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Brújula
Tambores de guerra y los gobiernos de los ricos
La política belicista estadounidense, aunque afecta globalmente, siempre se había dirigido a los países que no se alinean a sus intereses o bien poseen cuantiosos recursos que despiertan el apetito voraz del imperio.


El año comenzó con tonos bélicos cada vez más cercanos; mientras las guerras se daban al otro lado del mar, manipuladas por Estados Unidos (EE. UU.) a distancia, con provocación abierta mediante la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 2025, tanto con el respaldo total a Ucrania, e Israel que masacra al pueblo palestino, como enviando misiles a Irán; ahora parece que podíamos dormir tranquilos, pero el comportamiento insultante de EE. UU. trae los tambores de guerra al continente americano: primero con su penetración a Venezuela para secuestrar al presidente Nicolás Maduro con el pretexto del “narcotráfico”; y luego con la intención abierta de apropiarse de Groenlandia por “motivos de seguridad nacional”.

La política belicista estadounidense, aunque afecta globalmente, siempre se había dirigido a los países que no se alinean a sus intereses o bien poseen cuantiosos recursos que despiertan el apetito voraz del imperio. Pero cuando las ansias de dominio son tantas, no se respeta a los amigos, y muestran que, efectivamente, EE. UU. no tiene amistades, sino intereses. Tal provocación generó una alerta en sus aliados europeos, que cuestionan la unidad de la OTAN, pues siendo socios, ninguno de sus miembros puede atacar unilateralmente a otro socio; pero EE. UU., por voz de Donald Trump, insiste en quedarse con Groenlandia y amenaza con poner aranceles de 10 por ciento sobre los países europeos que no apoyen su propuesta. Además, subraya que una región gélida y despoblada no debería causar tanto ruido y Europa debe estar agradecida porque EE. UU. la salvó durante la Segunda Guerra Mundial.

Groenlandia tiene pocos habitantes, aproximadamente 57 mil debido, principalmente a su clima extremo, tiene todo el derecho de ejercer su autonomía, inclusive sin ser colonia de Dinamarca; la supuesta salvación estadounidense se produjo para marcar territorio una vez que la suerte de los nazis ya estaba echada ante su gran derrota, causada por el Ejercito Rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y EE. UU. no fue a salvar, sino a “reclamar su porción”.

El agresivo actuar de EE. UU. en días recientes ha congelado a sus aliados, ya que Trump los muestra abiertamente como son: sus títeres; por ello, a la OTAN conformada principalmente por países europeos no le queda más remedio que sentarse a la mesa con el bravucón y llegar a algún acuerdo, que Trump presumirá a los medios ridiculizándolos como “bien portados”. Ante la difícil disyuntiva por la que atraviesa el mundo y la sombra bélica acechando a cada paso, en más de una ocasión se ha insistido en que otra guerra mundial sería catastrófica; lo menos grave es que se rompa la red de suministros, domine la escasez, se eleven los precios de los productos y se incremente el hambre; una acción mal calculada puede llevar a la extinción de la humanidad, pero los gobiernos que se creen todopoderosos están jugando un juego muy peligroso.

Y este juego ha dado resultados hasta ahora; el reciente informe del Comité de Oxford de Ayuda contra el Hambre (Oxfam), organismo internacional que mide la desigualdad, estima que de 2020 a la fecha, la riqueza de los multimillonarios del mundo ha crecido 81 por ciento; el dato resulta por demás revelador cuando, en medio de la convulsión mundial, los rezagos de la pandemia y guerras regionales, sus fortunas no dejan de crecer mientras, por el otro lado, más de la mitad de la población global se encuentra en la pobreza y uno de cada cuatro no tiene para comer; no cabe duda que los potentados aprovechan los conflictos internacionales que ellos mismo financian y promueven, creando una desigualdad escandalosa e intolerable.

Por ello, no es casual que Trump opte por la inestabilidad aun sabiendo que, con ello, sus patrocinadores obtienen jugosas ganancias; y el peso de los conflictos cae sobre la espalda de las clases populares que, además, viven con el temor a ser sometidas por las armas de destrucción masiva y las pandemias; el miedo las paraliza y pueden ser más fácilmente controladas. Por eso el único camino al alcance de los pueblos sigue siendo esta consigna: ¡Proletarios de todos los países, uníos! 

 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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