El caso fue presentado ante la ONU el 22 de noviembre.
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El gobierno de Japón, instigado por su homólogo de Estados Unidos (EE. UU.) que está interesado en generar una crisis en el extremo oriente, crispó su relación con la República Popular China (RPCh) al acusarla de que planea un improbable ataque a Taiwán.
Este juego del imperialismo estadounidense, del que éste y Tokio saldrán perdiendo, provocó que no durara la luna de miel iniciada por ambas naciones asiáticas apenas el pasado 31 de octubre durante la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), celebrada en Corea del Sur.
En esa fecha, como señal de buenos deseos, la nueva primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, y el presidente de China, Xi Jinping se saludaron. Siete días después, la relación bilateral caía a su peor nivel en muchos años debido a la provocación nipona.
El siete de noviembre, Takaichi actuó en el Parlamento como una herramienta de la acre política exterior de EE. UU. contra China. La belicosa gobernante sugirió que, ante una contingencia en el Estrecho de Taiwán, invocaría el Derecho de Autodefensa Colectiva, a pesar de que no había indicio alguno de una agresión desde Beijing.
Esta realineación política sin precedentes se produjo en el marco de la hostil política estadounidense contra China, frente a la que Japón se creó un dilema enorme, pues debió decidir entre respaldar a Washington –por la gran dependencia económico-militar con este país– y conservar y desarrollar su incipiente “buena relación” con Beijing, su primer socio comercial.
Ahora, la cancillería japonesa intenta controlar los daños, pero su primer ensayo resultó fallido, como lo evidenció el fracaso de Masaaki Kanai quien, en su reciente visita a Beijing, no logró reencauzar la relación con China, como lo admitió su homólogo chino Liu Jinsong.
Y para agudizar la situación, Lai Ching-te, el médico taiwanés que desde mayo de 2024 funge como presidente de Taiwán aprovechó que la isla simboliza el epicentro de la crisis desde donde se difunden unas fotografías suyas en las redes sociales que llevan el título El almuerzo de hoy es sushi y sopa de miso, con lo que insinúa su preferencia por Japón.
Con respecto estas fotos, la vocera del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Mao Ning, comentó: “cualquiera que sea el espectáculo que monten las autoridades de Lai Ching-te, no cambia el hecho de que Taiwán es el Taiwán de China y parte inalienable del territorio de China”. El mensaje obvio fue para Washington.
El conflicto aumenta y la prensa occidental distorsiona la información, porque silencia la reivindicación china de que Taiwán pertenece al territorio chino, atribuye al gobierno de Xi Jinping represalias “injustificadas” y no reconoce que el problema se gestó con la agresiva declaración de la primera ministra japonesa.
Ese capítulo inesperado e indeseable tiene un impacto mundial, porque surge en el momento de mayor rispidez de Europa contra Rusia, cuando el Pentágono se posiciona en el Caribe para consumar un ataque a Venezuela y cuando Donald Trump anuncia el retorno de EE. UU. a los ensayos nucleares.
Su embajador en Tokio, George Glass, respaldó a Takaichi ante el canciller japonés; Toshimitsu Motegi acusó a Beijing de incurrir en el “clásico caso de coerción económica”. Además, el secretario del Departamento de Guerra, Pete Hegseth, afirmó que la alianza mutua resulta “crucial para disuadir la agresión militar china”.
China ha reaccionado con firmeza diplomática. Advirtió que las palabras de Takaichi eran extremadamente peligrosas y condenó lo que llamó “injerencia flagrante” en los asuntos internos de su país porque entre Japón y Taiwán pervive una milenaria historia común, cuya soberanía reclama desde 1949.
Esta nueva fractura en Asia revela el interés de la necropolítica estadounidense por imposibilitar, mediante la confrontación con sus vecinos, el extraordinario auge económico y tecnológico de China, así como controlar aún más la región como lo ha hecho desde 1945, cuando ocupó Japón y creó bases militares donde hoy se alojan unos 60 mil soldados.
Para manipular sus diferendos contenciosos y reclamos con China, Japón dispone de Corea del Sur y Filipinas. En el caso de Tokio, uno es el añejo diferendo por las islas Diaoyu (como las nombra China) o Senkaku (según Japón); y otro, la creciente disputa por yacimientos regionales de tierras raras, de vital interés para EE. UU.
Por ello es necesario subrayar que la política interna japonesa responde al interés estadounidense. El Partido Liberal Democrático (PLD) –el más añejo en el poder– aclara en el discurso que respeta la posición de Beijing sobre Taiwán, pero sin asumirla en la práctica. En 2014 llamó a China “país adversario”.
