Guardia Revolucionaria Islámica: La “agresión estadounidense-sionista” tendrá una “fuerte repuesta”.
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Hoy la excolonia británico-francesa se rebela contra el imperialismo estadounidense, del que fue servil aliada y beneficiaria durante sus guerras de ocupación; y en un giro de 180 grados, su primer ministro Mark Carney se acercó a China y llamó a Occidente a abandonarlo en sus tropelías.
Como una “bomba geopolítica” fue el vuelco a la política exterior del jefe de gobierno canadiense para anular el impacto de la agresiva actitud expansionista del presidente de Estados Unidos (EE. UU), Donald Trump, con la que éste pretende imponer aranceles y manipulaciones.
Con provocadora estrategia, Carney pactó acuerdos con la República Popular China (RPCh) y luego ofreció un mensaje libertario en el Foro Económico Mundial de Davos. Ello indica que la cúpula de Ottawa decidió no volver al orden mundial definido por la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y ya no someterse al imperialismo estadounidense.
Sin embargo, esta rebelión aún no consuma plenamente la ruptura con EE. UU. porque es su principal aliado político, bélico y económico, y, en pocas semanas, Canadá y México renegociarán con la potencia el Tratado-México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC) que, desde 2018, rige los intercambios comerciales entre las respectivas naciones de Norteamérica.
A la par de esta sofocante dependencia comercial con el hegemón, los tres países albergarán el torneo de la Copa Mundial de Futbol FIFA 2026 a partir del 11 de junio, de cuyo ejercicio también esperan obtener beneficios económicos.
Al ampliar la lente geopolítica se constata que la crispación Canadá-EE. UU. emergió cuando Donald Trump activó su plan de hacer a Estados Unidos grande otra vez (Make America Great Again); desde su primera presidencia se perfiló contra Ottawa y México y afinó la acometida al inicio de su segunda estancia en la Casa Blanca.
Hoy lo hace cuando colma sus buques con crudo robado a Venezuela; pacta con el genocida Israel la desaparición de Gaza palestina; arremete contra Irán; y aplica la máxima presión para adueñarse de Groenlandia y seguir hacia el Ártico occidental. Todo esto degradó más su relación con Canadá.
En febrero de 2025, Trump declaró a Fox News que su país pierde 200 mil millones de dólares (mdd) anuales con Canadá. Y, provocador, insistió en hacer de Canadá el estado 51 de la Unión Americana.
En 2018 atacó al primer ministro “progresista” Justin Trudeau cuando le reprochó que se sentaba en los banquetes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sin pagar sus cuotas; y, en su gestión actual, ha impuesto a Canadá 25 por ciento de aranceles “por no frenar el flujo de fentanilo” cuando esta nación comienza un proceso electoral.
Trudeau respondió con medidas espejo y buscó formar un frente común con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo. Ambos coincidieron en que las tarifas eran injustas porque está en vigor el T-MEC, aunque no concretaron una alianza.
También debilitó al entonces premier canadiense en el bochornoso trance –captado por la televisión en noviembre de 2022– en el que el presidente chino Xi Jinping lo recriminó por revelar el contenido de su diálogo privado en la cumbre del G-20 de ese año. Trudeau empeoró su situación cuando, en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, afirmó que China es un Estado al que “nadie llamaría democrático”.
Estos problemas provocaron que el Partido Liberal y la élite corporativa canadiense, que busca la integración a EE. UU., lo abandonaran y que, después de casi 10 años en el cargo, Trudeau dejara la residencia oficial de Rideau Cottage.
Lo relevó el economista y exgobernador del Banco Central, Mark Carney, quien convenció a los electores de que sería capaz de enfrentar la embestida político-comercial de Trump. Meses después, Carney se percató de su creciente vulnerabilidad y buscó otras opciones.
Cuando Trump amenazó con aplicar aranceles de 100 por ciento sobre las importaciones de Canadá, Carney activó su estrategia de provocación: jugó la carta china, el mayor competidor comercial de EE. UU.; y el 16 de enero anunció la firma de 12 acuerdos durante la primera visita de un jefe de gobierno canadiense a Beijing desde 2017.
El acercamiento sino-canadiense resulta paradójico porque, desde 2007, Canadá ya no es el primer socio comercial de EE. UU., posición que China ocupó con sus exportaciones manufactureras, mientras que Canadá le exporta recursos naturales y servicios, explica la académica Delia Montero.
En Beijing, Carney aplicó un arancel preferencial de 6.1 por ciento a 49 mil autos eléctricos chinos (a los que en 2024 Canadá le había impuesto tarifas de hasta el 100). En reciprocidad, la RPCh eliminó la visa a visitantes de aquel país y redujo impuestos a productos agrícolas canadienses (del 84 al 15 por ciento en el caso de la canola o colza).
Trump reclamó: “Es muy peligroso que hagan eso” y criticó a Beijing por “intentar usar a Canadá como plataforma comercial” hacia EE. UU. Luego ironizó con el gracejo “sólo espero que dejen en paz el hockey sobre hielo”.
