Dos realidades coexisten en México, aparentemente desconectadas: una marcada por la creciente violencia perpetrada tanto por el Estado como por el crimen organizado, y la otra caracterizada por el dinamismo económico.
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El mercado es por definición un espacio geográfico donde se compran y venden mercancías. Esto significa que a él acuden tanto compradores como vendedores. Los defensores del sistema de mercado dirán que, bajo sus leyes y su “mano invisible”, la humanidad transita hacia la prosperidad. Pero la definición va más allá y tiene terribles implicaciones en la vida del hombre. ¿Cuántas vidas no se han perdido en nombre de la libertad de comercio? ¿Cuántos hombres no han sido esclavizados y vendidos como bestias? Y es que, efectivamente, en el sistema capitalista, todo se compra y todo puede ser susceptible de venderse; pues basta que haya compradores. La moral y la dignidad humana pasan a segundo término cuando se pone en la balanza al hombre y se le tasa. Por ello, no debe sorprendernos la degradación alcanzada en estos días. La sociedad se ha construido con base en el fiero paradigma de que el valor de las personas es determinado por la cantidad de capital de que disponen y su poder de compra.
Porque el mercado va más allá del bien y del mal; y opera como un mecanismo con el que unos cuantos privilegiados concretan sus ganancias. El mercado no cuestiona, no denuncia, no fustiga a nadie. Ahí llegan todas las mercancías, son etiquetadas como licitas o ilícitas y deben venderse porque de esta forma el capitalista concreta sus utilidades. También es necesario destacar, para evitar extravíos teóricos e ideológicos que, en el capitalismo, las mercancías encierran el trabajo no pagado, es decir la explotación de la clase trabajadora al margen de que sean licitas o “ilícitas”. El funcionamiento del mercado es el mismo, la procedencia de las mercancías y su contenido humano “es lo de menos”. Para el burgués, el mercado justifica la apropiación legal de su riqueza; y, para los malosos, entre ellos los narcotraficantes, es la misma apropiación, aunque ésta sea ilegal. Por tanto, cuando los productos legales o ilegales son proclives a generar más ganancias fáciles y mayores, cada uno de los participantes busca derrotar a sus competidores; por ello la violencia aumenta de forma desorbitante en las guerras de conquista por mercados entre las grandes trasnacionales y los cárteles de la droga. Por ello no es de extrañar que sea tan tenue la línea entre lo legal y lo ilegal en el mercado; y que en el mercado capitalista, poco o nada interese el ser humano.
Solamente los incautos se dejan seducir por las promesas de “bienestar humano” del gobierno de la “Cuarta Transformación” (4T). Nada es cierto. El actual gobierno, al igual que los anteriores, deja que el mercado sea el que regule la vida de los individuos y que aliente la disputa de éste entre los diferentes grupos oligárquicos que dominan la economía mexicana. Por ello vemos cómo crece la lucha de los grandes capitalistas y narcotraficantes por ganar territorios y giros productivos y no productivos, que lo mismo van de la explotación del aguacate en Michoacán o la distribución de pollos en Guerrero a la trata de blancas o la extorsión a empresarios grandes, medianos y pequeños. La tenue línea entre empresarios, criminales y gobierno se ha desvanecido; y el narcoterror ahora priva a lo largo y ancho del país, mientras la injusticia y la desigualdad social llega a niveles nunca antes vistos y la descomposición se acelera con un gobierno que se denominó “la esperanza de México”.
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Escrito por Capitán Nemo
COLUMNISTA