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El último movimiento estudiantil que representó un hito histórico para el país fue sin duda el de 1968. Las protestas de los jóvenes mexicanos en numerosos lugares de la geografía nacional representaron la aparición histórica de este grupo social y demográfico como actor político y sujeto de derechos que jugaba su papel histórico transformador de la estructura y superestructura capitalista. Los estudiantes tomaron conciencia de su fuerza, su energía, su ímpetu y capacidad movilizadora y demandaban con justa razón cambios en el statu quo político.
¿Pero por qué se movilizaron los jóvenes? Fue en primer lugar una manifestación de contradicciones sociales profundas en el seno de la nación mexicana. Los serios problemas que aquejan a la sociedad mexicana son resultado del agotamiento del modelo económico imperante.
Los estudiantes exigían las libertades políticas individuales consagradas en la Constitución Mexicana de 1917 como la libertad de expresión, la libertad de organización, la libertad de prensa. Denunciaban el control total de la prensa y los medios de comunicación a los dictados de la burocracia autoritaria dominante y su parcialidad en la información difundida.
Su lucha fue política e iba dirigida contra el partido político, en este caso el PRI, y su excesivo control de la vida pública. El uso y abuso del poder por un monopolio corporativo dentro de una sociedad que se decía democrática.
Representó un avance en el sentido político de exigir congruencia entre la estructura económica imperante y la superestructura, y se podría calificar de exitoso en ese mismo sentido, pues logró que el régimen flexibilizara aunque sea parcialmente sus políticas más restrictivas y su control absoluto de la prensa, se legalizaron partidos políticos y se dio más espacio a las minorías.
La respuesta del aparato estatal a las manifestaciones mostró la naturaleza represiva del régimen y demostró que los estudiantes estaban en lo correcto al demandar derechos y libertades acordes al carácter capitalista de la economía mexicana.
Pero además, entre todos los grupos etarios, los jóvenes son los más interesados en hacerse oír, en tomar la palabra y expresar sus ideas en torno al estado de cosas y refutar el realismo político capitalista o la idea de que no hay alternativa a la situación actual. Al estar en una etapa de transición de la niñez a la edad adulta, es natural que surjan cuestionamientos, discusiones, dudas, preocupaciones y sueños sobre su futuro y el futuro del país en su conjunto en torno a qué camino y dirección tenemos que tomar y las decisiones políticas que se deben seguir para alcanzar los objetivos anhelados. Dijo sabiamente Salvador Allende que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica.
Hoy en día, los jóvenes sufren un proceso de enajenación producto del consumismo capitalista y su tendencia a generar productos de diversa índole ante los que una persona sin información o sin herramientas suficientes no puede tomar decisiones con conocimiento de causa. Por ejemplo, la adicción a las drogas, el Internet, las redes sociales, los videojuegos, todas son salidas fáciles y falsas para una juventud que busca cambios profundos en la estructura económica y la organización política que la acompaña. No se promueve el sentido de comunidad, de solidaridad, de altruismo; no se busca formar en el joven el sentido de responsabilidad política en el más amplio sentido de la palabra. Más bien se busca dividir a los jóvenes, adormecerlos y anestesiar su rebeldía natural.
El verdadero camino es el estudio profundo de las cosas, de la realidad que nos rodea, la búsqueda de la verdad científica y la explicación racional del mundo. De esa manera, el joven tendrá las herramientas para actuar sobre la realidad y transformarla.
Los jóvenes han renunciado a su papel revolucionario y las consecuencias están a la vista: un país con una economía atrasada que suma millones de pobres y con una desigualdad rampante, un sistema educativo que lastra igualmente el desarrollo del país, una sociedad polarizada y aletargada que no es capaz de levantar la voz para exigir sus derechos y denunciar las numerosas injusticias diarias.
Los jóvenes están llamados a ser dirigentes, a movilizarse, a encabezar las luchas no sólo de ellos sino de toda la sociedad. Son los que están en mejores condiciones y los que tienen, o pueden desarrollar, las herramientas políticas e intelectuales para guiar la organización, la ecuación, la politización y la movilización del pueblo trabajador de México. Los estudiantes deben demandar mejores condiciones materiales para sus escuelas; pedir instalaciones de calidad, equipo moderno para las diversas disciplinas y asignaturas, exigir profesores de calidad y bien pagados. Al final de cuentas, el gasto público en educación es mucho menor al recomendado internacionalmente con apenas 3.2 por ciento del Producto Interno Bruto, cuando hay países que gastan más de seis por ciento en este rubro, lo que no permite que el sector educativo se vuelva un motor de desarrollo. Todo eso deben pedir, pero no sólo eso. También deben buscar encabezar las demandas de otros grupos estudiantiles de su localidad y de su estado.
Deben desarrollar una visión general de las cosas que les permita solidarizarse y movilizarse con sectores marginados y excluidos de la sociedad, como los trabajadores en su lucha por empleo para todos, por mejores condiciones de trabajo y mejores salarios, por señalar un ejemplo.
La historia señala que la politización, la organización y la movilización de los jóvenes y estudiantes han sido clave para lograr avances sociales importantes. La huelga de la UNAM a inicios del año 2000 impidió el cobro de colegiaturas en esta importante institución y mantener su carácter popular. La lucha estudiantil de Chapingo en 1973 dio como resultado la transformación de la Escuela Nacional de Agricultura en la Universidad Autónoma Chapingo.
La lucha estudiantil debe definir sus propios objetivos genuinos a través de la discusión democrática. Una vez hecho esto, todos deben unirse en torno a ese plan definido para evitar la dispersión de esfuerzos. La fuerza de los estudiantes, como la de cualquier grupo sin poder en el capitalismo, radica en su número y en su unidad. Si no cuenta con estos elementos, es difícil que tenga una influencia política efectiva.
Paradójicamente, ahora estamos ante un nuevo partido hegemónico que un día sí y otro también busca concentrar el poder político absoluto en el país. Esta tendencia al autoritarismo ya tiene su equivalente histórico y sus consecuencias nefastas son de sobra conocidas, aunque los morenistas intenten olvidar su propia lucha pasada contra el régimen de partido único.
Los estudiantes deben tomar partido, recoger las demandas democráticas que enarbolaba el movimiento estudiantil de 1968 y no permitir un retroceso al pasado. La lucha política es un primer paso en la dirección correcta, aunque no es suficiente, pues el régimen político emerge a final de cuentas de una base económica que, si permanece igual, no producirá cambios de fondo en la sociedad.
Desde diciembre pasado, Washington pretendió derrocar al régimen iraní mediante una revolución de colores.
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Escrito por Arnulfo Alberto
Maestro en Economía. Candidato a doctor por la Universidad de Massachusetts Amherst, EE.UU.