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El Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF) es el plan de gastos del gobierno. La Ley de Ingresos (por ser ley, se deberá discutir y aprobar en ambas cámaras, la de Diputados y la de Senadores) establece los parámetros para saber, aproximadamente, con cuánto contará la nación para gastarlo y, por el lado del gasto, se prepara el PEF que no es ley; por ello solo corresponde a la Cámara de Diputados su aprobación, la cual debe contener el destino de los recursos públicos. Lamentablemente, como solo se requiere mayoría simple en la Cámara de Diputados, es muy seguro que se apruebe casi en los términos con los que viene, como el pasado PEF 2019, cuando reunieron a miles de presidentes municipales para considerar sus proyectos, los cuales gastaron dinero y no fueron aprobados ni tuvieron techo presupuestal.
Ahora bien, el gasto público debe tener propósitos concretos que tiendan, por lo general, a mejorar la suerte de los mexicanos, de la economía, y de ahí que el modelo económico y político que tenga cada gobierno servirá de base para el proyecto del presupuesto. En ese sentido, debemos recordar que vivimos en una economía capitalista neoliberal y que, por lo mismo, no se abstrae de ella ni se decreta como desaparecida así nada más, porque sí o por ocurrencia; por el contrario, para proyectar en qué se gastará la nación los recursos, se debe considerar el modelo capitalista para que éste sirva de palanca para el desarrollo nacional. Los gobiernos anteriores fueron acusados por el actual por ser “neoliberales” y, por lo mismo, que su presupuesto “fifí” solo estaba pensado para satisfacer los intereses de la “mafia del poder”, y para las clases ricas; por el contrario, se declaró que, con el gobierno actual, todo marcharía de maravilla para estar “feliz, feliz, feliz” y que “por el bien de México, primero los pobres”; sin embargo, no es así.
La economía en la que vivimos necesita la inversión pública como uno de los detonantes de la inversión y, sobre todo, como señala Enrique Quintana, “confianza”, para que la empresa privada -a su vez- también invierta y se creen nuevos empleos, y todo vaya bien. Asimismo, no debe olvidársenos que la economía actual está orientada hacia el mercado exterior y, por lo mismo, no es capaz de abastecer el mercado interno, de manera que el presupuesto debe considerar esto.
El planteamiento inicial del gobierno actual fue eliminar la corrupción liquidando todos aquellos programas que olieran a posible corrupción. Así se canceló el proyecto aeroportuario de Texcoco y todos los programas anteriores que beneficiaban a la gente (Comedores, Estancias Infantiles, Prospera, Seguro Popular, etc.) para, en lugar de ello, darle dinero a la gente (y no a toda), mediante programas sociales y un par de obras faraónicas, aunque inútiles, y así es que nos encontramos hoy: Dos Bocas que no inicia; un Tren Maya que no le vemos futuro, un Santa Lucía sin proyecto y un barril sin fondo al que se le meterán de entrada cinco mil millones de dólares, para nada, que es Pemex. Asimismo, un programa de apoyo a los “jóvenes” que fue un cochinero, y que estuvo plagado de corrupción y no hay ningún detenido por ello (qué incongruencia de la 4aT); un programa de adultos mayores que apoyaba a gente con la edad de 65 y más, que “aumentó” al doble la pensión; pero también aumentó la edad de beneficio a 68 años, por lo que ahora menos lo tienen y menos llegarán a tenerlo. Un programa de becas a jóvenes de preparatoria que solo alcanzó al 50 por ciento de los estudiantes, los cuales se gastaron su dinero en celulares, en cervezas, en casi todo menos para su estudio.
La eliminación del Ramo 23 para proyectos de desarrollo regional dejó a los municipios sin presupuesto para obras y, por lo mismo, vemos muy poca inversión pública, lo cual se traduce en freno al crecimiento que nos tiene en cero por ciento, como sabemos, y el gobierno no quiere reconocer, o reconoce a fuerza.
