Aulas precarias construidas con madera o cartón; pisos de tierra, mobiliario deteriorado; sin servicios básicos como luz, agua o drenaje.
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El conformismo gubernamental en el aspecto educativo, en todos los niveles y particularmente a nivel medio superior (preparatoria), se manifiesta en aducir que, puesto que “la demanda educativa” en Baja California Sur está satisfecha al 100 por ciento (es decir, la demanda de los jóvenes “que quieren estudiar”), nada se puede hacer con los que no quieren, y, por tanto, el Estado cumple “bien” sus obligaciones al satisfacer “la demanda”, los que “no quieren estudiar”, por el motivo que sea, ya no son de su incumbencia real, mucho menos los que desertan de éste o cualquier otro nivel educativo; unos y otros quedan así, condenados al oscurantismo de luces led y pantallitas celulares de los tiempos modernos.
Este “cumplimiento” oficial contrasta con la experiencia de la Preparatoria Moctezuma Ilhuicamina, de Los Cabos, que cumplirá el próximo agosto dos años de estar funcionando y recibe a jóvenes que querían seguir estudiando, pero no alcanzaron lugar en el sistema oficial. Y también contrasta con la realidad de los grupos antorchistas de esa ciudad y La Paz, grupos de ciudadanos de muy humilde posición social y de colonias populares donde abunda la pobreza, entre los que una constante de las familias es reportar en sus reuniones, precisamente, que tienen hijos que no alcanzaron lugar en alguna u otra escuela. Y no son pocos.
Ello no sólo justifica la existencia de dicho centro educativo, sino también la duda racional respecto a la veracidad de informes como la Estadística educativa de Baja California Sur, ciclo escolar 2022-2023, informe proporcionado por la Secretaría de Educación Pública que, en el rubro de “Absorción”, da el dato de que 106.6 por ciento de quienes demandaron educación media superior fueron atendidos, tanto en 2022 como en 2023 (¡!). La misma duda persiste respecto a la “Tasa neta de matriculación” para el mismo nivel, del ciclo 2022/2023, que proporciona el Instituto Nacional de estadística y Geografía (Inegi), y que arroja para BCS un nivel de 72.9 por ciento. Afirmar que poco más de uno de cada cuatro jóvenes no estudia la prepa tampoco se corresponde con las multitudes juveniles que buscan oportunidades a esa edad, cosa que cualquiera puede constatar mirando en derredor suyo.
Un resultado práctico de esa forma gubernamental de enfocar nuestra realidad es que México aparece en los últimos lugares en las pruebas mundiales de manejo de lenguaje, matemáticas y ciencia y, más recientemente, con mal nivel creativo, por debajo de la media (Pruebas PISA 2023, de la OCDE). Así, el Estado se lava las manos y nos da gato por liebre con respecto a su obligación de proporcionar educación al pueblo, según sus propias leyes.
Aunque por supuesto no dice qué tipo de educación y qué tipo de egresados quiere, nos bastará por ahora recordar que Aníbal Ponce (Educación y lucha de clases, 1934) prueba que “…al lado de los obreros con un mínimo de preparación –obreros no adiestrados– y de obreros de una cultura media –calificados–, el capitalismo requería además de la presencia de verdaderos especialistas, de una cultura excepcional… una educación primaria para la masa, una educación superior para los técnicos, eso era en lo fundamental lo que la burguesía requería en el terreno de la educación”.
De manera que, por ese camino, si dentro de poco sólo el 20 o 30 por ciento de los jóvenes en edad de estudiar “demandan” estar en las aulas, el Estado burgués habrá cumplido su deber de dejar fuera de cualquier tipo de instrucción a la mayoría de los jóvenes proletarios mexicanos y, sin embargo, con ayuda de la propaganda adecuada, a pesar de tan grave injusticia, habrá “cumplido”. Este magnífico “argumento” justificará (puesto que ciertamente la demanda es cada vez más reducida y la deserción tiende a aumentar), que entonces no haya necesidad de renovar instalaciones, formar más maestros y capacitarlos científicamente, mejorar sus salarios, construir más escuelas, aumentar presupuestos, ampliar horarios, ni invertir en actividades deportivas y culturales masivas, etc.,: un paraíso neoliberal.
