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Brújula
Trump, el salvador
Como en los tiempos de la Santa Inquisición, y con un árbitro internacional que sólo es decorativo, al presidente de marras le basta acusar a tal o cual de tener pacto con el diablo y para declararlo culpable sin pruebas ni evidencias.


En la esfera internacional, el año comenzó mal con las baladronadas de un presidente que da golpes de palo con aranceles a diestra y siniestra: lo mismo a amigos que a enemigos; que apoya con recursos económicos y bélicos a Israel para que continúe la masacre en Palestina; y que ha fraguado el término narcoterrorismo para señalar, incluso invadir otros países cuyos gobernantes le son sospechosos por “apoyar al narco”.

Como en los tiempos de la Santa Inquisición, y con un árbitro internacional que sólo es decorativo, al presidente de marras le basta acusar a tal o cual de tener pacto con el diablo y para declararlo culpable sin pruebas ni evidencias; porque como vocero del imperio, su palabra encarna la verdad absoluta y es la ley. Pero lo más grave es que tales “denuncias” están siendo utilizadas para “justificar” la invasión a los países incomodos para el imperio o que disponen de recursos naturales del interés de sus grandes empresas trasnacionales.

En abierta violación al derecho internacional, el presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, invadió Venezuela para secuestrar a su presidente Nicolás Maduro en la madrugada del pasado tres de enero, acción en la que también fueron asesinados civiles y militares. Esta reprobable intervención armada, que la mayoría ha condenado, ha causado una gran conmoción en el mundo entero. Aunque también hay voces que celebran la caída de Maduro porque, según ellas, es la “hora de la libertad” en Venezuela; entre éstas destacan las de algunos intelectuales y prestigiados periodistas mexicanos que ven a Trump como un “héroe libertario” porque su filiación de derecha o ultraderecha les impide ver más allá de sus narices.

Pero las evidencias son claras, pues el mismo invasor vocifera que el imperio ya tiene el control del país invadido y que explotará sus recursos naturales, incluido el petróleo. Es decir, el delito de Venezuela es la posesión de grandes recursos naturales, no la instauración de un sistema socialista. A la oligarquía estadounidense tampoco le gusta ver las muestras de empatía y solidaridad de los gobiernos de varios países latinoamericanos y del mundo; ni las exigencias de su población para que se libere a su presidente, el gobierno permanezca en manos del grupo de Hugo Chávez y se mantenga el proyecto socialista.

Aun así, estos sicarios de la pluma ahora atacan indiscriminadamente al pueblo venezolano. Y, por si fuera poco, ni siquiera advierten el peligro que se avecina contra su país, a pesar de que el “salvador” ha previsto la misma suerte para México. Es tanta su ceguera que se han atrevido a decir que sería estupendo que Trump entrara también a México.

La confusión de estos parlanchines de los medios masivos se magnifica con la música y las imágenes del cine y la televisión cuyos héroes militares, científicos, tecnólogos y rescatistas de desastres naturales siempre son gringos; en tanto que los malos y las grandes “dictaduras” se hallan en los países no alineados a EE. UU. Es por todo esto que la mayor parte de la población calla pasivamente.

El imperio está midiendo las reacciones y, como si se tratara de una travesura o un juego de niños, exalta sus actos y busca nuevas víctimas. El actual gobierno estadounidense y sus corifeos en México parecen soslayar que, en el actual presidente de EE. UU., actúa un nuevo genocida como Adolfo Hitler, que busca reafirmar su hegemonía comercial y territorial cínicamente frente a la complacencia de las potencias aliadas que, si bien todavía se enseñorean porque son amigas del poderoso, su propia ambición no las deja ver que el mundo ya no es el mismo, ni los pueblos son los mismos. Tampoco notan que seguir las locuras del “salvador” puede llevar a la humanidad a la aniquilación total y que únicamente puede detenerlo la unión y fraternidad de los pueblos de la Tierra. 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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