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Brújula
Del fanatismo a la doctrina del gran escritor
Un gobierno progresista debe, sobre todo, atender la espiritualidad de sus ciudadanos.


Un gobierno progresista debe, sobre todo, atender la espiritualidad de sus ciudadanos; pero no en el sentido de fomentar la superstición, el pensamiento ligero y fácil y el esoterismo en las personas, sino en la comprensión cabal de la compleja realidad y del funcionamiento de la sociedad. La liberación de los pueblos ha exigido participar con el conocimiento científico, pero sus verdugos han optado por la ignorancia; y como gritaban los fascistas “¡que mueran los libros!”. 

Al pueblo mexicano lo han alejado del saber; lejos estamos de un intelectual como Vasconcelos, preocupado en llevar libros a todas partes. El pueblo no lee: los jóvenes, aun en etapa de estudiantes, leen muy poco y no saben diferenciar entre libros pertenecientes al arte y a la literatura universal de libros que únicamente le proporcionan recetas fáciles sobre la vida y el éxito. Es decir, mucho de lo que se lee no constituye un esfuerzo ni un disfrute para la lectura.

Las redes sociales lo llevan a leer mensajes cortos y, en general superficiales que, en lugar de elevar el espíritu, lo degradan. Las televisoras hacen el resto: sus programas no estimulan la lectura o la comprensión mínima de la realidad, muy al contrario: manipulan abiertamente las más bajas pasiones y el morbo del espectador que se entretiene en telenovelas ridículas y en programas de la farándula, cuyo contenido resulta lascivo, vacío y carente de significado. Es por ello que, si bien el pueblo mexicano es de los más trabajadores, también es cierto que debe soportar explotación y trabajo precario porque carece de “armas” intelectuales que le permitan exigir mejores condiciones liberales.

Por ello, no resulta raro que en lugar de exigir a los diversos niveles de gobierno que resuelvan los problemas terrenales que lo agobian, como enfermedades, falta de empleo, justicia, vivienda, buenas cosechas, entre muchos otros; busquen una salida con su fe y soliciten al cielo algún tipo de milagro. Pero como el cielo rara vez concede milagros, los medios de comunicación deben hacer lo suyo fomentando la esperanza y el fanatismo con la cobertura de los eventos religiosos más importantes. También el gobierno hace los suyo a través de viejos rituales ancestrales, confiriéndoles poderes y fórmulas mágicas para resolver lo que ellos no pueden ni intentan.

El pueblo que no lee es víctima del fanatismo y de la ignorancia, que lo lleva a creer lo que le dicen en la televisión sin cuestionar la autoridad y veracidad de los funcionarios. La falta de instrucción lo pone contra la pared, por un lado, al creer en las ideas conservadoras de la burguesía que promueve abiertamente a su candidato Salinas Pliego; en ese sentido no puede haber nada peor que un burgués explotador que teoriza para justificar la actual explotación, y que además ofrece conferencias y escribe libros para exaltar estas mismas patrañas; y por el otro, un rufián que igual imparte conferencias y se cree escritor, que tergiversó y manipuló la realidad mediante conferencias mañaneras y con sus panfletos, causando graves daños a la nación.

Que si bien estos dos personajes fingen estar en los extremos, uno a la derecha y otro a la izquierda, la línea entre los dos es tan tenue que se puede afirmar que los dos representan lo mismo; son un par de farsantes que buscan perpetuar la miseria y control del pueblo trabajador. Salir de este dilema requiere un pueblo alejado de la literatura barata, que lea a conciencia a los grandes hombres que, a través de la ciencia y el arte, ofrecieron las herramientas para su liberación. Formar un pueblo lector es una tarea gigantesca, pero necesaria antes de que los problemas nacionales nos rebasen. 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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