Es imposible abordar el tema de la realización de un nuevo campeonato mundial de futbol sin referirse a la rápida evolución de los gravísimos acontecimientos en torno a Venezuela.
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En el prólogo a las ediciones francesa y alemana de su importantísima obra escrita en 1916, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Vladimir Lenin dijo que “los ferrocarriles constituyen el balance de las principales ramas de la industria capitalista, de la industria del carbón y del hierro; el balance y el índice más notable del desarrollo del comercio mundial y de la civilización democráticoburguesa” y añadió que “la distribución de la red ferroviaria, la desigualdad de esa distribución y de su desarrollo, constituyen una síntesis del capitalismo moderno, monopolista, en la escala mundial”.
Me queda claro que hay lectores que consideran a las obras de Lenin como algo obsoleto que no corresponde a la realidad actual. No los condeno ni los refuto. Sólamente los invito a leerlas con atención, a hacerse una idea propia de ellas sin dejarse embaucar por la ideología dominante, que es la ideología de la clase dominante y que, no obstante sus graves crisis, sigue siendo muy poderosa e influyente. Visto, pues, con ojo desprejuiciado y crítico, es absolutamente cierto que la construcción y generalización de los ferrocarriles coincidió en el mundo con el crecimiento y desarrollo de las empresas capitalistas urgidas de transportar cada vez mayores volúmenes de recursos naturales y mercancías producidas.
No es el caso del Tren Maya. Aunque no están completamente ausentes los grandes negocios en esa región del país, nadie se atrevería a sostener que se trata de un importante corredor industrial en el que se mueven, en el interior o al extranjero, grandes volúmenes de materias primas o productos terminados. Ello explica sobradamente que el proyecto –en el caso de que hubiere existido un proyecto serio– haya sido concebido como un transporte de pasajeros y sólo hasta últimamente, ya inaugurado varias veces, alguien, muy tímidamente, se haya atrevido a proponer que se habiliten las vías para soportar una carga mayor.
Puesto que tampoco hay un gran movimiento de viajeros que vayan y vengan a importantes centros de trabajo, se pensó que sirviera para los turistas que visitan la zona de la Riviera Maya, pero esos turistas, en lo fundamental, no visitan el país para conocer la impresionante cultura de nuestros antepasados, buscan el Sol, la playa y la diversión nocturna. Cualquier estudio mínimamente pensado lo hubiera demostrado. El pasado 22 de mayo, el diario El Financiero publicó lo siguiente: “El Tren Maya, autonombrado como el megaproyecto turístico desarrollado por Andrés Manuel López Obrador en el sureste del país y continuado por Claudia Sheinbaum, no ha sido un atractivo para los turistas internacionales que llegan al país pues sólo seis de cada 100 pasajeros que han usado el ferrocarril desde su inicio han sido extranjeros”.
El servicio del Tren Maya no compite ventajosamente con el servicio de autobuses y camionetas que transportan a los turistas extranjeros o nacionales que se internan en la zona Maya, menos aún con el servicio que necesitan y demandan los trabajadores de la región. El director General del Tren Maya, el general Oscar David Lozano Águila, informó que, desde su inauguración y hasta el 15 de julio pasado, el Tren Maya había realizado siete mil 290 viajes, en los que había transportado a un millón 359 mil 317 pasajeros, lo cual arroja un promedio de 186 personas por viaje (que muy difícilmente cubren el recorrido completo).
En 2024, los ingresos por venta de bienes y prestación de servicios del Tren Maya ascendieron a 297 millones de pesos, lo cual es sólo una pequeñísima parte de los gastos de funcionamiento que consumieron más de cuatro mil 415 millones de pesos, es decir, se gastó 15 veces más de lo que se generó. En consecuencia, sólo para que siga existiendo el proyecto de AMLO, los mexicanos tuvieron que aportar de sus impuestos un subsidio (sólo en 2024), de 15 mil 192 millones de pesos que, sobra aclararlo, no se gastan en su salud, ni en la educación de sus hijos ni en obras y servicios básicos. Esto se llama, en cualquier parte del mundo, estorbar el progreso.
Pero también así se llama lo que sucede en la colonia La Antorcha del municipio de Bacalar, en el estado de Quintana Roo, precisamente allá por los rumbos del afamado Tren Maya. La colonia en cuestión está ubicada en la ciudad de Bacalar, que es la cabecera municipal y se encuentra a sólo 40 minutos de Chetumal, la capital del estado, se fundó y existe legalmente como consecuencia de una venta que realizó el núcleo agrario del mismo nombre. No está lejos del centro de la ciudad, en automóvil se hacen entre cinco y siete minutos, es vecina de la colonia Colosio y está a menos de un kilómetro del Instituto Politécnico de Bacalar. Me detengo en estos detalles para evitar que el amable lector crea que La Antorcha está muy lejos del centro de población, en medio de la nada o en la espesura de la selva.
Viven ahí poco más de 200 familias, muchas de ellas con hijos pequeños; en los meses calurosos soportan la temperatura máxima promedio de 31 grados Celsius, suficientes para requerir, si no de un moderno y costoso aire acondicionado, sí de un modesto ventilador, sobre todo para los niños pequeños. Los padres y las madres de familia trabajan en los sectores turístico y de la construcción y se las arreglan como pueden para dejar a sus hijos bajo un mínimo cuidado. No hay ningún tipo de servicio médico, no hay Jardín de niños ni escuela primaria y menos secundaria y, para llevar a los hijos a alguna escuela, hay que caminar o viajar en motocicleta hasta la colonia vecina. Luego de siete años de existencia, en la colonia La Antorcha no existe el servicio de energía eléctrica ni se sabe cómo ni cuándo será introducido este elemental servicio.
Aquí aparece lo más importante de la cuestión, ¿lo sabrá la Presidenta de la República Claudia Sheinbaum? ¿Lo sabrá María Hermelinda Lezama Espinoza, la gobernadora morenista conocida como Mara Lezama? Me atrevo a preguntarlo porque todos los funcionarios con los que los colonos y sus dirigentes han tratado el tema y tienen posibilidades de resolver el problema, le echan la culpa al Tren Maya. Así como lo oye (o lee).
Hace ya varios años que la infortunada colonia estaba incluida en el llamado Plan de Desarrollo Urbano (PDU), ese temible ucase o disposición autoritaria e inflexible que se impone a todos los que no tienen dinero o influencias políticas pero que, cuando se trata de distinguidos inversionistas o políticos en activo, sorprendentemente se mueve como gigantesca amiba acomodándose a sus intereses. El caso de La Antorcha de Bacalar, no ha sido así. La superficie que ocupa ya estaba incluida en el mentado PDU pero, de repente, según se argumenta, como consecuencia del paso cercano del Tren Maya, ya no apareció incluida en ese PDU y, si no estás incluido, no existes ni tienes derechos como mexicano.
En el municipio dicen que no pueden reformar el PDU porque lo impiden las autoridades del Tren Maya, cuyas vías –que llegaron después que los colonos a instalarse en ese lugar– están a menos de 50 metros de la primer manzana de la colonia y la flamante estación de Bacalar a escasos 400 metros de distancia. La Comisión Federal de Electricidad argumenta que la colonia no está incluida en el PDU y no puede actuar y la SEDETUS del gobierno del estado, se ha limitado a impugnar la posición del cabildo. La afrenta se vuelve más indignante si se sabe que las líneas de conducción de la energía eléctrica de la zona, que incluyen un poste con transformador, pasan solamente a 80 metros de distancia de la colonia La Antorcha.
Si no se trata de discriminación –que en nuestro país se dice que está prohibida– ni de represión –que también se declara que no se practica– ¿sería posible que la señora Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, o la señora gobernadora, Mara Lezama o las dos, sumando fuerzas e influencia, intervinieran para que unos quintanarroenses que contribuyen con su trabajo diario al desarrollo de su estado y al del país entero, tengan energía eléctrica en sus calles y en sus hogares? ¿O es cierto que el Tren Maya se le atraviesa al progreso?
Es imposible abordar el tema de la realización de un nuevo campeonato mundial de futbol sin referirse a la rápida evolución de los gravísimos acontecimientos en torno a Venezuela.
La realidad puede engañarnos a la vista, jugarnos una broma y hacernos creer que progresamos; sin embargo, los hechos se imponen –suave, lenta, pero efectivamente– a nuestras ideas, ilusiones o percepciones.
Como siempre ocurre en el capitalismo, cuando hay un proceso de modernización o gentrificación, el daño colateral suele recaer en los más empobrecidos y en quienes carecen de poder.
La deuda pública ha aumentado en los gobiernos de la “Cuarta Transformación” (4T); ciertamente, una tendencia que ya venía abriéndose paso.
No se equivocan mucho quienes en ese movimiento político calculan que el atractivo de todas las ayudas para el bienestar no les alcanza para llegar al peso electoral que tuvieron en las pasadas elecciones.
El cerebro humano no distingue con facilidad entre la realidad física y la virtual o sugerida.
Carlos Marx otorga un lugar central al trabajo en su concepción de ser humano.
Para la construcción del Tren Maya no se hicieron los estudios suficientes que permitieran conocer las afectaciones que traería.
Después de pretender justificar la captura acusando al presidente Nicolás Maduro de dirigir una supuesta organización de narcotraficantes, el “Cártel de los Soles”, Estados Unidos ha reconocido implícitamente que el dichoso cártel no existe.
El lunes 12 de enero se terminaron las vacaciones, los niños y jóvenes volvieron a la escuela. No obstante, el peligro se cierne sobre ellos.
En una búsqueda por las redes sociales encontré este comentario como contexto sobre el municipio de Tecomatlán.
En alguna parte Marx escribió –citando a Hegel– que la historia se repite como si dijéramos dos veces.
Venezuela tiene las mayores reservas probadas del mundo (20 por ciento), seis veces más que Estados Unidos (EE. UU.), que ocupa el décimo sitio, y que es, en contraste, el primer consumidor; y su futuro no es muy halagüeño.
Las recientes acciones intervencionistas del imperialismo estadounidense en Venezuela, que llevaron al secuestro del presidente Nicolás Maduro, han sido interpretadas según el interés político y socioeconómico de quienes las analizan.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".