la Santa de Cabora, por lo que el cura fue sacado del pueblo, al final de cuentas era mejor atenerse a una persona inspirada que a un sacerdote ambicioso y explotador.
Por su parte, el gobierno rehízo sus fuerzas y con el apoyo de más de 200 soldados volvió a atacar al pueblo para pedir su rendición, pero nuevamente fueron derrotados. La tercera fue la vencida, en1892, el gobierno necesitó alrededor de mil 500 soldados para derrotar a 115 combatientes tomochitecos. Fueron varios días de crueles batallas hasta que los tomochitecos fueron derrotados. Cuando ya quedaba el último bastión de los tomochitecos, la casa de Cruz Chávez, el Ejército exigió la rendición de los combatientes, pero éstos respondieron negativamente. ¡No nos rendimos! ¡Viva a la Santa de Cabora! ¡Viva Santa María de Tomóchic! ¡Viva la Libertad!
A falta de dirigentes y de claridad, la sencillez e inspiración de la Santa de Cabora cumplieron un papel fundamental en estos levantamientos.
[1] Revisar las obras: Tomóchic, La insólita historia de la Santa de Cabora y La revolución y los revolucionarios tomo I.
La ideología dominante promueve la falsa creencia de que las guerras obedecen a causas subjetivas: ideológicas, religiosas o a desarreglos mentales de sus promotores.
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Escrito por Juventino Navarrete Xilita
Colaborador