Pocas veces, una cinta como Cuando vuelven las cigüeñas (1954), del soviético Mijail Kalatazov, logra ser una obra de arte de alto contenido artístico y, sobre todo, reflejar el arte cinematográfico de forma realista y poética.
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Prácticamente, el filme discurre en escenas mayoritariamente eróticas. Subliminalmente, la historia de Halina Reijin nos indica que la decisión de Romy significa una “liberación”; es el deseo intenso de expresar una sexualidad ilimitada. Pude intercambiar algún punto de vista con un compañero que también vio este filme y coincidí con él en que la idea de la realizadora es presentarnos esta historia como algo necesario –como si se “masculinizara” la posición de la protagonista–; como sostiene el feminismo radical, si los hombres pueden engañar a las mujeres y ejercen su sexualidad sin ninguna taxativa, entonces las mujeres pueden hacerlo también sin impedimento de ninguna especie. Romy confiesa a Jacob su infidelidad en alguna ocasión; y Jacob encuentra a su esposa en compañía de Samuel.
La violencia se desata; pero –de forma “civilizada”–, después de un pleito, “las aguas vuelven a su nivel”. El final de Babygirl entra en esa idea moderna y civilizada de que los conflictos en la pareja se solucionan con gran facilidad y felicidad para quien ha traicionado o quien ha sido traicionado. Pero las dudas saltan inmediatamente en mentes perspicaces; ¿así se resuelven la mayoría de los conflictos conyugales producidos por adulterio? ¿Qué ocurre cuando estos conflictos derivan en divorcio? ¿Acaso, en las parejas, la traición queda, en la mayoría de los casos como peccata minuta, que se resuelve con mucha facilidad?
Halina Reijin es una realizadora que pretende presentarnos una versión edulcorada del conflicto marital, derivado del adulterio. Para Reijin, ésta es una posición de la llamada tendencia “progresista” (“progre”, ahora se denomina).
Pero ese progresismo de “izquierda” es la manoseada tendencia de los partidos que renunciaron hace mucho a lucha por el socialismo, y se adaptaron a la lucha que es posible dentro de los marcos del orden social capitalista; ser “progre” actualmente es aceptar todas las patrañas sobre las ideologías que dividen a la sociedad artificialmente, el “feminismo” radical, que pretende enfrentar a las mujeres contra los hombres.
No se trata, por tanto, de crear enfrentamientos artificiales (y artificiosos) entre los géneros masculino y femenino, o de crear la lucha entre los veganos y los consumidores de carne, la lucha entre los que defienden las corridas de toros y quienes las rechazan y piden su prohibición, la lucha entre los que rechazan el maltrato a los animales y quienes lo toleran, y así hasta el infinito; pues como han afirmado importantes lideres partidarios del mundo multipolar: esas divisiones son parte de la estrategia del imperialismo para crear artificialmente división interna en la sociedad.
Hace décadas que la llamada “izquierda” de los países de Occidente abandonó la lucha de clases, que es el verdadero “motor de la historia”. Ya para esa “izquierda progre”, no es la lucha de las grandes masas explotadas y oprimidas contra el régimen extractor de plusvalía, fuente del descomunal enriquecimiento de unos cuantos y el empobrecimiento de las mayorías. Ahora la división de la sociedad es otra para esa “izquierda”. Pero, como es parte de las leyes ineluctables que rigen a la sociedad, la historia dará, tarde o temprano, su veredicto.
Pocas veces, una cinta como Cuando vuelven las cigüeñas (1954), del soviético Mijail Kalatazov, logra ser una obra de arte de alto contenido artístico y, sobre todo, reflejar el arte cinematográfico de forma realista y poética.
En municipios indígenas más del 75 por ciento de los nacimientos son atendidos por parteras.
En pleno auge de la Guerra Fría, el filme soviético Aquí los crepúsculos son más apacibles (1972), del realizador Stanislav Rostotki, da un ejemplo del buen cine realizado en aquel país durante décadas.
Durante todo el Siglo XX surgió en los círculos intelectuales latinoamericanos la discusión sobre la pertinencia de integrar nuestro universo cultural al llamado mundo occidental.
La balada del soldado es una historia de gran aliento humano; narra la vida y el amor que se mueven en el ámbito de la muerte y la destrucción. La balada del soldado es una joya de la cinematografía mundial.
Las cintas que abordan historias ocurridas durante la Segunda Guerra Mundial son tal vez las más numerosas de toda la filmografía global.
En varios de sus filmes, la realizadora granadina Chus Gutiérrez ha retratado la dura realidad que padecen los trabajadores en España.
Adeudos, pagos irregulares, esquemas de contratación que evitaban responsabilidades laborales y despidos son sólo algunas de las irregularidades.
La cazadora roja es un filme ruso (2015) del realizador ruso Sergey Mokritskiy, que nos relata la vida de la francotiradora soviética Ludmila Pavlichenko.
La pregunta suena sencilla, pero no lo es tanto.
Las plataformas streaming de cine y espectáculos tienen una cantidad abrumadora de películas, series y documentales disponibles que se caracterizan por contenidos insulsos.
Para saber con certidumbre si un movimiento nacionalista es progresista, revolucionario o retrógrado es indispensable enterarse qué objetivos persigue, quiénes son sus dirigentes y a qué clase social pertenecen u obedecen.
Irán tiene la posibilidad de destruir grandes centros urbanos, sedes de grandes capitales de todo el mundo.
El estado de la educación artística es lamentable.
En los dos documentales sobre los crímenes de Jeffrey Epstein y Ghislane Maxwell se muestra detalladamente cómo estos depredadores sexuales idearon eficaces mecanismos para seducir, reclutar y violar a centenares de adolescentes durante dos décadas.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA