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En 2018 Andrés Manuel López Obrador declaró abolido el neoliberalismo y el segundo piso de la “Cuarta Transformación” se mantiene en la misma sintonía. Claudia Sheinbaum afirma repetidamente que en México hay un nuevo modelo económico. A veces lo llama “Humanismo Mexicano”; Altagracia Gómez (empresaria asesora de Sheinbaum) y José Antonio Fernández (presidente de FEMSA) prefieren llamarlo “Capitalismo Consciente”.
Según el relato presidencial, atrás quedó la oscura noche neoliberal y estamos ante una nueva etapa de la historia nacional, políticamente marcada por la dominación hegemónica de Morena y económicamente caracterizada por la aplicación de un nuevo modelo. Para Sheinbaum, este modelo económico se caracteriza por: programas del bienestar, aumento del salario, facilidades para la inversión, disminución de la pobreza y la desigualdad, prosperidad compartida y el retorno del Estado como agente rector del desarrollo económico. “Antes decían, si se apoya a los de arriba, algún día va a llegar a los de abajo. Y ahora decimos, hay que apoyar a los de abajo para que a todos les vaya mejor. Se dice, por el bien de todos, primero los pobres”, declaró el 17 de noviembre en Tabasco.
Los gobiernos de Morena son gobiernos capitalistas, pero la forma en que gestionan el capitalismo es diferente en varios sentidos del modo en que lo hicieron los gobiernos mexicanos desde Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto. Han modificado rasgos importantes del neoliberalismo mexicano (injerencia del Estado en la economía, privatización de empresas, salarios deprimidos), pero mantienen otros que son estructurales, como la libre movilidad de capitales, de mercancías y de servicios, y el T-MEC.
En México, la imposición del neoliberalismo se consagró con la firma del TLCAN. Con este tratado, México se integraría económicamente con Estados Unidos (EE. UU.) y Canadá, recibiría inversiones que produjeran en el país para exportar a Norteamérica, lo cual incrementaría las capacidades industriales locales, generaría empleos y promovería el crecimiento económico. La receta para que ese milagro ocurriera era sencilla: garantizar el libre movimiento de capitales, mercancías y servicios. En los hechos, apareció la industria maquiladora de la frontera norte, algunos corredores industriales en espacios focalizados, como el Bajío, y en algunas otras áreas, pero también limitadas, plantas de industrias como la automotriz. La producción nacional se orientó hacia la exportación estadounidense y se debilitó el mercado interno. Al mismo tiempo, la informalidad, el ambulantaje y los empleos precarios se generalizaron. Por otro lado, la privatización de empresas estatales favoreció la concentración de la riqueza en manos de los grandes multimillonarios que entraron en escena: Carlos Slim, Salinas Pliego, Emilio Azcárraga, y demás potentados.
Históricamente, el T-MEC es un rasgo estructural del neolibealismo. No puede pensarse el neoliberalismo mexicano sin el T-MEC. ¿Puede pensarse un T-MEC sin neoliberalismo? Ésa parece ser la apuesta de López Obrador y Sheinbaum en su modelo económico. La cuestión central es si es posible obtener resultados diferentes manteniendo intacta la columna vertebral del T-MEC. Otra cuestión a considerar es si el T-MEC es tan estable como en Palacio Nacional lo desean. Trump ha amenazado varias veces ese mecanismo de integración económica y, de continuar en la Casa Blanca un proyecto político similar al suyo, es muy probable que la espada de Damocles siga pendiendo sobre el T-MEC en el futuro inmediato. Morena se aferra más al T-MEC de lo que lo hace la Casa Blanca, pues mientras a EE. UU. ese mecanismo puede serle más o menos últil según cambie la coyuntura, para el modelo económico de México es una cuestión existencial. Una de las consecuencias del modelo neoliberal fue que México dependiera económicamente de EE. UU., mientras EE. UU. no depende de México. Todo el “nuevo modelo económico” se basa en continuar la dependencia económica nacional respecto a EE. UU.
¿Puede México aplicar un modelo económico que no esté construido sobre la base de la dependencia respecto a EE. UU.? De ser así, ¿qué tipo de modelo económico podría ser? Los casos de Rusia y China sirven como modelos económicos alternativos en los cuales México puede inspirarse.
En Rusia, la guerra en Ucrania marcó un parteaguas respecto a toda la forma en la que el gobierno de Putin venía dirigiendo el desarrollo de Rusia. En los años 2000 buscaba una integración económica, política y militar, no subordinada, sino en pie de igualdad, con Occidente; en 2021 declaró: “El modelo de capitalismo existente –que hoy es la base de la estructura social en la inmensa mayoría de los países– se ha agotado. Dentro de su marco, ya no hay forma de salir de una maraña de contradicciones cada vez más enredadas” (https://actualidad.rt.com/actualidad/500641-putin-dirigir-parlamento-ruso-discurso); y en 2024 dijo: “Aquellos que no han hecho nada por la sociedad y se consideran a sí mismos una casta dotada de derechos y privilegios especiales –especialmente quienes se aprovecharon de todo tipo de procesos económicos en la década de 1990 para llenar sus propios bolsillos– definitivamente no son la élite (…) Los trabajadores y los militares (…) son la auténtica élite” (http://en.kremlin.ru/events/president/news/73585). La defensa de la soberanía nacional llevó al gobierno de Putin a romper amarras con la burguesía occidental y comenzó a construir un capitalismo diferente, con un Estado fuerte que nacionalizó varias empresas, disciplinó a la burguesía nacional y puso condiciones claras a la burguesía internacional que quisiera hacer negocios en Rusia. Eso tuvo costos económicos inmediatos, como la pérdida de mercados en Europa, pero en el mundo multipolar de hoy encontró oportunidades más allá de Occidente para seguir impulsando su desarrollo.
En China, la economía socialista de mercado que comenzó con Deng Xiaoping es un modelo caracterizado por un Estado planificador fuerte, con un peso determinante en la economía nacional, con mecanismos de control para el movimiento de capitales; la burguesía funciona activamente, pero sólo en los campos en los que el Estado le permite operar. Sus resultados en términos de crecimiento económico, desarrollo social y tecnológico hablan por sí solos.
Ni el modelo económico de Rusia ni el de China están sometidos a las exigencias económicas de un país externo ni a las de la burguesía nacional. No rechazan el comercio internacional, las inversiones y el financiamiento, pero lo supeditan todo a las necesidades de su desarrollo. En ambos casos el Estado desempeña un papel rector en el rumbo que toma el desarrollo nacional, lo cual sólo es posible por el tamaño de la economía pública. Evidentemente Rusia y China tienen características muy distintas de las de México, pero su experiencia reciente permite explorar posibilidades realizables para nuestro caso.
México necesita un modelo económico en el que el Estado tenga la fuerza suficiente para planear a mediano y largo plazo, para disciplinar a la burguesía nacional, y para decidir dónde puede haber inversión privada y dónde no. Un modelo económico que no dependa del T-MEC para crecer, que tenga más mercados de exportación, que produzca mercancías y servicios demandados en otras latitudes, que diversifique sus importaciones y que no dependa de la inversión estadounidense. Pero ese modelo exige también una revolución educativa y científica interna, para que el país sea capaz de ponerse al día con el desarrollo tecnológico más avanzado del mundo.
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Escrito por Ehécatl Lázaro
Columnista de politica nacional