Mares y pasos geoestratégicos son el campo de batalla de Estados Unidos (EE. UU.) en su antagonismo con China y Rusia.
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Después del golpe de la extrema derecha y del imperialismo al modelo democrático propuesto por Salvador Allende en Chile, surgieron grupos guerrilleros que emularon los esfuerzos de cambio revolucionario de Ernesto Guevara El Che, otro de los gestores del triunfo del socialismo en Cuba. En Nicaragua, el triunfo del Frente Sandinista para la Liberación Nacional (FSLN) llevó avances importantes al país durante su gobierno entre 1979 y 1990, cuando Violeta Barrios de Chamorro arribó a la presidencia en un proceso electoral precedido del acoso de la “contrarrevolución nicaragüense” durante más de una década, integrada por grupos armados conformados y financiados por el gobierno imperialista de Estados Unidos (EE. UU.). Violeta Chamorro, viuda de uno de los líderes sandinistas, ganó con la promesa de que acabaría con la guerra y que ya no sería obligatorio el servicio militar; la gente compró este argumento y sustituyó a la revolución progresista. Después de 16 años fuera del poder, el sandinismo regresó al poder mediante elecciones y entró en una nueva etapa de trabajo y desarrollo, que enfrenta a EE. UU., pero ahora con sanciones; sin embargo, Nicaragua avanza. ¿Cómo se explica la derrota del sandinismo de los años 90? Por la falta de un partido leninista que eduque al pueblo y aunque éste se gestaba en el Frente, no era dirigido por un partido leninista.
La caída del socialismo en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) parece haber llevado a los movimientos izquierdistas del mundo a la idea de que el marxismo-leninismo estaba derrotado y por ello optaron por buscar el poder “democráticamente” para construir sociedades progresistas con el apoyo de las mayorías; pero la realidad ha demostrado lo equivocados que estaban, pues se alejaron del marxismo-leninismo, han sido derrotados y permitieron el ascenso de la derecha. Los siguientes casos son ilustrativos:
El Brasil del Partido del Trabajo (PT), dirigido por Luiz Inacio Lula da Silva, que triunfó en las elecciones de 2003 y presidió ese país hasta 2010. Ese año también triunfó con Dilma Rousseff, pero la derecha promovió su enjuiciamiento y destitución, “Ocho meses y 17 días después de su inicio, el proceso de impeachment contra Dilma Rousseff llegó este miércoles a su desenlace. Alrededor de las 13:30, hora local (16:30 GMT), 61 senadores votaron a favor de retirar a la presidenta de su cargo de manera definitiva. 20 rechazaron la medida y no hubo ninguna abstención. (BBC América Latina, 31 agosto de 2016)”. En su lugar quedó Michel Temer, de centro derecha. Más tarde, la extrema derecha ganó las elecciones con Jair Bolsonaro. Lula fue acusado de corrupción “pasiva” y lavado de dinero y fue directamente a la cárcel; después se demostró su inocencia. Una vez libre, compitió con Bolsonaro, lo derrotó y el 1° de enero de 2023 se convirtió por segunda vez en presidente de Brasil. La izquierda triunfa pero deja intactas las instituciones de derecha que luego son utilizadas contra la izquierda. El PT de Brasil no es un partido revolucionario, no es un partido leninista y, por ende, entra al juego de la lucha democrática bajo las reglas burguesas que lo someten al vaivén de las masas populares no organizadas, que son manipuladas por los medios de comunicación (ahora fortalecidos por las redes sociales) y el encanto de los discursos demagógicos. Estos factores explican el triunfo de la extrema derecha en Brasil hace una década.
