En estas últimas décadas sólo hemos tenido espejismos.
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La historia de la filosofía nos ha legado grandes pensadores cuyas ideas, incluso tras haber transcurrido siglos de que fueron planteadas, siguen siendo referente y fuente de inspiración y claridad para los problemas de nuestro tiempo. Sin duda, uno de estos grandes es Hegel. Desde su muerte, el 14 de noviembre de 1831, diversas corrientes de pensamiento se han disputado su legado intelectual. Aunque la filosofía no es propiedad exclusiva de nadie, el caso hegeliano es particular, pues se ha utilizado para atacar el progreso, para defenderlo; para justificar el estado de cosas de un momento histórico, pero también para buscar la superación de ese mismo estado de cosas.
Así, desde los últimos años de vida de este filósofo, se observan tendencias que buscan embonar su filosofía en el engranaje del reino de Prusia, pero también hay fuertes tendencias que muestran el desmarque hegeliano, aunque no explícito, hacia ese mismo reinado.
El Estado prusiano que Hegel conoció tenía en su interior dos tendencias contradictorias: una que buscaba mantener y reforzar a la monarquía bajo los principios del absolutismo (encabezada por Karl Ludwig von Haller) y otra que pugnaba por la creación de una monarquía constitucional, la unificación alemana y el derecho al voto popular (encabezada por Karl August von Hardenberg). Hegel pertenecía más bien al segundo grupo. Tras diferencias religiosas entre el cristianismo confeso de von Haller, que chocaba con el protestantismo del rey de Prusia, el primero es expulsado del reino y Hegel tiene la libertad para criticar la filosofía de Haller en Principios de la filosofía del derecho.
Pero también el círculo íntimo, en muchas ocasiones olvidado y desdeñado por los estudiosos del hegelianismo, muestran que Hegel pertenecía al sector más progresista de su tiempo. Friedrich Wilhem Carové, quien fuera el ayudante de profesor de Hegel, era miembro del grupo estudiantil surgido tras las guerras napoleónicas y que profesaba ideales constitucionalistas y de unificación nacional. Carové fue acusado de sedición y perseguido por la corona prusiana. Lo mismo sucedió con Leopold von Henning, otro ayudante universitario de Hegel, quien pertenecía al mismo movimiento estudiantil y que también debió huir de Prusia por sus ideales liberales. Incluso Johann Friedrich Tucher, cuñado de Hegel y cercano a él, era un liberal conocido e investigado por las autoridades. A ninguno de ellos Hegel negó su apoyo y en bastantes ocasiones, con los medios a su alcance (que eran limitados) buscó ayudarlos a esquivar la persecución policial.
Dos amigos de Hegel requieren especial mención: Förster y Gans. Friedrich Christoph Förster fue amigo de Hegel desde la llegada del filósofo a Berlín; Förster, después de haberse unido al ejército prusiano para expulsar a Napoleón, fue nombrado profesor en la Escuela de la guerra, pero debido a sus escritos abiertamente liberales fue acusado de crímenes de lesa majestad y fue removida la cátedra. Este personaje, abiertamente contrario a la corona prusiana, fue uno de los dos hombres que habló en la tumba del Hegel. El otro fue un jurista, Eduard Gans, también perseguido por la corona prusiana. Gans, liberal autodeclarado y uno de los primeros socialistas alemanes, fue a quien Hegel quiso dejar su cátedra en la Universidad de Berlín, pero debido al historial revolucionario de Gans, el príncipe heredero le “pidió” a Hegel que reconsiderara su nombramiento. Eduard Gans fue, algunos años después, profesor de derecho del joven Karl Marx.
La discusión de si la filosofía de Hegel era conservadora o revolucionaria seguramente tiene todavía camino por recorrer; sin embargo, vale la pena detenerse a considerar las relaciones de amistad y políticas que el filósofo entabló a lo largo de su vida para notar matices en su postura política que, debido a la censura, sus textos no siempre muestran con claridad.
En estas últimas décadas sólo hemos tenido espejismos.
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Escrito por Jenny Acosta
Maestra en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana.