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Reportaje
En Zacualtipán, Hidalgo coser para sobrevivir
En el municipio de Zacualtipán, Hidalgo, la ropa que viste a miles de consumidores en México y Estados Unidos se cose a contrarreloj por miles de manos, en jornadas que pueden rebasar las 15 horas y con salarios que no alcanzan más que para sobrevivir.


En el municipio de Zacualtipán, Hidalgo, la ropa que viste a miles de consumidores en México y Estados Unidos se cose a contrarreloj por miles de manos, en jornadas que pueden rebasar las 15 horas y con salarios que no alcanzan más que para sobrevivir.

200 kilómetros de la Ciudad de México, a poco más de tres horas, se encuentra Zacualtipán de Ángeles, un municipio del estado de Hidalgo, estado donde en 2022 se alcanzó el mayor crecimiento económico nacional con un incremento del 11 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB), que llegó a 427 mil millones de pesos (mdp) y superó el nivel previo a la pandemia de Covid-19 que había sido de 360 mil 341 millones; rebasó también el nivel de 2018, que fue de 416 mil 409 mdp, por lo que la recuperación en la entidad avanzó más rápido que en otras, de acuerdo con un documento elaborado por Sectores Estratégicos para Impulsar el Desarrollo Económico en las Regiones del Estado de Hidalgo.

En México, grandes empresas de ropa como Cuidado con el Perro y Levi’s, por mencionar sólo algunas, han construido fortunas millonarias a costa de la explotación de mujeres y niños que trabajan en condiciones precarias por salarios insuficientes, muchas veces apenas reciben 50 centavos por cada prenda que elaboran.

Además, en la industria maquiladora, la mayoría de los trabajadores carecen de prestaciones y seguridad laboral: están expuestos a dinámicas violatorias a sus derechos más básicos; al mismo tiempo, las textileras sostienen su producción con la sobreexplotación de recursos naturales como el agua, la tierra y la energía, mientras dejan a las comunidades locales con los costos ambientales y sociales.

La industria maquiladora, instalada desde hace más de tres décadas en este municipio hidalguense, funciona con un modelo basado en mano de obra vulnerable, principalmente mujeres y niños indígenas. Entrevistado por buzos, Gustavo Vivanco Ostoa, dirigente social en el municipio, describió un sistema que permanece intacto desde los años noventa: “Aquí se sigue cosiendo por centavos”.

Explicó que, en Zacualtipán, según el último censo, hay alrededor de 320 fábricas, maquiladoras y pequeños talleres que emplean alrededor de 13 mil personas; sin embargo, destacan entre 20 y 25 grandes industrias en las que laboran arriba de 300 o 500 trabajadores, cuya mayoría cose y confecciona piezas por una remuneración menor a 50 centavos, con la presión de completar lotes entre mil 500 a dos mil prendas diarias.

El tiempo extra no existe y la salida del jornal de ocho horas tampoco; nadie deja la fábrica hasta terminar su cuota, aunque eso implique permanecer 12, 14, incluso 17 horas frente a una máquina industrial que no perdona errores: cada puntada es salario y cada minuto perdido es deuda.

Agregó que las maquilas que operan en la región elaboran ropa destinada a grandes marcas nacionales y trasnacionales como Cuidado con el Perro, Levi’s México, Suburbia o Sears; se trata de prendas que, en tiendas departamentales, pueden costar 300, 500 o más de mil 200 pesos; pero que fueron confeccionadas por las manos de empleados que trabajan sin derechos y que consumen su vida sin descanso.

En las maquilas, los trabajadores no tienen seguridad social, prestaciones ni estabilidad laboral. Muchos ingresan antes del amanecer y salen ya entrada la noche. Otros trabajan desde casa, convertidos en “talleres invisibles”, recibiendo paquetes de 300 o 400 piezas que deben entregar en menos de 48 horas.

Ganancias millonarias para pocos, pobreza para muchos

Mientras los obreros reciben unos centavos por prenda, las grandes empresas que contratan su trabajo reportan ganancias millonarias. Según la plataforma Uniform Market, el mercado global de ropa representa un valor cercano a 1.84 billones de dólares; además, representa el 1.6 por ciento del PIB mundial.

Además de generar ganancias millonarias a costa de la mano de obra barata, también conlleva consecuencias ambientales; pues a decir de la biblioteca digital de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, la industria textil consume cada año cerca de 93 mil millones de metros cúbicos de agua, lo equivalente al cuatro por ciento de la extracción global de agua dulce; y que fabricar una sola camiseta de algodón puede requerir hasta tres mil litros del vital líquido.

La industria de la moda contribuye con cerca de 10 por ciento de las emisiones globales de carbono, y a la vez genera unos 92 millones de toneladas de residuos textiles anuales, reportó el informe Estadísticas sobre sostenibilidad en la industria de la moda 2025 del sitio web Gitnux.

En resumen, la riqueza no solamente proviene del trabajo precarizado, sino también de la sobreexplotación de recursos naturales: grandes consumos de agua, uso intensivo de energía y el agotamiento del suelo incluidos en la producción a costa de las comunidades que cargan con los impactos ambientales.

El contraste es brutal: mientras estas marcas expanden tiendas y lanzan colecciones nuevas cada temporada, la vida de quienes sostienen su cadena productiva permanece detenida en un ciclo de pobreza que, para muchas familias, parece heredarse generacionalmente.

“Lo más duro es que la gente ya normalizó que esto es lo único que hay”, señaló Gustavo Vivanco Ostoa. “Las mujeres llegan antes de que amanezca, dejan a sus hijos encargados como pueden y se meten a las fábricas sin saber a qué hora van a salir. Aquí nadie pregunta por horarios; la regla es terminar el lote. Si no acabas, no te vas, así de simple. Y cuando uno lleva 15 horas cosiendo, ya no piensa en ganar, sino en aguantar”.

El dirigente social y activista del Movimiento Antorchista añadió que la situación se ha complicado desde que aumentó la producción demandada por marcas nacionales y extranjeras. “A veces llegan pedidos enormes y las maquilas no paran. Ahí es cuando meten a muchísima gente, incluso adolescentes y niños. A ellos les pagan menos porque dicen que aprenden, pero trabajan igual o más. Y si se equivocan, se les descuenta. Eso significa que un error puede convertir un día completo en perder dinero”. La falta de regulación y supervisión, apuntó, permite que estos abusos se repitan sin consecuencias.

Vivanco agregó que, pese a que el trabajo del que dependen miles de familias sostiene a corporaciones multimillonarias, las comunidades siguen sumidas en el mismo rezago. “Aquí no vemos beneficios. No hay clínicas, no hay apoyos, no hay desarrollo. La riqueza se va para otro lado. La gente cose por centavos, pero las marcas venden por cientos o miles de pesos. Ésa es la realidad: nuestros pueblos ponen la mano de obra y otros se quedan con todo. Y mientras no haya un cambio de fondo, la pobreza seguirá pasando de padres a hijos”.

Ante este panorama, Vivanco insistió: “si los trabajadores no saben que tienen un sindicato o, peor aún, si el que existe está al servicio del patrón, entonces no hay quién defienda sus derechos. Por eso necesitamos organización real, información clara y la voluntad de transformar un sistema que ha funcionado durante décadas para mantener a la gente sometida. Únicamente cuando los obreros puedan hablar y decidir por sí mismos, empezará a cambiar la historia dentro de las fábricas”.

Vidas que sostienen la maquila: la explotación normalizada en Hidalgo

Rosalba Pérez, de 44 años; Lucina Oliva, de 49; y Mercedes, de 65, todas originarias de Zacualtipán, comparten mucho más que su comunidad: también una vida entera dedicada a la industria textil. Las tres declararon a buzos que aceptan salarios insuficientes para sus gastos básicos debido a las pocas alternativas laborales en la región.

Rosalba trabaja desde hace un año en una fábrica textil donde su labor consiste en “planchar en vivo”, su jornada empieza a las siete de la mañana y en teoría termina a las 4:30 de la tarde, con sólo media hora para comer, tiempo en el que debe completar una meta diaria de 500 prendas para obtener 250 pesos “si no acabo la producción, me tengo que quedar hasta que acabe y ese tiempo no me lo pagan”.

La presión dentro y fuera del trabajo es constante: en la fábrica, asegura, laboran sin prestaciones, vacaciones ni seguro, supervisión “por minuto” y obligadas a mantener un ritmo acelerado. “Voy con el reloj en la mano para poder sacar la producción”, lamentó. Aún con estas dificultades, Rosalba continúa porque, como explicó: “es la necesidad la que nos obliga a ir cada día”.

Fuera del taller, Rosalba sostiene sola a dos hijos, uno de ellos aún en primaria, que no tiene acceso a la beca Benito Juárez, y a su madre, que tampoco recibe la Pensión del Bienestar del Gobierno Federal. Ante la ausencia de estos beneficios, Rosalba se ve obligada a buscar ingresos extras vendiendo gelatinas y otros productos en los mercados para completar los gastos.

Lucina comenzó su trayectoria laboral desde los 12 años, siempre sin contrato, sin seguro y sin retiro. “Nunca me dieron aguinaldo ni seguro social… Aquí no funciona eso de los retiros”, recuerda.

Su labor consistía en coser la bastilla de pantalones para marcas como Cuidado con el Perro y, al igual que Rosalba, sus jornadas podían extenderse hasta la noche si no completaba la producción. Ese ritmo y la presión diaria deterioraron su salud hasta obligarla a dejar el trabajo en octubre pasado.

Las enfermedades de Lucina (retención de líquidos y problemas renales) se agravaron por las condiciones en el taller: largas horas sentada, escasa hidratación y vigilancia constante sobre el tiempo que pasaban en el baño. “No puedes tomar mucha agua porque no puedes ni ir al baño; hasta ese tiempo te toman”, denunció.

Cuando pidió permisos para consultas y estudios, la presión aumentó: “A veces salía hasta las 10 u 11 de la noche por reponer mi tiempo”. Finalmente, su salud se colapsó y los médicos le ordenaron descansar.

Sin acceso a servicios públicos de salud ni apoyos gubernamentales, Lucina tuvo que cubrir sola el costo de la atención médica en un municipio donde, narró, “no hay nada”. Lo poco que había logrado ahorrar, 10 mil pesos, se fue en un mes. “Lo que según yo había guardado se acabó en estudios, consultas y medicamentos”, contó.

Hoy depende de los ingresos de su hija y de vender dulces, flores y otros productos para sobrevivir, mientras intenta recuperarse de una enfermedad que la maquila aceleró y el sistema público no atendió.

Mercedes pasó décadas en las fábricas aceptando un sueldo de 200 pesos semanales porque “era eso o nada”, ahora enfrenta una vejez igualmente precaria.

Aunque recibe la Pensión del Bienestar, asegura que “no le alcanza para vivir”: entre medicamentos y comida, el apoyo se esfuma en pocos días. Sin otros ingresos y sin oportunidades laborales acordes a su edad, Mercedes sobrevive con la ayuda de sus hijos y con la misma resignación que la acompañó toda su vida en la maquila, trabajando para empresas que generan mucho dinero a costa de los obreros.

La historia de Rosalba, Lucina y Mercedes muestra que, detrás de cada marca que presume crecimiento, existen vidas enteras desgastadas por un modelo que las condena a trabajar por algunos centavos, sin derechos ni futuro. Así como ellas, miles de mujeres, niños y hombres se encuentran atrapados en una economía normalizada por la explotación y donde la pobreza se hereda.

Hidalgo se “alza el cuello” con la maquila

De acuerdo con la publicación Sectores Estratégicos para Impulsar el Desarrollo Económico en las Regiones del Estado de Hidalgo, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en México, los subsectores con mayor peso en la economía estatal fueron las industrias manufactureras, con una contribución de 25.5 por ciento del PIB y un crecimiento de 19.7 por ciento; el comercio al por menor con 11.2 por ciento y la construcción con 47.2 por ciento y una participación de 9.4 por ciento del PIB.

Además de estos rubros, la estructura económica de Hidalgo se sostiene por el sector de transportes y servicios inmobiliarios, con una participación de 8.5 por ciento del PIB cada uno; así como el comercio al por mayor que aporta 9.2 por ciento; mientras que el resto de actividades económicas, bajo el concepto de “otros sectores”, concentra el 27.8 por ciento.

El documento también examina las características del empleo en la entidad y, con base en cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía advierte que la Población Económicamente Activa (PEA) de Hidalgo contó con un millón 530 mil 191 personas; durante el tercer trimestre de 2023, la tasa de desempleo fue únicamente del tres por ciento; sin embargo, la informalidad alcanzó 73 por ciento.

La mayor parte de la población ocupada se concentró en el comercio, con 293 mil 743, lo equivalente a 20 por ciento del total; industria manufacturera, con 245 mil 864 obreros; actividades agropecuarias con más de 240 mil, ambos con 16 por ciento y servicios diversos con casi 153 mil empleados, en 10 por ciento.

Asimismo, el análisis destacó que 63 por ciento del personal ocupado en Hidalgo trabaja como asalariado, mientras que 27 por ciento labora por cuenta propia, seis por ciento funge como empleador y cuatro por ciento realiza actividades sin remuneración. Ahora bien, con respecto al salario, el 73 por ciento percibe apenas entre uno y dos salarios mínimos, lo que evidencia la precariedad salarial dominante en el estado. 


Escrito por Carolina Ruvalcaba

Periodista con casi 20 años de experiencia en el medio.


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