El convulso panorama actual no anuncia nada nuevo para este año: la economía nacional es un desastre.
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Las personas de a pie tardan en sobreponerse a los gastos de diciembre y los primeros gastos de enero; literalmente “quedan gastados”. Y no es para menos: con los ingresos tan bajos que reciben las familias, el comienzo de año, marcadamente esperanzador, también lo es para enfrentar los gastos pendientes a toda costa, que vienen a una velocidad mayor que los magros ingresos. “La cuesta de enero”, para los que les gustan las frases comunes, es sólo una revelación de que, en la distribución del ingreso, prevalece una gran desigualdad; porque mientras para la mayoría de las familias mexicanas significa una verdadera calamidad, para la clase pudiente representa un mes más marcado de enormes satisfacciones y felicidad.
A los gastos de la modesta cena de Navidad y Año Nuevo, la atención a los familiares, alguna salida cercana para despejarse o visitar a amigos o familiares, debemos sumarle el regalo del seis de Enero y la rosca de Reyes; y con los precios de los productos y de los regalos en alza constante, el salario no alcanza… y hay que endeudarse. ¡Y vaya que las familias de más escasos recursos lo hacen! Para ello, las tiendas departamentales, al final, les sacan un ojo de la cara con sus “abonos chiquititos”. Endeudados y con gastos que están a la orden del día, la cuesta va más allá de enero.
Y no es para menos porque, también en el mes de enero, comienza la carga tributaria; y aun cuando el gobierno informe que “no hay nuevos impuestos y que sólo es una actualización de los mismos”, las personas no le creen porque buena parte de sus ingresos se van en estos pagos que, al final, para los que van al día o están ya endeudados, significa “el tiro de gracia”. Respecto a esto, existe un contrasentido, porque las personas, por un lado, viven esperando la ayuda de algún programa asistencialista que alivie su precaria economía; pero, por otro lado, ven con angustia y espanto que únicamente se les asegura pagar impuesto, los precios excesivos en la canasta básica y el acceso al sistema de salud costoso; es decir que, si sumamos todos los gastos asignados a los impuestos, más lo de estar fuera del sistema de salud y otros servicios, se aporta mucho más que lo que se recibe; y en ese sentido, el gobierno actual castiga todo lo posible a las familias privándolas de los servicios más básicos: austeridad para los de abajo y derroche para los de arriba.
Como ejemplo: el nuevo impuesto a los refrescos se emite más con fines recaudatorios que como preocupación por tener una población sana; precisamente, el gobierno lo hace porque sabe que el pueblo consume muchos refrescos. El problema es que estos costos empobrecen cada vez más a las personas que van al día. Es ficticio que tengan alguna mejoría y que el bienestar haya llegado a su vida; ya que, si fuera cierto lo pregonado por el gobierno de que “el pueblo se encuentra feliz”, ¿entonces, por qué su ingreso a través de un salario mínimo que se presume con grandes incrementos, más el dinero que reciben de los programas sociales, no les alcanza para enfrentar el gasto diario? Pues no les alcanza ni les alcanzará por la simple razón de que el precio de las mercancías crece más rápido que su salario y, además, deben pagar por los servicios de salud y otros a los que antes tenían derecho; porque si agregamos que los mantienen endeudados y en todo momento deben pagar sus impuestos por las buenas o por las malas, por ello, la meta de un bienestar que llegue a su vida, en lugar de acercarse, se aleja más; y en esa carrera se consume su vida; siempre están peor que al principio, aunque les insistan una y mil veces que ahora deben estar muy contentos porque, en este gobierno, “primero son los pobres”; pero cuando intentan sonreír, solamente se dibuja su impotencia y su desencanto en el rostro.
El convulso panorama actual no anuncia nada nuevo para este año: la economía nacional es un desastre.
Como en los tiempos de la Santa Inquisición, y con un árbitro internacional que sólo es decorativo, al presidente de marras le basta acusar a tal o cual de tener pacto con el diablo y para declararlo culpable sin pruebas ni evidencias.
Un gobierno progresista debe, sobre todo, atender la espiritualidad de sus ciudadanos.
Culminó 2025; el año terminó y el tiempo sigue inexorable.
Se echan las campanas al vuelo, se claman vítores de alegría, apapachos y felicitaciones, confeti, fiesta y celebración por el nuevo aumento del 13 por ciento al salario mínimo
Un cuarto de la población de México vive en el campo.
La titular del Ejecutivo señala que hay motivos suficientes para festejar.
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Escrito por Capitán Nemo
COLUMNISTA