Pero también se justificará el hecho de que las prometidas becas “universales” no sean tan universales, sino sólo para la “demanda”, es decir, para los que estén inscritos en el sistema de educación pública. Los desertores y “lo que no quieren estudiar” no estarán invitados a la mesa.
Contrario a la política educativa vigente, el progreso del país requiere una verdadera revolución social que, en su aspecto educativo, garantice, en primerísimo lugar, generar las condiciones materiales e ideológicas para que millones de jóvenes quieran estudiar. Una revolución social que transforme de raíz la conciencia juvenil, una transformación ideológica que haga sentir la necesidad de estudiar rigurosamente, de investigar, de desarrollar conocimiento y ciencia para resolver problemas sociales concretos como desterrar para siempre de nuestra patria la pobreza, el desempleo, la falta de salud y de condiciones dignas de vida. Ésa es la juventud que requiere México.
Ello jamás se logrará por el camino de entregar unos cuantos pesos periódicamente a cada joven inscrito, eso es totalmente insuficiente. Más bien corremos el serio peligro de que, sin una vigilancia estricta respecto al uso que dé el joven a esos dineros, sin un sistema educativo que verifique, mida y exija el mayor rendimiento escolar en función de las becas, como ha venido sucediendo hasta ahora, nuestra juventud se apoltrone y se adormezca, acostumbrándose a recibir sin ningún esfuerzo de su parte, es decir, corremos el peligro de que deserte del estudio serio en los hechos y con ello se corrompa su espíritu de lucha, de honradez y solidaridad con su pueblo.
Seguir en el actual estado de cosas condena a nuestros jóvenes, particularmente a los hijos de los trabajadores y proletarios, a repetir hasta el infinito lo que hasta ahora hemos padecido como pueblo. Dada la tendencia neoliberal de la 4T de reducir cada vez más el aparato educativo público, e invertir cada vez menos en mejorar las condiciones de vida del pueblo, el magnífico argumento atrás mencionado también conduce a prever el endurecimiento de los mecanismos de reinscripción en todos los niveles y el muy posible regreso de la reprobación, en aras de “corregir los errores educativos heredados”, que no será otra cosa más que justificaciones para gastar menos, aunque parezca lo contrario, gran virtud ésta de Morena: la de presentar “otros datos” para ocultar sus verdaderos fines y culpas.
Mantener a la juventud mexicana con una educación básica, muy básica o, si así lo requiere el capital, sin ninguna educación del todo, es el método que garantiza su control, opresión y dominio.
Así, pues, la mayor deserción en los próximos años en todos los niveles, y particularmente en el nivel de las preparatorias, responde perfectamente a los intereses del capital, del partido oficial y de sus aliados. Luchar hoy, oponerse hoy, ya, a esa política y sus nefastas consecuencias es la obligación de todo estudiante consciente. La revolución tiene que nacer, desde el momento mismo de rebelarse a esta opresión.
La tendencia a la deserción escolar de nuestra juventud crece porque su pobreza crece, y también porque la política real de Morena y sus aliados conduce a su desmotivación, a pesar de las entregas de dinero en efectivo (seis años de esta política, recuerde usted, no sacaron a nuestro pueblo de la pobreza ni del fracaso educativo). La juventud mexicana no es de por sí floja, inepta o incapaz, simplemente no ha despertado, no ha construido las condiciones para que pueda demostrar su grandeza: he ahí su tarea, lograr esa revolución mediante medios pacíficos, acto supremo de justicia que pondrá a prueba su inteligencia y valor.
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Escrito por Luis Miguel López Alanís
Periodista y escritor. Autor del libro “Ecos de los organizadores”.