“Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener”: Miguel de Cervantes.
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Todo parece indicar que el bloque en el poder ya decidió que la reforma para imponer una jornada legal detrabajo de cuarenta horas a la semana va a ser aprobada por el Congreso antes del 15 de diciembre, según declaraciones de Ricardo Monreal, coordinador de la bancada de Morena en la Cámara de Diputados. Llama la atención que, en su momento, la reducción de la jornada diaria a ocho horas haya cobrado muchas vidas pero que ahora, la nueva disminución, esta vez a cuarenta horas a la semana, se vaya a llevar a cabo mediante un simple acuerdo parlamentario.
Los preparativos de la modificación han consistido en diálogos y negociaciones entre los gobernantes y los supuestos representantes de los trabajadores (autorizados por el propio gobierno mediante rigurosas “tomas de nota”), pero no han contado con la participación de los líderes auténticos de la clase obrera organizada de manera independiente. La intención del cambio en la ley no es, como se ha declarado machaconamente, procurar el descanso y la convivencia familiar, menos aún la superación educativa y cultural de la clase trabajadora, es una maniobra de los representantes de la clase dominante para desalentar una previsible lucha por mejoras salariales.
Las agudas contradicciones del capitalismo terminal, también del capitalismo de México, le han revelado a la oligarquía la conveniencia de apartarse del modelo que preconiza sostener un Estado benefactor. Los presupuestos anuales del gobierno incluyen cada vez menos gastos en la llamada política social, en la atención de la salud, en la educación, en la promoción de la vivienda auténticamente digna y, la que todavía puede hacerse pasar como protección y ayuda, ha quedado reducida fundamentalmente a las entregas individuales de dinero a la población.
Estas “ayudas” pretenden sofocar o reducir al mínimo posible las preocupaciones que puedan desembocar en una lucha de clase reivindicadora que, aunque de inmediato no ponga en riesgo al sistema, sí lo obligue a alejarse, aunque sea un poco, de su actual estilo de apropiación de la riqueza. La entrega personalizada de las “ayudas” no es ninguna casualidad, es una técnica subliminal de manipulación para promover el individualismo y tratar de cancelar o, por lo menos, reducir, la organización y las luchas colectivas de clase que han sido siempre la esencia de los grandes cambios sociales.
Sólo que el reparto de dinero de manera individual tiene limitaciones. También es una erogación del Estado (aunque sea menor que los gastos sociales) y no sólo no se puede otorgar a toda la población, sino que tampoco es posible incrementar indefinidamente, ni siquiera, desgraciada e irremediablemente para las clases poderosas, es posible sostenerla por mucho tiempo y menos cuando acecha la crisis. Y ahora está al acecho. El Producto Interno Bruto (PIB) casi no ha crecido en los últimos seis años y hay previsiones serias de que el año que entra habrá recesión; en el Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF), los gastos superan a los ingresos, situación que ya es intolerable para los organismos financieros mundiales y el gobierno morenista ha tenido que sacrificar severamente el gasto en infraestructura tratando de reducir el déficit; y, tratándose de problemas internos graves, cabe agregar que la escandalosa ausencia de seguridad para la vida diaria y para los negocios ha ahuyentado la inversión privada.
Pero no es todo. La política económica de Estados Unidos (EE. UU.), el intento de su minoría dominante de “Volver a hacer Grande a América” (MAGA) implica, entre otros aspectos, la aplicación de aranceles a importantes exportaciones mexicanas que elevarán sus precios en el vecino del norte y, consecuentemente, reducirán la demanda de ellos; la exigencia de que nuestro país reduzca importaciones de China y compre mercancías más caras a EE. UU.; el retiro de inversiones en México para favorecer la reindustrialización en Norteamérica; la exigencia de abrir Pemex y CFE a la inversión privada y el regreso de miles de compatriotas que han trabajado en EE. UU. y enviado dinero a sus familias y ya no podrán hacerlo.