Después de una relativa coexistencia pacífica, Sanae Takaichi llegó y reeditó esa crisis. El 21 de octubre fue investida como primera ministra, luego de que, en julio, su antecesor, Shigeru Ishiba, perdiera el voto de confianza del Parlamento por primera vez en 26 años debido a su polémica gestión.
Como la 104ª primera ministra del país, Takaichi proyectará la política de mano dura, militarista y ultraconservadora del PLD. Aunque sus reformas recientes fortalecieron el control del Kantei –sede del primer ministro– el suyo será un gobierno de minoría por el retiro del partido Komeito y su alianza con el radical partido Ishin, que apoya el choque con China. Debido a ello, sus iniciativas requerirán dos tercios de votos en el Parlamento. Este choque de intereses podría llegar al desgaste prematuro de su política.
Todo análisis sobre Japón apunta a una realidad: si Sanae Takaichi insiste en desafiar a China para complacer a EE. UU., será la gran perdedora en todos los ámbitos. El problema de Japón no es China, sino su dependencia de Washington. La sumisión nipona ante la potencia bélica se explica porque la cooperación económica, su política exterior y seguridad han derivado de ella.
Por tal motivo, el dilema de la cúpula política japonesa no radica en endurecer o conciliar su vínculo con China, sino en estrechar cada vez el mismo, a pesar de su excesiva dependencia de EE. UU., explica el analista del Instituto para Estudios Financieros de Chongyang, Ding Gang. Aunque la prensa y las redes sociales etiquetan a Takaichi como “halcona” y “Dama de Hierro”, ella buscará reafirmar la posición de Japón, pero su margen de maniobra se reduce día a día.
De este modo aceptó la exigencia de Trump de aumentar su gasto en defensa al dos por ciento con respecto al Producto Interno Bruto (PIB). EE. UU. demanda que sea del cinco por ciento, como ya aceptaron los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Takaichi debe cumplirlo en el corto plazo.
Esta sumisión obedece a su premura de pactar con Trump y evitar aranceles del 15 por ciento al sector automotriz. Con su juego de presión, el magnate-presidente obligó a sus firmas a “ofrecer” inversiones por 550 mil millones de dólares (mdd) en EE. UU.
El Kantei y el Trono del Crisantemo privilegian su alianza con EE. UU. como la base de su seguridad; también están conscientes de que ese vínculo erosiona su diplomacia hasta convertirlos en peones de Washington ante la guerra sucia contra Beijing que, para colmo, es su principal socio comercial.
Las cifras de esta relación son elocuentes: el intercambio con China supera los 300 mil mdd. Sus exportaciones e inversiones resultan vitales para los sectores automotriz, químico y electrónico nipones; más aún, su tecnología de punta sería inoperante sin las tierras raras chinas; y sin los 550 mil visitantes anuales de China, el turismo y comercio minorista quebrarían.
Japón también depende de EE. UU. en defensa, tecnología avanzada, energía y otros. Por ello, Takaichi está atrapada entre la subordinación a Trump y su profunda dependencia económica de China.
El dilema estructural de Japón se explica por esa rendición a EE. UU. y su agresividad hacia China. Algo es claro: EE. UU. no tolerará que su aliado asiático clave ostente independencia en su relación con China, por ello sometió a Tokio para que tomara partido a su favor.
México debe estar atento a la evolución de este conflicto. Su relación con Japón se ha fortalecido, aunque con China hoy deja mucho que desear, debido a su excesiva dependencia de EE. UU. Entretanto, el coloso asiático ha extendido exitosamente sus vínculos multisectoriales en toda América Latina.
Basta citar que la inversión japonesa en México alcanzó los cuatro mil 285 mdd en 2024, cifra que contrasta con los apenas 710 mdd de China; aunque ya se asientan aquí sus empresas como Huawei y BYD.
La vulnerabilidad de Japón por su dependencia de EE. UU. representa una lección para que México proyecte con visión de futuro sus intereses geopolíticos y afirme su relación con Eurasia. Entretanto, el mundo pregunta: ¿cuánto soportará Japón esta crisis que lo expuso a represalias de China, que canceló su importación de camarón y la cooperación en entretenimiento? Depende de cuánto dure su base política en el Parlamento.
El futuro de Japón depende de que su casta político-económica admita la realidad de su dependencia, sin importar quién sea Primer Ministro; de lo contrario, su autonomía será una falacia. Los escenarios se resumen en uno: China gana, Japón pierde.
Por primera vez, el nuevo gobierno japonés vinculó una supuesta represalia a su seguridad nacional –ataque o bloqueo– de China a Taiwán. Ese punto de inflexión determina el afán de la cúpula militarista japonesa por volver al campo de batalla; pues tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, no tiene ejército ni puede declarar la guerra, según el Artículo 18° de su Constitución, dictada por EE. UU.