Todo indica que Carney pactó tal estrategia con Reino Unido, su exmetrópoli, cuyo primer ministro Keir Starmer también visitó al presidente chino Xi Jinping el 29 de enero. El laborista se reconoció pragmático y busca oportunidades para sus empresas en una China “estratégica, coherente e integral”.
Starmer y Carney siguen los pasos del presidente de Francia, Emmanuel Macron y el primer ministro de Finlandia, Petteri Orpo, quienes, semanas antes, se acercaron a la segunda mayor economía global en medio de la difícil coyuntura donde los puso el Ejecutivo estadounidense.
Los alienta el desencanto y su impotencia ante la tecno-política de la Casa Blanca. Tanto Canadá como el Reino Unido y la Europa Comunitaria corroboran que ya no son socios confiables para el crepuscular capitalismo estadounidense.
La mejor definición de tal relación quizás fue ofrecida por el expresidente estadounidense John F. Kennedy el 17 de mayo cuando, en plena Guerra Fría, advirtió que “la geografía nos hizo vecinos, la historia amigos, la economía socios y la necesidad nos volvió aliados”.
A 65 años de ese diagnóstico, y pese a sus recientes discrepancias, no hay otro país más integrado a EE. UU. que Canadá. Su sector exportador depende de los clientes estadounidenses y casi uno de cada 10 trabajadores canadienses se emplea en sectores dependientes de firmas norteamericanas.
Los une la frontera terrestre más extensa del planeta, con 891 kilómetros, aunque persiste la añeja disputa que mantienen por la soberanía de la isla Machias Seal y sus aguas aledañas (la llamada zona gris), muy ricas en langostas.
Pese a todo, no se atisba una ruptura mayor en el horizonte, porque son países con vínculos económico-comerciales muy estrechos: son miembros de la OTAN, forman el grupo de inteligencia Five Eyes y la reciente alianza AUKUS (con Australia, Reino Unido y Nueva Zelanda) para cercar a China en el Océano Pacífico.
Menos notable es la multimillonaria inversión del Departamento de Guerra (Pentágono) en Canadá. A 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la provincia de Québec y los territorios del noroeste extraen y procesan cobre, oro, grafito y cobalto para EE. UU.; mientras su industria local fabrica drones, motores, medicamentos y electrónicos.
Este pacto se remonta a 2022, cuando EE. UU., urgido por el creciente control de China sobre minerales críticos, invocó la Ley de Producción de Defensa y anunció que financiaría a nuevas mineras. En caso de crisis de seguridad nacional, la Casa Blanca podría exigir a Canadá la entrega de esos suministros.
La prensa corporativa publicó que Trump, descontento por el discurso de Carney en Davos, afirmó que Canadá sólo existía gracias a EE. UU. y enseguida, anunció un arancel de 100 por ciento a las importaciones de Ottawa si pactaba un acuerdo de libre comercio con Beijing. El canadiense se apresuró a negar tal posibilidad “porque respeta el T-MEC”.
Entre sus cartas de juego con Canadá, el presidente estadounidense tiene la de los separatistas canadienses. Éste fue el asunto central durante el encuentro entre Mark Carney y los dirigentes de las provincias. Hoy se sabe que funcionarios de Trump se han reunido con los separatistas de Alberta y Ontario, lo que vulnera al gobierno de Ottawa.
La esencia en la relación de Canadá con EE. UU. se ha expresado también con la participación de no menos de 125 mil de sus soldados en las guerras que su vecino promueve por sus intereses económicos; y en su intervención durante las Operaciones de Mantenimiento de Paz de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en más de 130 países, muchas ineficientes, señala Walter Dorn, del Colegio de las Fuerzas Canadienses.
Canadá combatió al nazismo antes que EE. UU., pues fue hasta 1943 cuando el expresidente Franklin D. Roosevelt, el primer ministro británico Winston Churchill y el gobernador general de Canadá, el conde de Athlone, debatieron cómo la Unión Americana intervendría en esa contienda.
Aunque el papel de Canadá fue neutral en Vietnam, surtió a EE. UU. con 20 mil tropas y armas. Este apoyo fue alentado por una campaña anticomunista de las grandes empresas canadienses, que proveyeron a su ejército y al de su vecino, y recibieron el respaldo del 40 por ciento de la población.
En 2003, el primer ministro Jean Chrétien rechazó unirse a la coalición de Occidente contra Irak y no secundó a EE. UU. pese a la campaña en torno a la falsa versión de las armas de destrucción masiva. Un año después lo sucedió Paul Martin, quien hizo lo mismo.
Sin embargo, en marzo de 2011 aviones canadienses salieron de bases estadounidenses en el Mar Mediterráneo para atacar objetivos en Libia y derrocar al coronel Muammar al Khadafi. Entre 2014-2015, debido al auge del Estado Islámico en Irak, Canadá realizó ataques aéreos y combatió con 600 tropas.
El primer ministro Stephen Harper anunció su intención de prorrogar ahí su presencia, después de terminar las hostilidades contra Siria en 2016, lo que resultó benéfico para su industria bélica. En enero de 2020, el canciller François Chapagne apoyó el ataque de EE. UU. al aeropuerto de Bagdad, que asesinó al general iraní Qassem Soleimaní y al líder de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak, Abu Mahdi al Muhandis.
