La calificadora Moody’s aseguró que el escenario en el mediano plazo para la empresa será complejo.
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Entre los negocios actuales más rentables se encuentran los que producen y comercializan alimentos, ya que éstos satisfacen una de las primeras necesidades humanas. Las empresas agroalimentarias lo saben, y ni tardas ni perezosas ofrecen una amplia diversidad de productos procesados a los consumidores. Los hay para todos los gustos y de todos los precios. Actualmente existen alimentos producidos en serie con muchos conservadores, sales, grasas y azúcares, que aportan pocos nutrientes y ocasionan problemas de salud como la obesidad, elevación de la presión arterial y cáncer, entre muchos otros males, cuyo tratamiento resulta demasiado costoso para el gobierno y las familias no disponen de servicios médicos accesibles.
Pero, además, las agroalimentarias han educado el paladar de los consumidores a su gusto y conveniencia. Por ejemplo, producen alimentos con sabor a huevo, pollo o leche que no igualan a los originales o naturales de los animales de granja. Los aditivos o sabores artificiales han desempeñado una función importante en la adaptación del sentido gustativo de mucha gente. Hoy puede observarse la reacción de jóvenes y niños que, después de probar leche de vaca del rancho, consideran “muy desagradable” ese sabor. Es decir, los sabores naturales han sido sustituidos por otros que son “más agradables” al paladar porque fueron elaborados con insumos químicos similares a los del azúcar y la sal.
El éxito de las agroalimentarias se debe a que han creado nuevos sabores cuya oferta resulta accesible y barata para una población que se mueve al ritmo del trabajo y apenas tiene tiempo para comer. Es por ello que las sopas instantáneas y comidas rápidas son altamente solicitadas. La fijación de sus productos como alimentos “nutritivos” se debe a la permisividad de los gobiernos locales y las intensas campañas mercadológicas que promueven su consumo. Las grandes agroalimentarias como CocaCola, Danone, Nestlé, y General Mills han conquistado el mercado mundial con sus productos inmundos.
Pero no sólo están matando paulatinamente a la población, toneladas de envases desechables ahora contaminan suelos y afluentes sin que las empresas implementen medidas para hacerse cargo de su basura; fingen promover campañas intensas en las que se muestran “preocupadas” por el medio ambiente, pero no se esfuerzan en vender sus productos con empaques biodegradables.
Las agroalimentarias son el mejor ejemplo de que el único interés de las empresas es la máxima ganancia y no les importa el daño causado al medio ambiente y al ser humano con sus productos-chatarras. Los gobiernos permiten estas prácticas poco éticas; y si en algún momento se aplica algún impuesto para frenar el consumo –como el que se impondrá en México a los refrescos– sólo hay dos beneficiados: las empresas, que se ajustan al precio, y los gobierno, que captan más recursos fiscales, ya que el consumidor es quien al final se hace cargo del impositivo incremento de los precios a los alimentos y también paga con problemas de salud sus hábitos de consumo adictivo, como ocurrirá cuando se aplique un impuesto adicional a los refrescos embotellados.
Solamente la acción colectiva, la participación social y la educación pueden frenar a las voraces empresas agroalimentarias. Volver por el camino del buen comer es muy caro; por eso los trabajadores requerirían mejores ingresos para ello y que el gobierno sea mediador y abastecedor de alimentos nutritivos y de calidad. Ojalá sea pronto.
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Escrito por Capitán Nemo
COLUMNISTA