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Abel Pérez Zamorano
El ocaso del mito
La sociedad empieza a abrir los ojos; tras la nube de incienso descubre la verdad y a nadie sorprenda que caiga el engaño de que AMLO resolvería los problemas, principalmente los de los más pobres, que hoy viven peor.


Y el destino alcanzó a Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien gozara, como candidato y ya Presidente, de amplia credibilidad, en muchos casos hasta el fanatismo. Porfirio Muñoz Ledo, en su cuenta de Twitter (dos de diciembre de 2018) dijo que AMLO “Es un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria. Sigámoslo y cuidémoslo todos”. AMLO se la creyó; y terminó abusando de su popularidad, golpeando a diestra y siniestra (en forma siniestra), dejando sin solución los grandes problemas nacionales, que, consecuentemente, se agravan. Resultado lógico: la credibilidad del Presidente cae. Sabemos bien que las encuestadoras obedecen al poder, pero llega un límite en que no pueden ya ocultar la realidad.

Una encuesta de El Financiero publicada el dos de febrero indica: “Desaprobación a AMLO llega a máximo nivel del sexenio en enero. Lejos quedaron los días del inicio del Gobierno cuando la desaprobación al mandatario no rebasaba el 20 por ciento (…) arrancó el sexenio en 19 por ciento. En la última encuesta de El Financiero, la desaprobación al presidente alcanzó 45 por ciento, el nivel más alto en lo que va de su sexenio. (…) el año anterior (…) la desaprobación tocó 43 por ciento en agosto y octubre (…) entre diciembre y enero. Por ejemplo, en el tema de la honestidad, la opinión favorable al mandatario pasó de 57 a 52 por ciento; la de liderazgo, de 52 a 48 por ciento, y la de capacidad de resultados, bajó de 45 a 39 por ciento (…) La economía tampoco se ‘salvó’: el porcentaje que considera que está mal o muy mal subió de 46 a 52 por ciento (…) En lo que se refiere a la seguridad pública (…) la opinión negativa pasó de 52 a 57 por ciento”. Ciertamente, si no es éste el retrato exacto de la opinión pública, pero lo que todos vemos cada día nos dice que no anda muy lejos, y que, aunque sea aproximadamente, sí expresa una tendencia.

La encuesta incluye las conferencias mañaneras. Como sabemos, usando como propiedad personal la maquinaria mediática del Estado, y erogando cuantiosos recursos, desde ése su púlpito el Presidente dispara, en diarias andanadas, los peores anatemas contra los insumisos –incluyendo, por cierto, a la Iglesia, caso concreto a los jesuitas–, haciendo escarnio y denostando impunemente, en lo que dista mucho de ser la conducta esperable de un verdadero estadista, sabia, ecuánime y prudente. Contrariamente, desde el pódium presidencial, el micrófono se convirtió en macana de granadero. Al respecto, el pasado 22 de diciembre, el diario Reforma publicó: “94 mil falsedades de AMLO en mil mañaneras. Las mañaneras, consideradas el corazón propagandístico de la 4T, llegaron a su emisión número mil y en cada una, según un análisis de la consultora Spin, el Presidente hace cada vez un promedio de 94 afirmaciones falsas”. Así, la falsedad (al inicio mediáticamente impactante) acaba por desgastarse. Y es que no puede haber impunidad lógica. La gente tiene cerebro, y no solo oye: también juzga, a la luz de resultados y de su experiencia diaria.

Esto registra la encuesta citada: ‘Mañaneras’ de AMLO pierden su encanto: opinión positiva cae en enero )…) el 42 por ciento de las personas consultadas tiene una opinión positiva de las ‘mañaneras’ en enero de 2023 (…) En septiembre de 2022 la aceptación se encontraba en 51 por ciento, mientras que en octubre cayó a 46 por ciento. En comparación, en enero de 2019 (…) tenían una aceptación del 72 por ciento, a un mes de que tomara la Presidencia de México. Desde entonces la aprobación ha bajado mes con mes y oscilado entre el 69 por ciento (febrero de 2019) y 42 por ciento (enero de 2023), según datos de las encuestas de El Financiero”. La sociedad empieza a abrir los ojos; tras la nube de incienso descubre la verdad y a nadie debe sorprender que caiga el engaño de que AMLO resolvería los problemas, principalmente los de los más pobres, que hoy viven peor. Con sus propias palabras, y hechos, él viene destruyendo las esperanzas exageradas que despertó. Como habría dicho Abraham Lincoln: puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.

