El avance tecnológico no es malo ni bueno en sí mismo.
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Madre, es el título de este hermoso poema que hoy compartimos con nuestros lectores, escrito por la poetisa y polígrafa española Carmen Conde (Cartagena, 1907-Majadahonda, 1996); la fuerza lírica de sus versos, la originalidad de las metáforas, la fina sensibilidad con que aborda el tema y, sobre todo, la sinceridad con que reflexiona en torno a las huellas del tiempo sobre el cuerpo envejecido de su madre, que una vez fue para ella fuente de sustento y calor, dan a este poema tanta singularidad que, por esa vía, alcanza dimensión universal. Casi al borde del sepulcro, o muerta ya, la madre es para la poetisa origen de una reflexión existencial en torno a la fugacidad de la juventud y la vida, reconociendo la importancia de nuestra ascendencia femenina, de las mujeres que se han ido y cuyo camino, de alguna forma casi siempre inconsciente, continuamos.
I
Recuperada
Sí. Eres el hueso de mi madre,
pero tu voz ya no es su voz tampoco.
La memoria de ella te rodea...
¡Su joven estatura, su alegría,
aquel ímpetu que me dio la vida!
Su palabra fue marcando mi camino.
Y aquella voz tan alta y vibradora
llega muerta dentro de tu voz.
¿Y tus cabellos...; dónde tus ojos?
¿Dónde el brillo de la luz que me alumbrara?
Están secos como frutos sin estío.
No los veo ni me guían ya tus ojos.
¿Éstos son los pechos que yo tuve
en mis labios sin la voz con que los nombro?
¿Es el cuerpo que me hizo, esta traza
de carne ya dormida...?
¡Pesas poco, madre!
En mis duras piernas yo te mezo,
en mis brazos te recuesto como a hija.
Te responden maternales
las entrañas que me diste.
¡Cuánto dueles! Cual un parto
me desgarra tu vejez inesperada.
A tu lado hay una sombra de mi sangre...
El amor con que me hicistéis
aún resuena en mis arterias.
Fue tu tronco el más caliente a mi contacto.
Siempre anduve yo cubierta con tu apoyo.
La conciencia, la lealtad, la fortaleza
ante la vida son las tuyas.
¡Y ahora vienes como un niño ante mis ojos:
no sonríes ni esperas nada!
II
Apagada
Los senos flotan cual hojas secas en el agua.
Senos arrugados, vergonzantes, casi huidizos...
¡Oh senos de las madres viejas,
ayer henchidos de vida, rezumándonos
la vida blanca, espesa y dulce, de la leche!
Con besos los cerraban nuestros padres.
Con suspiros velaron cuando novios
los pequeños volcanes de los senos.
Grandes flores tersas, bienolientes,
emergían en las nupcias, con su cándido
iniciarse en el amor.
Son palomas, les dijeron. Estos senos son palomas.
Las manos se ahuecaban por su espuma,
desnudándolos...y debajo del amor estaba el hijo:
otra boca que prendía su contacto vacilante
a los picos, a las alas de los senos.
III
Mi llama
¿Es que sabe mi madre de dónde trajo mi vida?
Se encontró conmigo un día como con una tormenta.
No sabría tampoco qué hay que hacer con el rayo.
Ni si a la lluvia frenética es posible oponerle
una orilla inflamada de llamas.
He buscado en torno mío hasta saberme sola.
Antes de mí, en mi raza, no conozco a otros seres.
¿Quiénes fueron los míos, dentro ya de mi sangre?
¿A qué otros mi cuerpo, a qué otros mi alma
continúa en la tierra?
Si se lo dijera a ella no sabría contestarme.
Tan ajena es mi lengua como le son mis ojos.
Madre, ¿sabes tú por ventura
por qué soy así yo, de quién es la nostalgia
de tantos paraísos?
La poblaría el silencio buscándole en su entraña
la raíz de las mías, y el hontanar violento
que manó mi corriente como un corcel de espuma.
Entonces se podría escuchar la distancia
que entre nosotras hay, siendo ella mi origen.
Una madre es la cueva de donde arranca el río.
Una madre es la tierra por donde corre el agua.
Pero el río..., ¡va tan lejos a buscarse océanos!
Y la tierra: en lo hondo, silenciosa, ignorante,
encima de otra tierra que también desconoce.
El avance tecnológico no es malo ni bueno en sí mismo.
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.