Todo parece indicar que el bloque en el poder ya decidió que la reforma para imponer una jornada legal de trabajo de cuarenta horas a la semana va a ser aprobada por el Congreso antes del 15 de diciembre.
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Este México nuestro se ha hecho, por sus condiciones, tan irreal, tan innecesario, que así como está ya no tiene ninguna utilidad para el pueblo pobre: sólo nos ofrece más pobreza (“No hubo reducción de la pobreza, lo que hubo fue mano negra, cocinaron los datos, es un cuento de hadas”, dijo Julio Boltvinik en agosto pasado), nos ofrece inseguridad: los asesinatos de Carlos Manzo, edil de Uruapan y los del exalcalde de Chinameca y la regidora de Oaxaca son sólo una mínima expresión de la más horrible zozobra diaria que destruye nuestras vidas y la aspiración de mejorar. Este México no es el que queremos, sólo nos ofrece la desesperanza y el desamparo, como los huracanes que hace unas semanas causaron tanto dolor y desgracia… otra vez. Prácticamente cualquier indicador social que consultemos se queda corto respecto a esta realidad en crisis: los datos que nos ofrecen los organismos públicos son la desgracia misma, coloreada toscamente por sinvergüenzas en su intento inútil por disfrazar el fracaso. Y las raquíticas soluciones que nos dan nacen muertas. Los únicos caminos posibles que tenemos por delante consisten o en la desaparición de esta opresiva forma de vida y su sustitución por otra, justa y feliz, o de plano nuestra desaparición como nación civilizada. Francamente, no tenemos otra opción racional. Lo único racional, que proporcione viabilidad a nuestras vidas como mexicanos, es la desaparición del sistema actual, lo único racional de la 4T es su extinción. Es la más imperiosa necesidad social.
Parafraseando a Engels, la realidad del régimen morenista no es un atributo inherente a nuestra situación social y política que tengamos que consentir por siempre y para siempre, porque es un régimen despojado de toda necesidad de existencia, ya no es válido nunca más. Lo fue efímeramente y por eso surgió, pero sólo para darnos cuenta de inmediato de que no es nuestro camino, de que debemos construir velozmente otra realidad que barra con la actual: “…en el curso del desarrollo, todo lo que un día fue real se torna irreal, pierde su necesidad, su razón de ser, su carácter racional, y el puesto de lo real que agoniza es ocupado por una realidad nueva y vital”, dijo el güero de Barmen, cuyo natalicio estamos por celebrar.
La justificación de la 4T no radica en la eliminación de la pobreza, sino en el incremento irracional de la riqueza; esta locura nunca fue un error, es la consecuencia obligada de su esencia: el morenismo lleva en sí de antemano el germen de lo irracional, la demencia de su existencia lo condena: merece desaparecer, como todo lo que existe en el constante devenir.
Sí es inherente a la 4T, en cambio, la corrupción: las irregularidades en la asignación de contratos en grandes obras de infraestructura como el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas; el uso de empresas fantasma para desviar fondos públicos, como en el caso Segalmex y el financiamiento ilegal de campañas electorales, como se denunció durante la selección de la candidatura presidencial de 2024; los sobres con dinero en efectivo para operar los programas de Morena que recibió el hermano del expresidente; el huachicol fiscal, que representa un costo anual de 200 mil millones de pesos para el país, e involucra a exfuncionarios cercanos a la administración de Andrés Manuel López Obrador; los moches de Delfina Gómez en Texcoco, la barredora de Tabasco, los pleitos vergonzosos y las deslealtades indecibles dentro de las filas de los partidos que constituyen la 4T y un interminable listado de casos de descomposición en todos los niveles de gobierno… todo ello tampoco son errores: es la forma de existencia natural de la 4T, no tiene otra. Las incongruencias y contradicciones de su discurso tampoco son errores, son la forma de su fondo.
Es falso que la 4T sea eterna, no es definitiva, como no lo son los resultados del pensamiento y de la acción del hombre. Surgida en medio de la crisis terminal del capitalismo, su contenido la ha destinado a tener un carácter totalmente efímero. Las deserciones constantes que ha sufrido por algunas renombradas mentes desvariadas y luego arrepentidas, las más de ellas oportunistamente, son muestra de que su fuerza razonable nació tullida. Morena es sinónimo diario de vergonzosas acusaciones entre sus propios miembros de autoritarismo y centralización excesiva del poder; de falta de espacios para el diálogo y la disidencia, es decir, de antidemocracia; de acusaciones de que Morena ha traicionado sus principios de “primero los pobres” y lucha contra la corrupción; de corrupciones, transas, moches, deslealtades, crímenes, venalidad, agandalles, abusos; y de que se ha llenado de personas de otros partidos sin una convicción real en el proyecto, buscando sólo posiciones de poder… y un bochornoso etcétera. El estilo de vida interna está lleno de confrontación, traiciones y polarización, al que hay que sumar el tono beligerante de la comunicación oficial (especialmente las mañaneras) hacia críticos, prensa e instituciones.
Es un ensayo inviable para el pensamiento avanzado. La 4T no puede transformarse positivamente porque es expresión de la decadencia del pensamiento burgués. Está descartada ab ovo como alternativa para el desarrollo del pensamiento crítico de la humanidad, no representa ninguna novedad ni para la ciencia política ni para el humanismo revolucionario y sí es, en cambio, una mala reedición del oportunismo más recalcitrante. Es una prueba de que la burguesía mexicana a lo más que puede aspirar es a enlodarse más en su propia decadencia, en la variante mexicana de la socialdemocracia que condujo a la Alemania de inicios del Siglo XX a entregarse inerme a las hordas fascistas.
En efecto, como variante mexicana del oportunismo internacional, la 4T sólo puede aspirar a representar los intereses de los poderosos capitalistas y a arrastrar consigo hacia ese objetivo a todo mexicano que se deje engañar, que no esté consciente de la fealdad detrás del maquillaje demagógico. Esta fealdad sólo puede ser consecuente consigo misma en la cruz gamada, maldición eterna –ésa sí– y destino histórico obligado del oportunismo político. Triste manera de confirmar que la 4T sigue el mismo camino de la mezquindad humana y gran forma de comprobar que la grandeza humana nada tiene que ver con la ruindad guinda.
La tendencia cada vez más marcada hacia el destino histórico obligado del oportunismo político hace a la 4T más dictatorial, lleva en sus entrañas el odio hacia toda oposición y más si es de clase: su objetivo es acabar con toda resistencia, aplastarla, porque ya no puede convencer, ni a la razón de los hombres avanzados de pensamiento, ni a la razón de la realidad cambiante. Y para lograrlo necesita controlar todo el aparato de gobierno, empezando por someter a sus propios integrantes para garantizar la elaboración de leyes a su modo y garantizar las decisiones ad hoc de los jueces: ello mete a la 4T en la dinámica de su propia autodestrucción. Así, al negarse a sí misma como opción política racional sólo puede optar por la política de la irracionalidad: la represión, curso final a que nos conducen la Revolución Mexicana y su triunfante burguesía.
La comprensión de la más imperiosa necesidad social es requisito indispensable para liberarnos de esta opresión: es la única racionalidad posible. Nuestra libertad radica en el conocimiento preciso de esta necesidad y la conducta consecuente con él. Ello impone a las clases trabajadoras mexicanas estudiar mucho, reflexionar mucho y hacer, crear, construir lo necesario, organizar lo nuevo y vital, la nueva sociedad, desde ya, fraternalmente, y luchar mucho. Son los hechos que requieren nuestra urgente liberación.
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Escrito por Luis Miguel López Alanís
Periodista y escritor. Autor del libro “Ecos de los organizadores”.