Pese a su estrecha relación político-militar con Israel, Justin Trudeau y Mark Carney “condenaron” los ataques sionistas y su intención de asumir el control de Gaza. Sin embargo, mantienen estrecha cooperación bélica, denuncia la organización pacifista El Mundo más allá de la guerra.
En julio de 2025, Canadá se unió a Francia y al Reino Unido en el anuncio de que reconocerían un Estado Palestino “si Israel no cumple con el cese al fuego en Gaza y acata la solución de dos Estados”. Y para complacer a Trump, Trudeau calificó a la Guardia Revolucionaria iraní como “organización terrorista” en junio de 2025.
Al saqueo desmedido que las corporaciones mineras canadienses efectúan en México desde hace décadas se sumó el acceso al enorme mercado mexicano de otras empresas de gran capital, logrado a partir del 1° de enero de 1994 con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
Por ello, en diciembre de ese año Ottawa alentó la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), favorable al capitalismo anglosajón. Todo cambió entre 1999 y 2010 con Hugo Chávez como presidente de Venezuela; las protestas antiglobalización en Seattle, el colapso del Consenso de Washington y la ola progresista en Brasil, Argentina, Bolivia y Ecuador.
Pero el 15 de marzo de 2005, sin consultar a sus respectivos Congresos, el canadiense Paul Martin, con George W. Bush (EE. UU.) y Vicente Fox (México) en Waco, Texas, pactaron la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN). Con ello, los dos primeros obtuvieron más seguridad y la subordinación de México, cuya población no vio tal prosperidad.
Ante la precarización neoliberal, aumentaron las solicitudes de refugio de mexicanos en Canadá que, en julio de 2009, decidió exigirles visa. Y aunque en 2016 eliminó este requisito, en 2024 lo reimpuso.
Hoy lucran a sus anchas las corporaciones mineras de ese país en México a costa, incluso de la vida de sus trabajadores, que extraen plata y oro para la firma Vizsla Silver que, bajo el argumento de no tolerar la extorsión, no responde por la vida de 10 trabajadores secuestrados el 23 de enero.
En Davos, Suiza, Carney enalteció los “principios” que guían a su país para borrar las violaciones a los derechos humanos de sus pueblos originarios y las intimidaciones a sus corporaciones que obtienen ventajas en el exterior. No menos del 60 por ciento de las firmas mineras tienen sede en Canadá, cuyo sistema judicial favorece su impunidad mientras violan leyes laborales, envenenan territorios, crean represas ilegales y hostigan a sus adversarios, refiere el Instituto Tricontinental de Investigación Social.
El sector minero contribuye con no menos de 122 mil mdd al Producto Interno Bruto. Sus minas en el exterior producen diamantes, oro, carbón, hierro y otros minerales que exporta a EE. UU., la Unión Europea y el Reino Unido. Además, una cuarta parte de sus exportaciones son gas y petróleo.
Por eso, cuando Carney recibió la ovación y el elogio de diplomáticos en Davos, deseó borrar un hecho: que mineras y otras multinacionales canadienses son las beneficiarias del orden global que criticó.
Élites sociales y corporaciones disfrutan de un poder formidable otorgado por los tratados del modelo capitalista. En el “país del bienestar” se practican ordinariamente la brutalidad empresarial y maltrato gubernamental contra trabajadores y mujeres indígenas.
Con el lema “La nostalgia no es la estrategia”, Mark Carney invitó, en Davos, a unirse en torno a su política a los gobiernos agraviados por la política intrusiva de Trump. Durante 17 minutos y 23 segundos planteó la ruptura del orden mundial, el fin de una ficción agradable y el comienzo de una realidad brutal, en la que las grandes potencias no se sujetan a ninguna restricción.
Anunció que Canadá, al igual que otras potencias medias, es capaz de construir un nuevo orden basado en valores. Fustigó a los asistentes al Foro Económico Mundial para enfrentar a EE. UU. y a “no respaldar el sistema de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración”, que es fuente de subordinación.
Alardeó que en seis meses acordó con la Unión Europea una asociación estratégica integral que incluye a los otros cuatro continentes. Creyéndose fuerte, denunció al hegemón por “monetizar continuamente” sus relaciones y concluyó: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”.
Fue así como Carney defendió la soberanía de Groenlandia sin emitir una sola palabra sobre el genocidio israelí en Gaza, el secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela ni de los 66 años de bloqueo comercial estadounidense sobre Cuba.
Guardia Revolucionaria Islámica: La “agresión estadounidense-sionista” tendrá una “fuerte repuesta”.
La advertencia de México se suma a las medidas adoptadas por países como Estados Unidos, Reino Unido y China.
Los países emitieron alertas a sus ciudadanos para abandonar la nación persa “lo antes posible”.
A partir del 1 de marzo, el país asiático suspenderá aranceles adicionales de hasta 100% a productos agrícolas canadienses.
El Organismo subraya la importancia del diálogo, la protección a la población civil y mantener abiertos los canales de comunicación.
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Escrito por Nydia Egremy
Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.