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Política y verdad
López Obrador es sólo una muestra de nuestra “clase” política, entre cuyos integrantes prevalece la misma creencia: que su actividad tiene que ver menos con la ciencia que con el “sentido común”.
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La mala relación o absoluta desavenencia entre verdad y política representa un viejo lugar común. No hace falta ir tan lejos, ni en el tiempo ni en el espacio, para comprobar la vigencia de este tópico, especialmente entre los políticos profesionales, quienes para esto se pintan solos. Para muestra un botón: no hace tanto que el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) declaró: “no crean que tiene mucha ciencia el gobernar. Eso de que la política es el arte y la ciencia de gobernar no es tan apegado a la realidad. La política tiene más que ver con el sentido común, la política tiene que ver más con el juicio práctico”. Desde este punto de vista, verdad y política son dos cosas no solo completamente ajenas y extrañas entre sí, sino incluso contrarias, conceptos que se excluyen. Política y verdad son, pues, incompatibles.

Con tales palabras, el Presidente fulminó casi cinco siglos de desarrollo de la ciencia política de un plumazo, desde la publicación de El príncipe, de Nicolás Maquiavelo. Pero el actual mandatario es solo un botón de muestra de nuestra “clase” política, entre cuyos integrantes prevalece la misma creencia: que su actividad tiene que ver menos con la ciencia que con el “sentido común”.

Tal concepción de la política no es más que una cara de la moneda. Su otra faz es una concepción recíproca de la verdad. En efecto, si se acepta que la esencia misma del poder es ser engañoso, también se acepta, consciente o inconscientemente, que la esencia misma de la verdad es precisamente ser inaplicable. De esto último, del carácter supuestamente impráctico de la verdad, surge precisamente el reverso necesario del estereotipo correspondiente al político cazurro: el “intelectual avinagrado en su propia estupidez e incapacidad para obrar”. A partir de estas dos concepciones complementarias se concluye que verdad y política son absolutamente irreconciliables. Por tanto, habrá que reconocer que la verdad es ajena a la política y que la política es incompatible con la verdad.

En términos más generales, la disyuntiva entre verdad y política equivale a la oposición entre hacer y conocer. Pero la disyunción o ruptura de la unidad entre verdad y política o entre hacer y conocer no es resultado de la mera ignorancia o de la maldad de los individuos, sean éstos políticos o intelectuales. Tiene una base objetiva, social e histórica. Uno de los motores más importantes del desarrollo de la sociedad burguesa es la división del trabajo y la especialización.

Este sistema permite que la sociedad en general se enriquezca y se haga más compleja; pero también fragmenta las capacidades, astilla las fuerzas y empobrece las disposiciones del individuo. Así, la sociedad burguesa convierte a los hombres en pequeños “fragmentos” del todo, de suerte que “cada cual entiende solo de un arte mecánico en particular, sea material o intelectual”.

Esto mismo explica que la política se convierta en una “maquinaria de especialistas del poder”, de hombres que únicamente entienden de la política como actividad particular, permanentemente atados a ese “fragmento particular del todo” y que, como tales, se forman solo como fragmentos.

Pero falta el reconocimiento de que la ruptura entre hacer y conocer en la sociedad burguesa no significa aceptarla resignadamente. Por el contrario, la práctica revolucionaria, la transformación de la sociedad, propicia inevitablemente la unidad indisoluble entre práctica y teoría, entre política y verdad.


Escrito por Victoria Herrera

COLUMNISTA


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