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El fenómeno Mamdani expresa una reacción ante el avance de la derecha en Estados Unidos (EE. UU.). Puede leerse como el equivalente, en clave de izquierda, del populismo de derechas que encarna Donald Trump. No es algo “nuevo”, sino un síntoma de la fractura profunda en la élite estadounidense, que se polariza en bloques enfrentados. Esa división puede parecer una farsa, pero también puede ser el preludio de conflictos más abiertos, como sugería Marx en el Manifiesto del Partido Comunista.
Es importante recordar que esos polos no son homogéneos. Ni la izquierda ni la derecha son bloques monolíticos: agrupan posiciones ideológicas e intereses de clase diversos. No existen grupos puros. Son las coyunturas históricas las que moldean a los distintos sectores, y la balanza se inclina hacia quien está mejor organizado y mejor preparado científicamente. La victoria no será de “la izquierda” o “la derecha” en abstracto, sino de alguna fracción concreta dentro de esos campos.
Por eso conviene precisar el término “populismo”, tan desgastado por el uso. En un sentido general, el populismo es una forma de hacer política que apela al “pueblo” contra “la élite”, simplificando las relaciones sociales en un enfrentamiento moral entre buenos y malos. Se apoya en liderazgos fuertes que se presentan como encarnación de la voluntad popular y prometen soluciones rápidas a problemas estructurales sin cuestionar necesariamente los fundamentos del orden social existente.
Desde un punto de vista materialista, el populismo consiste en elevar el principio de “poner por delante a los pobres y a las clases populares” a imperativo universal sin partir de un análisis riguroso de las condiciones materiales, de las correlaciones de fuerzas y de la historia real de esas clases. Domenico Losurdo recuerda que, en la revolución de junio de 1848, la burguesía francesa aseguró su triunfo apoyándose en el lumpenproletariado, ese sector desposeído y disponible para venderse al mejor postor. La “masa” no es portadora automática de verdad histórica: las mayorías pueden equivocarse y respaldar proyectos reaccionarios, de derecha o de izquierda. Vittorio Bufacchi subraya que el populismo rara vez es un fenómeno genuinamente popular, aunque se apoye en el pueblo: suele expresar el malestar de un sector de las clases propietarias –o de sus capas intelectuales– que se siente desplazado del aparato estatal y busca más poder recurriendo a la movilización de las clases subalternas.
La lucha de clases es la forma general del conflicto social, pero no siempre se manifiesta como un “pueblo pobre organizado” enfrentado directamente a “los ricos”. A menudo, sus protagonistas inmediatos son ejércitos profesionales, aparatos estatales en pugna o fracciones de la burguesía, aliadas coyunturalmente con segmentos de las clases subalternas. El pueblo organizado, consciente y politizado, que toma las riendas de su destino en sus propias manos, sigue siendo una tarea pendiente de la historia.
En ese contexto aparece Mamdani. Es una de las figuras emergentes de la izquierda neoyorquina vinculada a los Socialistas Democráticos de EE. UU. Es un político joven, de origen migrante, no nacido en EE. UU. Sus padres, de origen indio, forman parte de una élite intelectual ligada a la Universidad de Columbia. Él mismo estudió en Bowdoin College, una institución exclusiva, en el área de estudios afroamericanos. Es musulmán, racializado, cosmopolita, producto de la educación de élite e identificado con causas populares. Reúne, por tanto, rasgos biográficos que lo vuelven atractivo para diversas capas sociales en una ciudad como Nueva York.
Su inserción política se da dentro del Partido Demócrata, en el ala percibida como más “radical”, la de los socialistas democráticos. El papel de esta organización ha sido clave para sus éxitos electorales, gracias a un ejército de voluntarios que lleva años construyendo infraestructura militante y perfeccionando métodos de campaña. Mamdani no es un outsider aislado, sino la cara visible de una maquinaria política en expansión.