El resultado es lógico, pues la 4T causa gran daño social: eliminó el Fonden y los fideicomisos de apoyo a la ciencia; persigue a los científicos; cancela en el PEF obras en estados y municipios, e impide a éstos construir. Redujo el presupuesto a Agricultura y a Semarnat, mientras otorga recursos exorbitantes al Ejército y a los elefantes blancos presidenciales. Se redujo en 15 millones el número de derechohabientes al suprimir el Seguro Popular e instaurar el Insabi; se eliminó el apoyo a guarderías y se suprimieron las escuelas de tiempo completo. Por mal manejo de la política de salud, México es primer lugar mundial en personal médico fallecido por Covid-19, y, hasta hoy, quinto sitio en total de muertes (según cifras oficiales); asimismo, resurgen enfermedades ya desaparecidas, como tuberculosis, poliomielitis y rabia en humanos, al tiempo que aumentan el desabasto de medicamentos y la falta de equipamiento hospitalario. Masacres, feminicidios y criminalidad en general están desatados. Conmueve el angustioso esfuerzo de las “madres buscadoras”. En fin, queda sin solución real el caso de los estudiantes de Ayotzinapa, “pegadora” promesa de campaña que atrajo muchos votos y generó elevadas expectativas.

Entretanto, el Presidente se ocupa en avasallar al Poder Judicial y en destruir al INE, mientras menudean los escándalos de corrupción gubernamental, en su círculo cercano y en su entorno familiar, arropados todos en la bandera de la honestidad. La riqueza sigue concentrándose, más aceleradamente, en la élite privilegiada (el propio AMLO blasona que en su gobierno ningún rico ha perdido dinero); mientras tanto, los sindicatos son sometidos, y el presidente persigue con singular encono a quienes pretenden organizar y concientizar a los más pobres para que luchen, como es el caso de Antorcha Campesina.

La caída en la aprobación al Presidente y el descrédito de sus conferencias matutinas evidencia que el pueblo termina por descubrir los errores que llega a cometer, y seguramente sabrá corregirlos. Debemos confiar en ese pueblo al que, para adularlo, AMLO llama “sabio”, pueblo que hoy no solo opina mal del Presidente, sino que actúa, como en las multitudinarias manifestaciones en defensa del INE, mayores que la débil concentración oficial que, pese a las millonarias sumas invertidas no logró llenar el Zócalo capitalino. El pueblo sabio está descubriendo que, si antes estábamos mal, y es muy cierto, ahora estamos peor –siempre se puede estar peor–, y, además, burlados.

Finalmente, este despertar, débil aún, no debe conducir a un retorno al viejo régimen, que tanto daño causara. Volver al pasado sería como caminar en círculos. El modelo neoliberal, el de antes y el de hoy, merece ser eliminado; tal fue el sentir del pueblo al votar en 2018, sin advertir que era víctima de una añagaza y que le esperaba más de lo mismo. Hoy sufre las consecuencias, pero debe mirar al futuro (la historia no se detiene), cuidándose de mesianismos políticos, basándose en sus propias fuerzas, elevando su educación política (hoy bastante precaria), y organizándose en su propio partido para tomar directamente todo el poder, sin depender de “intermediarios”, que gobiernen a su nombre mientras lo traicionan. El pueblo debe gobernar y atender él mismo sus añejas necesidades que, como queda probado, no se resuelven repartiendo tarjetas y sobornando gente para que vote. Todos, todos los recursos del erario son suyos y debe aplicarlos en su beneficio. He ahí el reto, hoy más claro y apremiante conforme se destiñe la imagen de la autodenominada “Cuarta Transformación”.


Escrito por Abel Pérez Zamorano

Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.


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