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Desde sus orígenes hasta la creación de las grandes ciudades, el Homo sapiens ha evolucionado física y socialmente en estrecho vínculo con los cambios climáticos y ecológicos. Sin pretender caer en el reduccionismo climatológico para explicar la historia humana, que es producto de la multicausalidad, citaré algunas interpretaciones de paleoantropólogos y paleoclimatólogos sobre casos que ejemplifican la importancia del factor clima en nuestra historia.
Hace más de cuatro millones de años, cuando se detecta la evolución de los homínidos, la temperatura de África comenzó a calentarse y los bosques a desecarse. Entonces nuestros ancestros, que compartían afinidades con el chimpancé y solían alimentarse con frutos blandos y jugosos, se vieron en la necesidad de recurrir a otros alimentos de respaldo, como frutos duros y raíces más difíciles de roer. Luego aparecieron los Australopitecus, que ya eran en gran medida bípedos, lo que les permitía marchar más lejos en busca de alimentos. Al secarse más la sabana, comenzaron a ser carroñeros, a extraer el tuétano de los animales que perseguían en entornos vegetales cada vez más abiertos y distantes. Dichos cambios en la dieta trajeron consigo modificaciones en su dentadura, aparato digestivo, comportamiento y habilidades cognitivas que dieron origen al género Homo, al que pertenece nuestra especie.
La civilización egipcia, enormemente favorecida por el río Nilo y un clima seco, brinda otro ejemplo de la asociación humana con un ecosistema. Había abundante agua, fértiles sedimentos y, con ello, una producción de cereales exitosa; era relativamente sencillo almacenar los granos, ya que el clima no era húmedo y los granos se mantenían sin hongos. De modo que había disponibilidad de alimento en periodos de ausencia de lluvias. Estas circunstancias abonaron en gran medida el esplendor de la civilización egipcia y la relativa estabilidad de la paz social, que había sido resultado de la producción suficiente de alimentos para la población. Hay quienes afirman que estas características influyeron en el intenso deseo e interés del Imperio Romano por conquistar Egipto.
La extravagancia romana fue permitida a su vez por las características climáticas de la región donde emergió. Roma contaba con un clima estable y durante 300 años las condiciones atmosféricas fueron idóneas. La temperatura media era 2° C más alta que los siglos anteriores. Los glaciares de los Alpes, que habían impedido a los romanos extenderse hacia el norte, se derritieron y permitieron el avance de sus tropas a Germania y Britania. Los romanos aprovecharon la suavidad del clima para extender su imperio. Sin embargo, los bosques de Germania resultaron un desafío para ellos, porque no estaban acostumbrados a las fuertes lluvias de las latitudes septentrionales ni al barro que generan las frecuentes lluvias. Sus ejércitos, acostumbrados a sitios abiertos, no podían marchar como solían ni luchar organizados con sus pesadas armaduras bajo los bosques lluviosos, lo que brindó ventajas a las tribus germánicas adaptadas a la lucha cuerpo a cuerpo en tales condiciones. La batalla del Bosque de Teutoburgo del año IX fue la peor derrota de los romanos, que ya no intentaron conquistar el territorio germánico al este del Rin. En la época del nacimiento de Cristo, la radiación solar, la temperatura y las lluvias disminuyeron; se perdieron las cosechas romanas en el norte de África. El cambio climático les pegó en su punto más vulnerable, pues el alimento era crucial para que los pueblos se rebelaran. El Imperio estaba ya debilitado por la corrupción y las discordias políticas.
Otro caso es el de la región de América cercana al ecuador, donde las condiciones ecológicas eran casi perfectas; ahí surgieron civilizaciones prósperas como la maya y la nazca, que gozaban de fecundas cosechas. Alrededor del año 800 d.C., las lluvias monzónicas cesaron, dando pie a prolongadas sequías. La consecuente disminución de la producción agrícola, la explosión demográfica y las guerras por la escasez de recursos son señaladas como las causantes del declive del pueblo maya. La actividad solar, que siempre está fluctuando, fue la causa y ahora se sabe que su irradiación fue particularmente intensa del Siglo VIII al X y que la Tierra se calentó. Entonces inició un deshielo en el Atlántico norte que abrió camino a los invasores provenientes del mar. Los vikingos llegaron a Inglaterra, Islandia, Groenlandia y América. El clima suave les permitió viajar hacia el oeste.
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Escrito por Citlali Aguirre Salcedo
Maestra en Ciencias Biológicas por la UNAM. Doctora en Ecología por la Universidad de Umeå, Suecia.