El Artículo 9° permite la existencia de las Fuerzas de Autodefensa de 250 mil elementos que operan en tierra y mar con armamento moderno y sólo actúan en caso de legítima defensa, como mencionó la flamante Primera Ministra.
El militarismo está latente en Japón. Después de la guerra, EE. UU. lo ocupó y diseñó sus instituciones y doctrina de seguridad; además, aún lo ocupa con una gigantesca base militar en Okinawa, muy cuestionada por la población. Por ello, Tokio se adhirió al expansionista concepto del Indo-Pacífico del Pentágono y representa la puerta de acceso de la visión belicista anti-China.
El Pacto de Defensa en el Pacífico entre Japón, Australia y Filipinas avanza –llamado OTAN asiática– y amplió su relación con este bloque militar, por lo que no se descartan mayores tensiones Tokio-Beijing, anticipa el experto del Instituto Polaco de Asuntos Internacionales, Oskar Pietrewicz.
Que Japón amague a China con una acción armada resulta ridículo, cuando menos, pues viene de un país en riesgo de quiebra económica y que no ha sufrido ninguna ofensa de Beijing.
La Premier Takaichi acata el interés de la élite nipona encarnada en la familia imperial (el emperador Naruhito y su corte), líderes del PLD (con el Primer Ministro y Ministro de Finanzas en turno), la jerarquía de las Fuerzas de Autodefensa y la Unidad Especial de Abordaje de la Marina, así como los liderazgos industrial y financieros del país.
Ellos manifiestan su poder al controlar la política y economía que define al país dentro y fuera. Se les suma la extrema derecha, fuerza fundamental en la historia contemporánea y que atrae a muchos jóvenes mediante grupos antisistema.
Es el caso del partido Primero Japón (PJ), que surgió en la pandemia y se dispersó por YouTube con teorías conspirativas. En julio ganó escaños por su discurso antiinmigrante, contra el gobierno “indiferente” y la promesa de cortar impuestos y gasto social. Su ascenso únicamente enajena a la nueva generación, revela Tim Kelly en The New York Times.
Esta élite engloba el concepto detrás de la frase despectiva Japón S.A. que define la transformación económica a la actual cultura capitalista corporativa. Entre 1970 y 1990, el gobierno y el Banco Central intentaron modernizar al país con un modelo centralizado con estrategias exportadoras. En los 80, el país generó el mayor PIB mundial, pero en los 90 obtuvo un lento desarrollo económico y periodos de deflación, según algunos, debido a la especulación,
Hoy Japón S.A. incluye modelos tradicionales como los zaibatsu, grupos financieros, eje del sector económico. Un ejemplo sería Mitsubishi, con su propio centro financiero.
Otro esquema es el keiretsu: antiguas empresas familiares ahora en versión corporativa, con su propia cadena de suministros, como Mitsui con Toshiba, Sumitomo, Sapporo Breweries; así como la tecnológica Rakuten, con sus servicios financieros, deportivos y de telecomunicaciones. También figuran Zensho Holdings –que emplea a 10 mil extranjeros y su cadena de restaurantes Sukiya, Hamazushi, Lotteria y NakaU–. Y otras como Toyota y Nippon Telephone and Telegraph.
La vulnerabilidad en el suministro de tierras raras –17 metales básicos para la tecnología de punta, difíciles de extraer– resulta crítica porque depende de China, que controla 97 por ciento de su producción mundial, además, entre 85 y 90 por ciento de la fabricación de imanes.
China es líder en estos minerales básicos para las energías renovables, la electrónica, los dispositivos médicos y hardware militar, lo que plantea un desafío vital para EE. UU. y Occidente. Y es que mientras crece la demanda de tierras raras, Beijing puede restringir su exportación si Trump continúa su política agresiva.
EE. UU. instó a Japón a obtener tierras raras por minería submarina y así fortalecer sus cadenas de suministro. Durante su reunión con el magnate, el 28 de octubre, Takaichi confirmó que su país cooperará en esa exploración.
En enero de 2026, el barco Chikyu intentará extraer minerales de tierras raras a la mayor profundidad marina de la historia (cinco mil 500 metros) cerca de la isla Minami Torishima, en el océano Pacífico. Se intentará sacar unas 35 toneladas de piedras y arena: cada una de las cuales tendría dos kilogramos de tierras raras.
De ahí el interés de EE. UU. por ese proyecto minero y por eliminar su dependencia con China. Minami Torishima está a mil 950 kilómetros al este de Tokio, donde se asentaron 16 millones de toneladas de depósitos ricos en tierras raras, según el Programa Interministerial de Promoción de Innovación Estratégica de Japón.
El caso fue presentado ante la ONU el 22 de noviembre.
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Escrito por Nydia Egremy
Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.