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Las clases sociales en México y en el mundo
Los resultados indiscutibles del gobierno de la 4T son, por un lado, la acumulación insultante de riqueza y, por el otro, como correlato obligado, más pobres que ahora sufren más.
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Las explicaciones de los ricos y poderosos sobre la existencia y persistencia de los pobres en la sociedad humana, son muy antiguas. Hacer un recuento preciso sería el resultado de una escrupulosa investigación. No obstante, podemos mencionar las explicaciones religiosas que comparten varios credos que consisten en afirmar que se trata de designios de Dios, quien ha escogido a una parte de la humanidad para vivir y sufrir en pobreza, como una forma de probar su entereza y su fidelidad; casi todas estas interpretaciones prometen una compensación eterna por la paciencia y la resignación. No hay ya duda acerca de que estas interpretaciones de la realidad social han resultado muy efectivas para mutilar no solamente los deseos de mejoramiento sino, sobre todo, contener las ansias de rebelión.

Están también las explicaciones que ponen en el centro del problema una supuesta inteligencia y laboriosidad de los miembros de la cúspide social mientras que los pobres y marginados serían víctimas de una escasa inteligencia y una abundante indolencia o, tratando de atenuar la agresividad del planteamiento, explican la pobreza por una falta o insuficiencia de instrucción y por una mala suerte en la vida. Ante la dificultad de hacer, como dije, un recuento exhaustivo, solo añado la idea de los territorios o países que marchan con retraso en la ruta del progreso, entran aquí las versiones de que hay zonas y países desarrollados y zonas y países subdesarrollados pero que solo tienen que avanzar y culminar su ciclo para igualar a los más ricos y poderosos. Y no menos importante, al menos para los mexicanos de hoy, es la doctrina que explica la concentración de la riqueza en unas cuantas manos como consecuencia de los robos que perpetran al Estado de los privilegiados algunos de esos mismos privilegiados, eso que han dado en llamar corrupción.

Todas éstas –y otras parecidas– no son más que patrañas destinadas a conformar a los desheredados de la tierra y a desviar su atención de las explicaciones científicas, de la identificación precisa de las causas verdaderas del tan persistente como nefasto fenómeno de la existencia de ricos y pobres. Muchos años pasaron hasta que un hombre sensible, inteligente y comprometido, un genio único, dedicara su vida y sacrificara la de su familia, a tratar de encontrar las verdaderas causas de la pobreza en la sociedad. Carlos Marx encontró que la piedra de toque de las relaciones sociales de producción que habían surgido ante el hundimiento del modo de producción feudal, el secreto del capitalismo, consistía en la compra recurrente de una curiosa mercancía que, a la hora de consumirse, tenía y sigue teniendo la virtud de producir nueva riqueza. Esa mercancía asombrosa es la fuerza humana de trabajo y todo era cosa de comprarla por su valor, ponerla a funcionar y obtener un valor superior; ahora, en pleno 2022, muy superior al que se pagó por ella. Y cómo no había de ser así, si desde que apareció el hombre recolector, era menor el esfuerzo que hacía que el fruto que obtenía de ello puesto que sobrevivía, se hacía más fuerte, se reproducía y sus primitivas poblaciones crecían. Ésa era y sigue siendo la explicación de fondo de las pasmosas fortunas de los que son dueños de medios de producción y pueden comprar fuerza de trabajo.

Claro que esta explicación científica, nunca hasta ahora refutada por nadie, concitó muchos enemigos. Hasta con la vida personal del genio se metieron para desacreditarlo. Pero la ganancia, llamada más bien plusvalía, ahí sigue. Y sigue causando sufrimientos indecibles y guerras criminales. La sociedad humana sigue dividida en clases sociales, cada día la división se hace más profunda y ha llegado hasta a amenazar seriamente la existencia del género humano, en el corto plazo, como consecuencia de una guerra nuclear y en el no tan corto plazo, como consecuencia del abuso y desperdicio de los recursos naturales en favor de la ganancia, por la destrucción de las condiciones de la vida en el planeta tierra.

Últimamente han aparecido investigaciones serias que documentan tanto la persistencia del fenómeno de la explotación de los trabajadores como la de su magnitud actual. Son de erizar los cabellos. La organización no gubernamental Oxfam publicó un estudio que se llama La desigualdad mata, en el que señala que el pavoroso ataque del virus SARS-COV2, que ya ha matado a un aproximado de 17 millones de personas en el mundo, una mortandad no vista desde la Segunda Guerra Mundial, ha resultado para unos cuantos privilegiados un jugosísimo negocio, ya que “se ha creado —escuche usted— un nuevo milmillonario cada 26 horas desde que comenzó la pandemia y los 10 hombres más ricos han duplicado sus fortunas mientras que se estima que más de 160 millones de personas fueron sumidas en la pobreza”. “Se calcula —añade— que ahora hay 163 millones más de personas que viven con menos de 5.50 dólares al día que cuando empezó la pandemia”. Es más, con la rudeza y falta de tacto que tienen todos los pronósticos científicos, en el estudio de la Oxfam se dice también que las proyecciones del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y Credit Suisse muestran que “los niveles de pobreza no volverán a sus niveles anteriores a la crisis ni siquiera en 2030”.

Pero no olvidemos que la misma Oxfam ha llamado a su estudio La desigualdad mata, y que la “desigualdad” no es más que un eufemismo, una forma de atenuar el impacto de la palabra explotación. Así de que la gran cantidad de muertos por la pandemia no es consecuencia de los designios de Dios, ni de la desidia, ni de la falta de preparación o la mala suerte, se trata de las consecuencias de que unos hombres trabajen y produzcan la riqueza y otros, los más pocos, se queden con ella, se trata de la división de la sociedad en explotados y explotadores. El panorama en México no es nada diferente. Veamos: “mientras nueve de cada 10 mexicanos vieron caer su ingreso con el inicio de la crisis por la pandemia de Covid-19, la riqueza de los multimillonarios del país creció 29.7 por ciento, de acuerdo con un reporte de organizaciones internacionales” publicó el diario La Jornada el pasado 20 de enero.

Más sobre los pobres: según el Inegi, hay 17 millones de mexicanos que no tienen empleo; hay 48 millones que están subempleados o trabajan menos horas de las que tienen disposición; y el 56 por ciento de los mexicanos “empleados” está en el sector de la informalidad, que creció en el tercer trimestre de 2021 hasta 31.4 millones de personas, cuatro millones más de las que había en 2020. La pobreza, según el Coneval, también se incrementó en 3.8 millones de pobres más en comparación con los que había en 2018 y la pobreza extrema, solo en los primeros dos años de este gobierno, creció en 2.1 millones de personas.

No debe, pues, caber ninguna duda, el régimen cuatroteísta, que gritó a los cuatro vientos que para él primero estaban los pobres, ha resultado un fracaso… o una farsa. Sus resultados indiscutibles son, por un lado, la acumulación insultante de riqueza y, por el otro, como correlato obligado, más pobres que ahora sufren más. Un encanto de gobierno para los beneficiarios de la plusvalía. No obstante, la agudización de las contradicciones, por mucho que se quiera esconder con demagogia, acaba por saltar a la palestra y, aquí y en China, conduce a exigencias cada vez más airadas y peligrosas. Puede ser esto lo que han calculado los dueños de los 257 mil millones de pesos que salieron solo en 2021 y lo que vislumbran los dueños de Citi, que venden Banamex y que prefieren deshacerse de su negocio, aunque, como lo dice Viri Ríos en su excelente libro No es normal y que espero tener oportunidad de comentar más adelante, “La banca en México es dos veces mejor negocio que la banca en Estados Unidos y casi 20% mejor negocio que en Canadá. Controlando por activos y capital, los banqueros hacen mejor negocio en México que en el 82% de los países del mundo”. No tendrá que vivir mucho el que quiera ver si tenemos razón.


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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