Otro ejemplo útil que demuestra ausencia del marxismo-leninismo y que propicia las fallas y los reveses de los partidos de izquierda se produjo en Bolivia. En este país de Sudamérica, el indígena Evo Morales ganó la presidencia en 2005 al frente del Movimiento al Socialismo, Instrumento para la Soberanía de los Pueblos (MASISP), integrado como partido por varias fuerzas políticas de izquierda y estuvo al frente de esta nación hasta 2019. Sin embargo, la derecha dio un golpe de Estado que puso en la presidencia a Jeanine Añez, quien gobernó espuriamente un año, persiguió a Evo Morales y lo obligó al exilio –radicó brevemente en México y luego se trasladó a Argentina–. En una elección inmediata ganó Luis Arce, del partido MASISP y político cercano a Evo Morales; pero una pugna entre ambos por el reparto de posiciones en el gobierno y candidaturas para el Congreso provocó la división interna que seguramente abrirá el paso a la derecha. Por ello, la falta de un partido leninista que eduque y organice a las masas es el denominador común que la derecha utiliza para quitar el poder a las organizaciones de izquierda, cuyos dirigentes en Bolivia han dilapidado los esfuerzos que antes realizó El Che Guevara.
En situación parecida se halla Rafael Vicente Correa Delgado, de Ecuador. Educado en la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, EE. UU., Correa fue presidente entre 2007 y 2017, pues ganó las elecciones con el partido Alianza País. Al término de su mandato puso en el poder al exvicepresidente Lenin Moreno, quien una vez en la silla presidencial lo desconoció debido a diferencias políticas: “La tensa relación en el oficialismo, mayoritario en la Asamblea, se fracturó cuando el ala correísta destituyó a Moreno de su cargo de presidente del partido Alianza País (AP) el 31 de octubre. La decisión fue desconocida por el ala morenista, que recibió el apoyo del Consejo Nacional Electoral (CNE) al ratificar a Moreno en el cargo dentro del partido. Los correístas terminarían desafiliándose de AP con la firme intención de crear una nueva organización, de cara a los comicios regionales de 2019. (France 24, tres de febrero de 2018)”. En la elección ecuatoriana más reciente perdió la candidata presidencial correísta, otro candidato fue asesinado y la triunfadora fue la derecha extrema. Nuevamente, el factor común de estos resultados es la falta de un partido leninista que eduque y organice al pueblo y evite la división interna en las filas integradas con militantes sin ideología clara.
En Argentina hay una situación similar. La falta de un partido político revolucionario llevó a la derrota del peronismo, movimiento que fue incapaz de resolver los grandes problemas de Argentina, sobre todo los económicos, y permitió el lamentable triunfo de un extremista de derecha fascista como Javier Milei.
La Revolución Bolivariana en Venezuela inició con el arribo al poder de Hugo Chávez, a la que ha dado continuidad Nicolás Maduro. En una entrevista concedida a Jessica Bossi, la ideóloga socialista Martha Harnecker le reveló que, en cierto momento, planteó a las clases dirigentes de Venezuela que “sin pueblo organizado, no hay proceso revolucionario”. Esta tesis es precisamente la que hemos invocado aquí, y que Chávez recibió de Fidel Castro cuando juntos sentaron las bases para evitar el descarrilamiento de la Revolución Bolivariana. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) ha mantenido el poder y ha logrado ciertos avances; pero su triunfo definitivo debe consolidarse mediante las enseñanzas del marxismo-leninismo.
En conclusión: con la caída del bloque socialista y la propaganda burguesa, muchos partidos de izquierda creyeron que el marxismo-leninismo estaba derrotado; pero la realidad está demostrando que sus propuestas son las únicas que garantizan a la humanidad el acceso a una organización social nueva, desarrollada, justa y libre dentro del amplio y diverso conjunto de condiciones físicas y expresiones culturales que otorgan identidad propia a los países que pueblan el planeta. De no ser así, se corre el peligro de que la derecha se recupere gracias a la “izquierda”. El problema es que la derecha “no se anda con medias tintas”, es implacable y procura inhibir y hundir a los movimientos revolucionarios genuinos para defender los intereses económicos de unos cuantos.
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Escrito por Brasil Acosta Peña
Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.