No es socialista en el sentido clásico –no propone abolir la propiedad privada ni expropiar los medios de producción–, ni se reivindica como tal. Sin embargo, parte de los medios y del establishment lo presenta como extremista. Esa etiqueta se apoya menos en su programa económico que en su postura clara frente al genocidio en Palestina y en su cercanía a luchas históricamente asociadas a la izquierda: defensa de migrantes, crítica al racismo estructural, apoyo a sindicatos y movimientos de inquilinos. Ése es quizá su mérito principal: asumir una posición en un contexto en el que el consenso bipartidista tiende al silencio o a la complicidad.
En el terreno doméstico, su estrategia es abiertamente electoral y concentra demandas muy sentidas por la clase trabajadora y por las capas medias empobrecidas de Nueva York. Sus propuestas giran en torno al costo de la vida: políticas de vivienda, congelamiento de las rentas en departamentos estabilizados, construcción de vivienda de ingreso bajo; provisión de bienes básicos a precios asequibles en tiendas bajo control municipal; transporte público gratuito; cuidado infantil gratuito desde las primeras semanas de vida hasta la edad preescolar. El financiamiento provendría de nuevos impuestos a las grandes fortunas y a las rentas altas. No se propone transformar la estructura de la producción capitalista ni la lógica general de la ganancia, sino redistribuir una fracción mayor del excedente apropiado a grandes empresas y sectores ricos de la ciudad.
Aquí la etiqueta de “populismo de izquierda” adquiere forma concreta. Por un lado, Mamdani articula una coalición interclasista que reúne sectores de la clase trabajadora precarizada, capas medias urbanas presionadas por la carestía y fracciones progresistas de las clases propietarias e intelectuales. Por otro lado, su liderazgo y su biografía condensan simbólicamente “al pueblo”: joven, racializado, hijo de migrantes, musulmán, intelectual de élite que se declara del lado de “los de abajo”. Y su programa se mantiene dentro del marco del capitalismo realmente existente, buscando concesiones significativas pero compatibles con la reproducción del capital.
Trump, en el otro polo, encarna un populismo de derecha que también se alimenta de una coalición heterogénea: sectores del gran capital, fracciones de la pequeña burguesía blanca, capas trabajadoras empobrecidas y desorganizadas que buscan chivos expiatorios en los migrantes, las minorías raciales y “enemigos internos”. Figuras como Mamdani le resultan indispensables: sirven como enemigos útiles contra los que lanzar la palabra “socialismo” o “comunismo” como insultos, sabiendo que conservan una fuerte carga negativa en amplios sectores del electorado.
La coalición que sostiene a Mamdani es multirracial y multiclasista. En un contexto en el que la clase trabajadora no se constituye como sujeto político consciente y organizado, la disputa por el Estado adopta esta forma: alianzas amplias, liderazgos carismáticos, programas redistributivos limitados. Lo paradójico es que, sin ser socialista, Mamdani aparece así ante muchos grupos de poder. No porque su programa lo sea, sino porque lo leen en movimiento: entienden que la normalización de ciertas políticas y discursos puede abrir la puerta a demandas más profundas en el futuro.
El apoyo del que goza se parece más a un movimiento de masas espontáneo que a una organización de clase arraigada. Ahí está su principal debilidad. El capital político acumulado puede evaporarse con rapidez si no logra materializar una parte sustancial de sus promesas. Y, aun en el escenario favorable de que lo consiga, mientras la clase trabajadora no se constituya como entidad política viva, la historia del imperio seguirá repitiendo la misma escena: líderes carismáticos que concentran esperanzas, concesiones parciales, restauración del orden y nuevos ciclos de decepción, hasta que una fuerza social organizada ocupe el lugar que hoy llenan los populismos de izquierda y de derecha.
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Escrito por Arnulfo Alberto
Maestro en Economía. Candidato a doctor por la Universidad de Massachusetts Amherst, EE.UU.