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Economía
La geopolítica se vuelve transparente
En la realidad, no existen separados los poderes “económico”, “militar”, “político” e “ideológico”, como solemos pensar.


En 1878, Federico Engels, discutiendo en torno a la violencia y la capacidad para ejercerla, escribió lo siguiente:

El revólver supera, pues, a la espada; (…) la violencia no es un simple acto de la voluntad, sino que exige para manifestarse condiciones previas, sumamente reales, es decir, instrumentos, el más perfecto de los cuales supera al menos perfecto, y que es menester además que dichos instrumentos se produzcan; lo que quiere decir que el productor de los más perfectos instrumentos de violencia, esto es, de las armas más perfeccionadas, triunfa del productor de armas menos perfectas; en una palabra, la victoria de la fuerza descansa en la producción de armas, y como ésta, a su vez, se funda en la producción en general, la victoria de la fuerza se basa, por tanto, en la “potencia económica”, en la “situación económica”, en los medios materiales que tiene la fuerza a su disposición.

Aquí se encuentran bases importantes para comprender la llamada geopolítica. En la realidad, no existen separados los poderes “económico”, “militar”, “político” e “ideológico”, como solemos pensar. Para ejercer los últimos tres se requieren medios materiales (de producción o destrucción) y personas dispuestas y capaces de operarlos. Es decir, el poderío de una nación, en última instancia, depende del grado de desarrollo de sus fuerzas productivas, como afirma Engels, aunque esto no sea absoluto, como muestran los numerosos ejemplos de ejércitos menos poderosos que derrotan o contienen a los más fuertes.

Para aumentar y mantener este poderío económico no basta con aplicar políticas domésticas “correctas”. Es menester, además, ganarle el mayor terreno posible a las potencias rivales en todo aquello que resulta clave para el desarrollo económico interno. De ahí los temas recurrentes en los análisis de geopolítica: acceso preferencial o control directo de materias primas críticas, infraestructura y rutas comerciales, mercados externos, tecnologías estratégicas, etc. Todos estos elementos hacen la producción más eficiente o facilitan su expansión.

En la fase imperialista del capitalismo hay dos fuerzas que empujan en esta dirección. Por un lado, los grandes capitales de un país utilizan el aparato estatal y militar como el arma más poderosa en su competencia con los grandes capitales de otros países. Promueven así la política imperialista para fortalecerse, protegerse y, en última instancia, intentar salvarse de las crisis recurrentes inherentes al desarrollo del sistema capitalista. Por otro lado, el conjunto de burócratas y gobernantes que integran el aparato estatal entiende que su propia situación material depende tanto de mantener la estabilidad interna como de aumentar el dominio del país en la escena mundial. Por eso, en Estados Unidos, las diferencias entre republicanos y demócratas nunca cuestionan el carácter imperialista de su política exterior, más allá de las diferencias discursivas.

Durante décadas, esta concepción “cruda” de la geopolítica permaneció parcialmente oculta tras discursos sobre la defensa del “orden basado en reglas” y el “derecho internacional”. Dicho discurso se correspondía con formas más veladas e indirectas de ejercer el dominio sobre otras naciones, aunque siempre coexistió con intervenciones militares directas de enorme brutalidad.

Sin embargo, la época de las apariencias democráticas y pacíficas ha terminado. En el documento Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, publicado en noviembre del año pasado, se afirma: “Queremos la economía más fuerte, más dinámica, más innovadora y más avanzada del mundo”. A continuación se añade: “Queremos reclutar, entrenar, equipar y desplegar la fuerza militar más poderosa, letal y tecnológicamente avanzada del mundo para proteger nuestros intereses, disuadir guerras y, si es necesario, ganarlas de manera rápida y decisiva”. Los halcones del imperialismo norteamericano hacen explícita su lógica: convertirse en la economía más poderosa para ser el ejército más poderoso y garantizar así su dominio global.

Para quien pensara que este documento no era más que una colección de bravuconadas, la realidad ofrece una prueba contundente: la agresión imperialista contra la República Bolivariana de Venezuela y su presidente, Nicolás Maduro. No se trata de palabras vacías, sino de una orientación política concreta que se traduce en sanciones, asfixia económica, amenazas militares y desestabilización permanente. Vivimos una época de monstruos desatados y estamos todos advertidos. Si las potencias imperialistas se lanzan violentamente a la ofensiva, los pueblos del mundo, encabezados por la clase trabajadora, no se pueden quedar de brazos cruzados. El futuro de la humanidad depende de ello. 


Escrito por Jesús Lara

Licenciado en Economía por El Colegio de México. Doctorante en Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst de EE.UU.


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