EE. UU. es el depositario del legado nazi, y que al igual que la de Hitler, su política es antagónica al progreso, la paz y el bienestar de los pueblos.
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El avance de las fuerzas productivas determina el arreglo histórico de la organización general de la sociedad. Fuerzas productivas incipientes determinaron el sistema feudal con mercados locales, pequeños y dispersos, y una estructura política igualmente fraccionada. Al desarrollarse la capacidad productiva fue posible producir en cantidades mayores que, lógicamente, requerían mercados más grandes. Y vino la unificación en el Estado nación, con un solo mercado, una ley, una aduana, una moneda nacional.
Pero la capacidad productiva no detiene su marcha, y provocó que el Estado nación resultara insuficiente para absorber el creciente cúmulo de mercancías producidas; fue necesario expandir los mercados a otros países, como hasta hoy ocurre. En esa tesitura, en la etapa inicial premonopolista del capitalismo imperaba la “libre empresa”, luego, al desarrollarse, el sistema se negó a sí mismo, pasando a su fase monopolista.
Marx ya había previsto que la pequeña empresa sería remplazada (o sometida) por gigantes corporativos, pronóstico basado en la “Ley general de la acumulación capitalista”, por él descubierta. Lenin vio ya el imperialismo y comprendió el papel que en su expansión jugaban la saturación de mercancías y de capitales; y explicó su esencia: el dominio mundial del capital financiero (capital bancario dominando la industria), y el poder de los monopolios. Al expandirse los mercados –presionados por el ímpetu de la productividad y el ansia de acumulación–, viene como reacción la competencia (o la resistencia) de otros países, lo cual deriva en guerras, necesidad intrínseca del imperialismo.
Este surgió en la década de los años 1870, y desde entonces predomina. Empresa pionera fue la Standard Oil, petrolera estadounidense fundada por John D. Rockefeller en 1870, y que para 1884 refinaba el 90 por ciento de todo el petróleo americano. “[entre] 1897 y 1904 se produce en EUA el nacimiento de la mayor parte de los trust monopolistas. Pasaron de 23 en 1890 a 257 en 1904. Desde 1900 el 32% de la producción industrial y el 40% de la producción minera se monopolizó” (Ernest Mandel, Tratado de Economía marxista, T. II).
Y el monopolio se expandió. “En Gran Bretaña, en 1935, las tres mayores empresas acaparaban el 82% de azúcar, 88% del petróleo, 100% de níquel y aleaciones, explosivos y cinc, 79% de neumáticos […] En 1953 en Francia, Cuatro grupos (Renault, Citröen, Peugeot y Ford) controlaban el 98% de la producción de automóviles” (Mandel).
Del papel de los bancos en el proceso de fusión-dominación, al conformarse los monopolios, explica Mandel: “La concentración de fondos disponibles para las inversiones en un pequeño número de bancos, en el momento en que la industria tiene una necesidad acuciante de esos fondos para aprovechar la considerable expansión de los negocios, se convierte en uno de los principales motores de la concentración industrial” (T. II, p. 23).
Ejemplifica. (Las siguientes son citas textuales tomadas de la antecitada obra de E. Mandel, páginas 24, 25). En Bélgica, el capital bancario ha tenido el papel de capital financiero ha dominado la industria desde las primeras fases de expansión. En Francia los bancos de negocios apoyan vigorosamente la construcción de empresas industriales durante las décadas de 1870 y 1880. En Alemania, desde el principio del Siglo XX, los directores de los seis principales bancos pertenecen al consejo de administración de 344 sociedades industriales. El capital financiero acaba por “imponerse” a la industria. En EE. UU., la banca privada ha tenido un papel preponderante en la concentración industrial, partiendo de la “consolidación” de las compañías ferroviarias. En el gran movimiento de fusión de empresas entre 1896 y 1904, los banqueros tuvieron el papel decisivo: aunque los jefes de industria hayan efectuado la mayor parte de las fusiones de antes de 1890, los banqueros y financieros han dejado de ser simples intermediarios. Se han convertido en promotores. En Francia, para 1953 el grupo Peñarroya (Rothschild) controla las tres cuartas partes de la producción de plomo. En Japón, en 1943 el grupo Mitsubishi controlaba el 90% de la producción de estaño y cristalería, 60% de la construcción naval y 80% de los transportes marítimos (Concluyen aquí las citas de E. Mandel).
