Pocas veces, una cinta como Cuando vuelven las cigüeñas (1954), del soviético Mijail Kalatazov, logra ser una obra de arte de alto contenido artístico y, sobre todo, reflejar el arte cinematográfico de forma realista y poética.
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En 2015, el realizador ruso Andrey Vereshchagin filmó Mi segunda vida que es una historia de dos personas marcadas por la tragedia cuyas vidas, por alguna razón, se cruzan. Pero en esa coincidencia no es sólo casualidad; ambos son víctimas de un mismo grupo de delincuentes. En las secuencias iniciales, Andrey, el protagonista masculino, decide llevar a su esposa e hija a pasear. Conduciendo su automóvil sufre un accidente al salirse de la carretera cuando un vehículo casi se estrella de frente. Andrey sólo sufre algunos golpes y pequeñas heridas, pero su hija y su esposa pierden la vida. A partir de este suceso, Andrey decide renunciar a su trabajo como rescatista en el cuerpo de bomberos de la ciudad donde vive cuando su jefe le dice que debe descansar, dado que emocionalmente no es apto en esos momentos y tiene que ser revisado por un psicólogo. Mientras tanto Yulia, quien trabaja en una oficina como contadora, recibe una llamada de su hermana, que está embarazada y le pide la vaya a visitar; Yulia decide acompañarla a una evaluación médica. Repentinamente son testigos de un asalto a una camioneta de valores; cuatro delincuentes le cierran el paso al vehículo blindado y disparan con armas de alto poder, matando a los dos tripulantes.
Los delincuentes detonan un artefacto explosivo para abrir la puerta de la camioneta y sustraen el dinero que resguardaba. Yulia y su hermana, testigos del asalto, son descubiertas por los maleantes; ambas tratan de ocultarse tras unos arbustos, pero los delincuentes deciden disparar contra ellas para asesinarlas. La hermana de Yulia es herida. Yulia llama al servicio de ambulancias y ambas son trasladadas a un hospital. La hermana de Yulia muere, pero la niña que llevaba en el vientre es salvada por el médico que atiende la urgencia.
Un año después, Andrey trabaja como obrero y decide visitar a Zenaida, su suegra, para pedirle vivir en su casa, pero ella no sólo rechaza la petición, sino que le dice qué él debería haber muerto en lugar de su hija y su nieta.
Yulia, que se ha hecho cargo de la hija de su hermana, es citada por el fiscal que lleva el caso para identificar al delincuente (Colodin, uno de los asesinos ha sido detenido).
Los otros cómplices del asalto a la camioneta de valores, de la muerte de los dos guardias y de la hermana de Yulia, al saber que esta última va a testificar en contra de su compinche, la buscan; Yulia va visitar la tumba de su hermana; ahí, en el cementerio, se encuentra Andrey, t visitando las tumbas de su esposa e hija (es el aniversario del accidente). Cuando Yulia se está retirando, los asesinos la atacan, pero Andrey interviene, los golpea y la salva.
Desde ese momento, la historia es una persecución ininterrumpida hacia Yulia. Andrey no se separa de ella, pues comprende el terrible peligro que la acecha (cuando la deja en la guardería donde va a recoger a su sobrina Andrey vuelve a ver a los maleantes y, entonces, regresa para ayudarla a escapar.
Mi segunda vida es una historia sencilla, que refleja la personalidad del guionista y realizador de la cinta. En la sencillez, decía Thomas Mann, se puede ver el buen arte (para Mann, el buen arte es aquel que logra conmover el alma, no necesariamente debe ser complejo, rebuscado, sino que en esa sencillez se pueden expresar sentimientos profundos, ideas de gran calado, etc.). Y a mí, en particular, me parece que en la historia de Yulia y Andrey se puede ver una coincidencia profunda: dos seres afectados por la tragedia, unidos por la adversidad, y que la enfrentan con resolución. Normalmente, el cine ruso no se basa en historias truculentas, llenas de acción, de efectos especiales, de insulsez temática y de manipulación sentimental, que son características del cine de Occidente.
Pocas veces, una cinta como Cuando vuelven las cigüeñas (1954), del soviético Mijail Kalatazov, logra ser una obra de arte de alto contenido artístico y, sobre todo, reflejar el arte cinematográfico de forma realista y poética.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA