La forma en que pensamos y sentimos está determinada por la interacción entre el cuerpo y el cerebro.
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El documental El dilema de las redes sociales de Jeff Orlowski no pretende aleccionarnos sobre cómo puede la humanidad emplear en beneficio de la humanidad herramientas tan poderosas como las de la Inteligencia Artificial (IA). Orlowski, solo se enfoca en hacer una crítica sobre los efectos más nocivos de la utilización de la IA. Nos dice, por ejemplo, que desde los años 60 del Siglo XX, la capacidad de procesamiento de datos ha crecido tres mil millones de veces (si lo comparamos con el aumento de la velocidad de los automóviles, resulta que ésta, cuando mucho, ha aumentado al doble). Y Google, por ejemplo, tiene bajo tierra –bajo el agua, incluso– miles y miles de computadoras conectadas entre sí, que ejecutan programas muy complejos y se transmiten información todas (como las neuronas de un gran cerebro).
Los programas que manejan las grandes compañías de redes sociales operan con algoritmos (que son opiniones en código, como prototipos que se aplican incesantemente en miles de millones de veces en todo el “universo” de los usuarios), los cuales sirven para moldear las conductas de esos miles de millones de seres humanos. Los algoritmos están “optimizados” para una definición de “éxito”. La IA sirve para que las empresas comerciales puedan manejar las conductas humanas sobre esa base de “éxito”.
Son muy pocas las personas que conocen el funcionamiento de ese entramado de los algoritmos, pero es tal el desarrollo de esos programas cibernéticos, que los que los manejan no saben hasta dónde puede llegar la IA. ¿Los controlan los científicos y técnicos de las redes sociales o la IA controla a los seres humanos? Y los exejecutivos y exempleados de Facebook, Google, Twitter, etc., no dudan en señalar que la IA está ya controlando a la inteligencia humana. Pero los programas de la IA han sido diseñados para que esa “tecnología persuasiva” utilice las debilidades humanas, para generar adicción, radicalización, polarización, promoción de la ira social, etc.; se busca, por tanto, dominar la “naturaleza humana”.
En lo particular me parece que el documental quiere –y tal vez éste sea el aspecto más negativo de la crítica que hace Orlowski a las redes sociales–, negar que las redes sociales, muy a pesar de los diseños manipuladores, moldeadores de la conducta humana para beneficio de las grandes empresas capitalistas y del orden social que beneficia a las élites plutocráticas, también han permitido que algunas fuerzas progresistas puedan masificar sus propuestas económicas, políticas y culturales. Ahora, que hay efervescencia política por las elecciones próximas en Estados Unidos, Orlowski señala cómo los dos partidos que controlan la sociedad gringa (Republicano y Demócrata) “llevan agua a su molino”, aprovechando la polarización y radicalización de sus posturas políticas. Pero, aún en medio de ese océano de manipulación política, ideológica y social, las organizaciones progresistas, pueden y deben navegar en aguas turbulentas; deben aprovechar las redes sociales, eludiendo al máximo las trampas de la “tecnología persuasiva”.
La forma en que pensamos y sentimos está determinada por la interacción entre el cuerpo y el cerebro.
Cuando se aborda el tema de la Inteligencia artificial (IA), a diferencia de algunas décadas atrás en el tiempo, ya no se aborda como ciencia-ficción; ahora la IA es una realidad.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA