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Coatlicue: una falsa soberanía digital
Con una inversión de apenas seis mil millones de pesos, se afirma que alcanzará los 314 petaFLOPS, colocándola teóricamente entre las más potentes del mundo.


El anuncio de la supercomputadora Coatlicue, presentada por Claudia Sheinbaum Pardo hace unos días, como el proyecto tecnológico más importante en la historia de México, llegó envuelto en promesas de soberanía digital, modernización y un futuro impulsado por Inteligencia Artificial (IA).

Con una inversión de apenas seis mil millones de pesos, se afirma que alcanzará los 314 petaFLOPS, colocándola teóricamente entre las más potentes del mundo. El entusiasmo inicial se desvanece cuando vemos la falta de transparencia, las inconsistencias y el vacío técnico detrás del proyecto.

A diferencia de una computadora común, una supercomputadora puede ejecutar miles de operaciones por segundo, realizar simultáneamente millones de millones de cálculos. Es como si cientos de miles de computadoras trabajaran al mismo tiempo, conectadas por redes ultrarrápidas y alimentadas por miles de procesadores y tarjetas gráficas: todo enfriado por sistemas de líquidos que mantienen estable la temperatura que, de otro modo, derretiría los componentes.

Entre los usos prácticos se encuentran predecir huracanes, modelar terremotos, estudiar pandemias, diseñar nuevos materiales o analizar el comportamiento del clima mundial. Su potencia se mide en FLOPS, es decir, en la cantidad de operaciones matemáticas complejas que pueden efectuarse por segundo. Las máquinas más avanzadas logran la escala de los petaFLOPS o exaFLOPS, y actualmente sólo se desarrollan en países con alta inversión económica y un nivel científico acumulado por años de experiencia en cómputo avanzado.

Por eso sorprende que Coatlicue prometa el doble de potencia que supercomputadoras como Summit de IBM, que costó más de 200 millones de dólares. Es importante señalar que México no presentó documentos técnicos, especificaciones sobre el hardware o justificaciones de los costos. Hasta ahora no se sabe qué GPUs utilizarán, cómo se logrará la potencia proyectada ni qué infraestructura se construirá para alimentarla, enfriarla y operarla. El gobierno ha difundido cifras sueltas, optimistas y sin sustento técnico, lo que genera suspicacias de que estamos frente a un anuncio apresurado, incompleto y de más utilidad política que científica.

La falta de transparencia se vuelve aún más preocupante al considerar los antecedentes de proyectos emblemáticos administrados por la 4T. Coatlicue parece encajar en este patrón: grandes anuncios, poca claridad y nulo respaldo técnico verificable. El problema no radica en la aspiración científica, sino en la opacidad que la rodea.

Invertir cantidades tan altas en un proyecto tecnológico sin base sólida es, cuando menos, irresponsable. Un país no puede optar por tecnología avanzada cuando no tiene resueltos los cimientos básicos del bienestar.

El contexto internacional tampoco debe ignorarse. Estados Unidos enfrenta restricciones para vender chips avanzados a China, lo que ha afectado a empresas como NVIDIA. Estas compañías ahora buscan nuevos mercados, y México –por compromisos derivados del T-MEC– es un candidato ideal para absorber parte del excedente tecnológico estadounidense.

Las supercomputadoras más potentes del mundo consumen enormes cantidades de energía, normalmente entre 10 y 30 megawatts (mw) de manera continua; de tal forma que 10mw equivale casi al consumo de 10 a 15 mil hogares mexicanos, o incluso al de una ciudad pequeña cuando se llega a 30mw; por ejemplo, Frontier, la más poderosa del planeta, opera alrededor de 21mw. A esto debe sumarse la energía necesaria para el enfriamiento líquido industrial, los centros de datos especializados, la infraestructura de respaldo y las conexiones de alta capacidad que acondicionan un sistema para funcionar sin interrupciones. Si la supercomputadora Coatlicue realmente integrara las supuestas 14 mil 480 GPUs, su consumo podría situarse entre cinco y 15 mw, dependiendo del modelo; pero no puede estimarse debido a que se desconocen las especificaciones.

Incluso si Coatlicue llegara a crearse como se ha anunciado, su impacto real sería limitado si no existe un ecosistema capaz de utilizarla. El nivel académico en México en áreas como computación avanzada, física computacional o IA permanece bajo en comparación con países que operan supercomputadoras de ese nivel. No se debe a la falta de capacidad de los mexicanos, sino a la carencia de políticas públicas.

Existen supercomputadoras que costaron mucho más y ofrecen menor potencia, lo cual sugiere que las estimaciones de Coatlicue están mal calculadas o “infladas” para generar impacto mediático. Y aunque sus beneficios podrían ser enormes, existe el riesgo de que termine infrautilizada o convertida en un monumento al gasto público opaco. México merece innovación real, infraestructura científica y proyectos tecnológicos de primer nivel.

Coatlicue podría ser un gran paso hacia el desarrollo de la IA en México; pero tal como está planteada, parece más un proyecto improvisado y desconectado de las necesidades reales del país. El gobierno debe explicar claramente los detalles técnicos, justificar los costos y demostrar que existe un plan nacional para aprovechar esta inversión. 


Escrito por Alexis Heras

Colaborador


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