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A casi dos años de transformación cuaternaria, no solo es posible sino también oportuno precisar el rasgo distintivo del obradorismo, o la “ley interna” que lo determina de “cabo a rabo”, más allá de sus frecuentes salidas de tono, incontinencias u ocurrencias.
De entrada, cabe advertir que el obradorismo presenta aspectos contradictorios entre sí, circunstancia que impide definir un criterio determinante y al propio tiempo explica la divergencia de opiniones. Por ello, algunos han creído ver en el asistencialismo su rasgo característico, mientras que otros han destacado su populismo, no importa si positiva o peyorativamente; otros más, en cambio, han llamado la atención sobre las repetidas acciones de misticismo religioso y mesianismo del actual Presidente de la República; sin olvidar a quienes han señalado la relevancia de su discurso anticorrupción, fundado en una lectura moralista de la historia nacional.
Sin lugar a dudas el asistencialismo, el populismo, el mesianismo y el discurso moralizante anticorrupción conforman los aspectos preponderantes del obradorismo, pero ya se tomen por separado o en conjunto no expresan su raíz o su ley intrínseca. Entretanto, unos pocos han destacado la importancia de su concepción de las masas, característica muy soslayada que, no obstante, determina su organización general y explica sus manifestaciones más evidentes; esto es, que lo definen de cuerpo completo. De esta manera, el obradorismo aparece como una ideología definida por cierta concepción de las masas populares, del “pueblo” y su papel en la historia.
Sin embargo, el obradorismo no contiene un gramo de originalidad en su concepción de las masas, sino que aparece como un subproducto ideológico que expresa la misma perspectiva que 1) las filosofías europeas antimasas y aristocratizantes y 2) la estrategia de masas de la revolución hecha gobierno en México. Como las filosofías europeas antimasas, el obradorismo no comprende un rechazo de las masas desorganizadas, del pueblo en abstracto, sino de las masas organizadas; como la estrategia de masas de la revolución institucionalizada, el obradorismo responde a la necesidad de escamotear la organización independiente de las masas a través de una ideología expectante que las mantenga al margen de la historia y supeditadas al criterio del propio obradorismo.
De este modo, la ideología obradorista descubre las líneas distintivas del morenismo como ideología de la “Cuarta Transformación” (4T). Cierto que más de uno ha subrayado el supuesto error de identificar al obradorismo con el Movimiento Regeneración Nacional (Morena). Pero aparte de que el morenismo no incluye más ideología que el obradorismo (hasta ahora no hay, por decir algo, un noroñismo –por fortuna para todos, empezando por el propio Noroña– o un monrealismo, sino que Noroña, Monreal o cualquier otro aceptan el canon obradorista), cabe señalar que casi todos los protagonistas de la 4T comulgan con el credo ideológico del obradorismo. Por ello, comparte uno las características del otro, con la única diferencia de que, de vez en vez, uno que otro morenista resulta más obradorista que el propio Obrador.
En resumen: el morenismo presenta el mismo perfil ideológico que el obradorismo y aparece como un subproducto ideológico determinado por una concepción pasiva e inmovilista de las masas, concepción que explica, a su vez, su actitud mesiánica. La misma perspectiva determina su mística religiosa y su propensión por la milagrería social, al tiempo que esclarece su preferencia por el asistencialismo como política social por antonomasia. El populismo morenista también encuentra una explicación de fondo en la concepción obradorista de un pueblo inerte, receptor natural de la caridad social del Estado, rasgo que explica la relación obradorista-morenista con el pueblo, relación superficial, epidérmica, marcada por escenificaciones que muestran, por ejemplo, al Presidente compartiendo banqueta con un campesino, en una cercanía aparente, en una “comunión” puramente espacial que oculta la distancia real, social, entre ambos. Por ello, los “baños de pueblo” resultan tan indispensables para el morenismo como los baños de sol para un enfermo. De igual forma, el combate a la corrupción revela el proyecto de implementar una “revolución cupular”, “desde arriba”, evitando a toda costa la participación de las masas organizadas.
Así, obradorismo y morenismo representan una sola ideología, subproducto ideológico que, en el contexto actual, cumple la histórica función de diferir la organización independiente del pueblo de México, evitando su unión y educación política; ideología de la eterna expectación basada en una concepción antimasas que les asigna un papel pasivo, relegándolas a un segundo plano; concepción que, por otro lado, determina las características asistencialistas, religiosas, moralizadoras y populistas del régimen de la 4T.
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Escrito por Miguel Alejandro Pérez
Maestro en Historia por la UNAM.