El déficit fiscal, el endeudamiento y la incertidumbre interna se suman a los factores que limitan las perspectivas de crecimiento del país.
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Hay aspectos de la vida que resultan complejos para algunas personas; está claro que a cada quién le va conforme a su función en la sociedad. De poco sirve la muy publicitada Declaración de los Derechos Humanos que, mediante redes sociales y la televisión, difunde que, con el tiempo y su desempeño, un hombre logra salir de la trampa de la pobreza y acceder al éxito; pero el tiempo pasa y únicamente ve ante sí una historia que no es la suya; porque, desde que nació y durante su niñez notó que, para supervivir, debe luchar contra la pobreza, el hambre y una onerosa realidad que lo condena a crecer y, a pesar de eso, crecer para que su fuerza de trabajo sea usada al antojo del burgués.
Por eso, en nada sorprende la información que, en días pasados, difundió el Comité de Oxford para el Alivio del Hambre (Oxfam) de que, en México, unos cuantos hombres sean milmillonarios, mientras gran parte de la población nacional vive al día y varios millones de mexicanos se hallan en extrema miseria. Pero, en rigor, la pobreza no es una trampa ni mucho menos un descuido social, sino un presente y futuro premeditado para quienes no tuvieron la suerte de nacer en pañales de seda.
Las clases bajas de México se hallan frente a la encrucijada de un mercado laboral con escasas opciones de trabajo y donde sólo pueden ofrecer su mano de obra. Esta situación las coloca, además, ante un dilema en el que todos los caminos que escojan están marcados por las desgracias. Si optan por un trabajo decente, el salario es muy bajo, las jornadas extenuantes, con la bota del patrón sobre el cuello y el miedo a ser despedido en cualquier momento. Si se autoemplean en el mercado informal, viven en la incertidumbre por las bajas ventas y la competencia múltiple los coloca en un barril sin fondo del que siempre desearán salir. ¿Hay más caminos?
Si tienen familiares en Estados Unidos (EE. UU.), abandonarán a la familia y buscarán la forma de llegar a la frontera con el compromiso personal de ayudar a los suyos; pero el “sueño americano” puede diluirse y convertirse en una pesadilla porque allá, pese a que los salarios son más altos, se conciben explotados, marginados y aun etiquetados como criminales, como ahora ocurre. Y cuando ya no encuentran otra opción, entonces buscan enlistarse como militares, un trabajo más seguro y para el que no se requiere más preparación escolar que la básica, como lo expresan los estados más pobres (Oaxaca, Guerrero, Chiapas) que nutren cada vez más las filas del Ejército. Y cuando ha fallado todo intento por encontrar un trabajo decente, el crimen organizado se ofrece como el sector laboral más atractivo, sobre todo para los jovencitos, porque sus salarios son mejores y porque la narcocultura, alentada por la televisión, lo oferta como una forma fácil de salir de la pobreza.
Y la ironía del asunto: en un ambiente tan enrarecido como el actual, la muerte de uno de los narcotraficantes más famosos exhibió que la política de “abrazos no balazos” del Gobierno Federal dio un giro relevante a petición de su par estadounidense, cuyo titular plantea abiertamente la existencia de un narcoestado en México. La desaparición del conocido capo, sin embargo, multiplicó la violencia y, cuando la prensa informa sobre las bajas del Ejército y el crimen organizado, sugiere que una vez roto el “pacto”, éste se está dedicando a cazar a elementos de la Guardia Nacional. Pero cuando se revisa el origen social de los caídos, se advierte que todos, o la mayoría, son del mismo estrato social: los de abajo, los más jodidos entre los jodidos. Es entonces cuando uno se pregunta: ¿por qué los muertos no son de la clase pudiente? ¿Será porque, en la esclavitud moderna, la vida de los pobres, como escribiera Eduardo Galeano, vale menos que la bala que los mata?
El déficit fiscal, el endeudamiento y la incertidumbre interna se suman a los factores que limitan las perspectivas de crecimiento del país.
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Escrito por Capitán Nemo
COLUMNISTA