Todo ello anuncia un empeoramiento de los niveles de vida de los mexicanos en un momento en que, por sus merecimientos y por una campaña de medios devastadora, el prestigio de Morena está en picada. Hay, pues, motivos claros de inquietud en el régimen de la “Cuarta Transformación” por un aumento de la lucha de los mexicanos pobres, tanto por mejores salarios como por servicios públicos y las elecciones de medio sexenio, así como la votación por la revocación de mandato de la Presidenta de la República, ya están cerca. Así de que, como le dijo el Quijote al del Verde Gabán: hombre apercibido, medio combatido. Antes de que empiecen las revisiones salariales bianuales o, peor aún, los emplazamientos no programados en demanda de aumentos salariales que a los patrones y al gobierno les parezcan muy elevados, la élite gobernante adelanta una pieza: su generosidad otorga una reducción de la jornada de trabajo semanal.
Los grandes capitales están ya inmersos en un proceso de maquinización para aumentar la productividad: más bienes y más servicios en menos tiempo. Los grandes capitalistas, pues, tendrán capacidad de enfrentar el cambio y, en caso de que eso no sea posible de inmediato, en un plazo relativamente corto podrán hacer las inversiones indispensables para mantener y hasta ampliar sus volúmenes de producción con las nuevas jornadas semanales reducidas, pues el proyecto de ley incluye cautelosamente una paulatina entrada en vigor de hasta cinco años. Para ellos, que son los que realmente cuentan como fuerza económica y política, no habrá ningún perjuicio que no pueda ser paliado por el Estado mediante manipulaciones arancelarias u otros “estímulos”, los que sí saldrán perjudicados, y no poco, serán los obreros que, con la mayor maquinización y tecnificación de los procesos exacerbada por la nueva ley de las cuarenta horas a la semana, perderán sus empleos o nunca en su vida conseguirán un empleo formal.
Más aún, una buena parte del empleo formal no está en este tipo de empresas, sino en micro y pequeñas que no cuentan con los grandes volúmenes de capital que es necesario invertir para acceder a la más moderna maquinización y tecnología y, por tanto, tienen obstáculos, a veces insalvables, para incorporarse a los formidables procesos de aumento de la productividad. Mantienen, pues, casi inalterable el volumen de la fuerza de trabajo que contratan y, si la reducción de la jornada semanal los imposibilita para realizar los mismos procesos que antes, como seguramente así será, procederán a intensificar el trabajo de los obreros en activo, más rigor, más desgaste y, sin que sea excluyente, procederán a trasladar a los clientes el aumento en sus costos y la población trabajadora acabará pagando de estas dos crueles maneras la magnánima jornada semanal de cuarenta horas.
Todo será en bien de la estabilidad y la tranquilidad sociales que son, en última instancia, las condiciones mínimas que se requieren para garantizar la obtención de la máxima ganancia, tarea indispensable, impostergable e indeclinable del régimen de la “Cuarta Transformación”. Tal es el verdadero propósito de la Ley de la jornada de cuarenta horas a la semana.
¿Qué puede hacer la clase obrera ante hechos casi consumados? Me permito decir que no deberá renunciar a la lucha por mejores salarios reales (no sólo por el aumento al salario mínimo), ni descuidar a los obreros que serán objeto de mayores presiones, exigencias laborales y hasta de trampas para reducir sus salarios. No deberá pasarse por alto, tampoco, que el tiempo libre (si se consigue) necesita ser usado verdaderamente en la convivencia familiar, en el aumento de la educación y la cultura, nunca en el ocio corruptor y, por tanto, será indispensable exigir al Estado que levante las obras y proporcione los servicios indispensables para elevar la calidad de vida de la clase trabajadora en estos aspectos fundamentales. Como quiera que se vea, en las nuevas circunstancias, para cuidarse de la navaja en el pan, ahora será más necesario y urgente aumentar la conciencia y la organización de toda la clase trabajadora.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".