Hoy los monopolios dominan al mundo. Ejemplos. En la cadena mundial de valor del cacao, sólo tres empresas controlan el 40 por ciento del mercado (BBC). El mercado del café está dominado por cuatro multinacionales. En automóviles “para 2008, las 10 mayores empresas concentraban cerca del 70% de la producción mundial y las 5 mayores, poco menos de 50%” (Economía Informa). En aviación comercial, Airbus produce aproximadamente 60 por ciento de los aviones; Boeing, el 40.
En empresas de tecnología, Google tiene 88 por ciento del mercado en publicidad de búsqueda; Facebook (y sus subsidiarias Instagram, WhatsApp y Messenger), el 77 por ciento del tránsito social móvil, y Amazon el 74 por ciento del mercado del libro electrónico (The New York Times). En los años noventa Microsoft controlaba más del 80 por ciento del mercado de sistemas operativos para PC. Una tercera parte de la cervedza del mundo es producida por una sola empresa. El año pasado, entre las nueve principales productoras de bebidas, tres de ellas produjeron el 67 por ciento.
Junto a estos y otros monopolios extranjeros, en México dominan los nacionales, económica y políticamente. Algunos ejemplos. En harina de maíz, Maseca controla 70 por ciento del mercado; Minsa, 24. En leche, Lala el 34 por ciento y Alpura el 22. En refrescos, CocaCola, 68 por ciento y Pepsi, 16. En cerveza, Grupo Modelo y FEMSA, 52 y 34 por ciento, respectivamente (El Trimestre Económico, 2016). Bimbo controla el 90 por ciento del mercado del pan de caja. Y los bancos van a la par: por activos, los tres mayores (BBVA, Santander y Banorte) controlan 47.5 (Deloitte).
Decíamos antes que en el imperialismo el capital financiero domina la industria; en esto destaca Estados Unidos. De los diez mayores fondos de inversión, siete son norteamericanos (los seis mayores). BlackRock domina, con activos de casi 10 billones de dólares; participa mundialmente en el manejo de 17 mil empresas, y representa el siete por ciento del PIB global (News.Unidema).
Aparte de bancos, fondos de inversión y otras instituciones, la estructura financiera global imperialista incluye al Fondo Monetario Internacional (FMI), y el derecho de veto que, de facto, ejerce en él Estados Unidos. Impone políticas de ajuste estructural a naciones débiles urgidas de créditos; también sobretasas para penalizar a aquellas con problemas de deuda; o los créditos condicionados como mecanismo de chantaje. Coincidentemente, hoy Sputnik publica: “El FMI suspende la línea de crédito a Colombia […] difícil que economías emergentes como las latinoamericanas puedan generar un proceso de crecimiento y desarrollo con el condicionamiento que hace el FMI a través de la deuda. La deuda termina limitando todas las posibilidades de política económica”.
Así pues, basados en su inmenso poderío económico, los monopolios constituyen el poder político real y dominan ideológicamente al mundo mediante las agencias internacionales de prensa. Imperan sobre las naciones mediante estructuras político-militares como el Foro de Davos, OTAN, Unión Europea, Banco Mundial, FMI, Club de París, G7, G20, Corte Penal Internacional y muchas más. Ésa es la superestructura ideológico-política que blinda al poder de los monopolios y el capital financiero. Los gobiernos de países pobres y dependientes son instrumentos dóciles a los mandatos de este infame y depredador sistema global de poder, aunque algunos, como el régimen de la “Cuarta Transformación”, pretendan ocultar su sumisión con una retórica “rebelde”. Liberarse de ese dominio es condición ineludible para la verdadera emancipación de los pueblos. La dependencia no se puede ocultar.
EE. UU. es el depositario del legado nazi, y que al igual que la de Hitler, su política es antagónica al progreso, la paz y el bienestar de los pueblos.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.