Las mujeres destinan 12 por ciento menos recursos que los hombres a la adquisición de instrumentos financieros y activos.
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El 19 de enero pasado, Oxfam publicó el informe Contra el imperio de los más ricos. Defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios, donde documenta, con datos actualizados, la aceleración de la concentración de la riqueza y su traducción directa en poder político. El informe se inscribe en una amplia producción académica que, desde hace años, ha mostrado que la desigualdad no es un fenómeno coyuntural, sino persistente y ligado a la estructura económica vigente. Su valor reside en volver visible, con cifras precisas, una realidad conocida; su límite, en que no interroga las leyes profundas que la producen.
Desde el marxismo-leninismo, la desigualdad extrema no es una desviación ni el resultado de políticas equivocadas, sino una consecuencia necesaria del funcionamiento del capitalismo, particularmente en su fase imperialista. El capital altamente concentrado controla los medios de producción estratégicos, el crédito, el comercio, la tecnología y ejerce una influencia decisiva sobre las decisiones centrales del Estado. En esta etapa, la fusión orgánica del capital bancario con el capital industrial da lugar al capital financiero, base económica de la oligarquía dominante, a cuyos intereses quedan subordinadas tanto la estructura como la superestructura.
El informe describe con claridad los principales efectos de este proceso –captura del Estado, debilitamiento institucional, desigualdad creciente–, pero se mantiene en el terreno de los resultados. Desde una perspectiva científica, esto no es un error metodológico accidental, sino el reflejo de un enfoque que evita cuestionar la lógica interna del sistema. Para el materialismo histórico, no es la superestructura la que determina la estructura, sino lo contrario: mientras las relaciones de producción capitalistas permanezcan intactas, cualquier intento de corrección se verá limitado a paliativos.
El informe señala que en 2025 la riqueza de los milmillonarios alcanzó un nuevo récord histórico y creció aproximadamente tres veces más rápido que el promedio registrado en los cinco años anteriores. Lejos de desmentir los límites del capitalismo, esto los confirma. Al mismo tiempo se mantuvieron –e incluso se agravaron– condiciones de pobreza, precariedad laboral y estancamiento del ingreso para amplias mayorías. Como advirtió Marx, “el verdadero límite de la producción capitalista es el propio capital”.
Un elemento central para comprender esta dinámica es la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, formulada por Marx. A medida que el capitalismo se desarrolla y aumenta la composición orgánica del capital, la tasa media de ganancia del sistema tiende a reducirse. Sin conducir al colapso automático del sistema, esta tendencia obliga al capital a buscar contratendencias: intensificación de la explotación, precarización del trabajo, expansión hacia nuevos mercados, financiarización y apropiación violenta de recursos, etc.
Es en este contexto donde debe entenderse el imperialismo en su forma más concentrada y agresiva, la forma que adopta el imperialismo cuando las dificultades para sostener la tasa de ganancia se agudizan.
La situación de Venezuela ilustra con claridad este proceso. Las sanciones, el bloqueo económico y las presiones externas no responden a preocupaciones humanitarias ni a criterios democráticos, sino a intereses materiales concretos, vinculados al control de recursos estratégicos y a la necesidad de disciplinar cualquier intento de soberanía económica. En un escenario de competencia global y rentabilidad decreciente, la coerción deja de ser excepcional y se convierte en instrumento regular de la acumulación capitalista.
México ofrece un ejemplo complementario. A pesar de cambios discursivos y de políticas sociales supuestamente orientadas a mitigar los efectos más visibles de la desigualdad, la estructura económica permanece intacta. No se ha modificado la inserción dependiente del país en la economía mundial y la concentración de la riqueza continúa. Desde esta perspectiva, la persistencia de la desigualdad no es una anomalía, sino el resultado lógico de una estructura productiva subordinada al capital nacional e internacional.
El informe de Oxfam cumple una función importante al documentar empíricamente estas tendencias, pero no va más allá. La desigualdad no es un problema de mala distribución o de mala intención, sino de producción y apropiación como dinámicas inherentes al sistema. Mientras el capitalismo esté supeditado a sus propias leyes internas, la concentración de la riqueza y la subordinación de los pueblos tenderán a profundizarse.
La tarea pendiente, por tanto, no es administrar la desigualdad, sino la organización de la clase trabajadora para disputar el poder político y económico que hoy posee el capital.
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Escrito por Níobe Enciso
Economista egresada de la UNAM. Maestra en Economía por El Colegio de México. Coordinadora de la licenciatura en Economía de la División de Ciencias Económico–Administrativas de la UACh.