Pues bien, el presupuesto actual es muy similar al de 2019, con la diferencia de que ahora, además de un optimismo desenfrenado en los ingresos que no se alcanzarán, se les otorga más recursos a los programas de transferencias monetarias directas, es decir, para dar dinero en efectivo a la gente; pero no con el criterio de combatir en serio el problema de la pobreza. Es así que más de 60 por ciento del gasto programable se va a los programas de AMLO.
Y si no se pretende combatir la pobreza, entonces, por eliminación, se busca comprar votos para la elección del 2021. Por ejemplo, buena parte de los jóvenes que hoy están en preparatoria, podrán votar en 2021; por ello aumentaron el presupuesto de 17 mil millones (mm) de pesos a 28 mm para que ahora sí les alcance a todos los jóvenes; lo mismo para el programa de pensión para adultos mayores, entre otros.
Si los programas de AMLO están destinados a promover el consumo y por esa vía estimular la famosa demanda agregada de Keynes, ello tiene como premisa, para detonar la economía, una respuesta adecuada de la oferta; pero podemos prever que eso no sucederá, es decir los productores no van a responder ante el “estimulo” de la demanda agregada. Efectivamente, a quienes destinarán miles de millones de pesos es a las clases pobres, las que concentran 70 por ciento de sus ingresos en alimentos, bebidas, tabaco y telecomunicaciones. Así que, una vez que la gente tenga más dinero, buscará activar la economía en estos sectores; sin embargo, la capacidad de empresas que abastecen los alimentos básicos tienen la habilidad para atender la demanda aumentada por los programas; y en el caso de los alimentos, el incremento de la demanda no incrementarán la producción nacional, pues la agricultura nacional de alta tecnología se destina, principalmente, a la producción para la exportación y no para abastecer el mercado interno, además de que importamos 42 por ciento de los alimentos, y la única estructura que podría trabajar para abastecer el aumento de la demanda serían las tierras minifundistas cuya vocación de temporal y su escasa tecnología no abastecerán ese mercado; en consecuencia habrá gente con dinero pero no habrá, en la misma proporción, mercancías para adquirir y, por lo mismo, se incrementarán los precios; de tal suerte que no se activará la economía. Tendremos que importar más productos a precios más elevados y se observará una pérdida en la capacidad de adquirir los productos alimenticios con el dinero dado a la gente “sin intermediarios”, también provendrá del salario de la gente. En otras palabras, “nos saldrá más caro el caldo que las albóndigas”, pues no habrá inversión pública, la gente tendrá dinero; pero lo que pretenda adquirir, le saldrá más caro y, finalmente, se reducirá su consumo y quedará lo mismo de pobre que antes. Así que no es cierto eso de que: “por el bien de México, primero los pobres. Ese es el futuro del PEF 2020. De tal suerte que la verdadera intensión del presupuesto es ganarse votos para la elección del 2020. ¿Tiene miedo la 4aT de perder la siguiente elección?
La ANPEC reveló que una familia de 10 integrantes debe gastar en promedio 716 pesos para adquirir 20 tamales grandes o 40 pequeños, además de tres litros de champurrado y dos refrescos de 2.25 litros.
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El Indicador Oportuno del Consumo Privado anotó su cuarta baja consecutiva, la más grave desde 2021.
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La Profeco puso en marcha el operativo “Programa de Verificación y Vigilancia” por el 14 de febrero, llamando a los consumidores a denunciar aumentos de precios en alimentos y productos, debido que no están autorizados.
La recaudación de enero se quedó corta, ya que sólo alcanzó 475 mil 66 millones de pesos de los 478 mil 245 millones estimados, según el SAT.
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Además, el paquete incluye como tal el Presupuesto de Egresos de la Federación, apartado en el que el Gobierno de México establece la distribución del gasto público en áreas clave como infraestructura, programas sociales y los costos operativos del gobierno.
La calificadora destaca la urgencia de una estrategia de recuperación para Pemex y señala posibles implicaciones económicas de las elecciones futuras en México.
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Escrito por Brasil Acosta Peña
Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.