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Brújula
Que se pague la deuda a los trabajadores
La ingenuidad de muchos trabajadores los ha hecho creer que, con el aumento del salario mínimo, su suerte mejoraría.


Los insistentes mensajes difundidos en torno a que la población nacional, particularmente la clase trabajadora, recibe del gobierno de Morena un “bienestar sin igual”, como nunca antes había ocurrido, provocan esta inherente confusión en la mente de muchos mexicanos, a tal grado de que se presume y se asume que “México es la envidia del mundo entero” porque se ha convertido en un “paraíso terrenal donde el pueblo vive feliz”. La realidad, sin embargo, desmiente tal versión a simple vista y sin necesidad de entrar en los detalles más ínfimos, pues el desempleo, el comercio informal al alza, los bajos salarios que no alcanzan para comprar alimentos suficientes y la falta de servicios de salud, seguridad pública, transportación y sanidad urbana evidencian este discurso lo mismo en los barrios marginales de las grandes ciudades que en las comunidades rurales de valles y montañas.

Además, el poco trabajo existente en México es precario, sus jornadas extenuantes y riesgosas por la falta de equipo de protección personal y poco mantenimiento de la infraestructura. Esta inseguridad y el ambiente tan hostil le impiden llevar una vida digna y, como en un poema de Salvador Novo, “su entorno lo vuelve presa fácil de los delincuentes”. Y, encima, se mueve entre dos mitos: uno que muestra a los trabajadores mexicanos como holgazanes a pesar de que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) los sitúa entre los que laboran las jornadas más largas y perciben los salarios más bajos. Pero hay otro mito extremo: que por sus capacidades y desempeño pueden llegar a la cima social más alta, ahí donde están las personas “felices” porque nadan en dinero, mito que nada tiene que ver con ellos porque toda su vida han trabajado y despertado de madrugada, ya que únicamente poseen su fuerza laboral y saben que cuando su vigor termine, ya no serán útiles para el empresario y éste los dará por muertos.

La ingenuidad de muchos trabajadores los ha hecho creer que, con el aumento del salario mínimo, su suerte mejoraría, porque ¡vaya que subió considerablemente!; pero en su entorno social nada cambió; los precios de los alimentos y otros productos básicos subieron; y ahora muy poca gente puede adquirirlos. El alza de los ingresos no ha surtido efecto porque las personas que no encuentran empleo formal se ven forzadas a autoemplearse en el comercio informal.

El discurso del aumento al salario mínimo parece descomunal pese a que se despedaza ante la realidad cotidiana de cualquier trabajador. Ahora se sabe que se aprobó una ley para que las jornadas laborales sólo sean de 40 horas a la semana, pero surgen preguntas obligadas: ¿Cómo se implementarán? ¿Qué tipo de trabajadores serán beneficiados? ¿Se les pagará el mismo salario o menos? Esta medida no es creíble porque hay asuntos medulares que deben estudiarse bien en busca de soluciones más adecuadas.

Primero, debe elaborarse un plan de desarrollo a largo plazo para que las empresas, formales e informales, ofrezcan las mismas condiciones de trabajo a sus empleados. Segundo, que se respete la jornada laboral de ocho horas y se paguen las horas extras de acuerdo con la ley. Tercero, que se cubran completamente las prestaciones laborales que por ley les corresponde. Cuarto, que se garantice el confort ambiental en los empleos para que sean más productivos. Y, quinto, lo más importante, que sea permitido organizarse como mejor les parezca a los trabajadores para la defensa de sus derechos e intereses. Si no se cubren cabalmente estas necesidades, la muy publicitada “semana de 40 horas” solamente resultará un slogan electoral más de los explotadores y sus comparsas del gobierno y los partidos políticos; porque no es casualidad que este “logro” sea efectuado gradualmente hasta 2030; es decir, hasta el año electoral. Sí, es sólo una farsa; una zanahoria que nunca podrá ser alcanzada. La historia advierte, además, que únicamente los trabajadores pueden mejorar su propia suerte. 

 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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