El alza en bienes básicos y servicios cotidianos intensificó la presión económica en los hogares
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Al término de la Primera Guerra Mundial, una guerra de rapiña por la repartición del mundo ante el surgimiento de nuevas potencias, el dominio inglés declinó rápidamente. El gran capital de Estados Unidos comenzó a erigirse como el acreedor internacional, pero todavía sin la capacidad para tomar bajo sus riendas a la economía mundial. La crisis de 1929 debilitó profundamente a la economía estadounidense y se expandió hasta convertirse en una crisis mundial. El crack sucedió precisamente en este “interregno”, por lo que la posibilidad de que muchos países dejaran de pagar su deuda externa sin consecuencias severas ni intervenciones extranjeras se materializó. Antes de esta situación, sólo la Rusia surgida de la Revolución socialista dirigida por Lenin había repudiado las deudas con los acreedores internacionales. Por otro lado, el mercado internacional de bonos no estaba tan concentrado en unos cuantos acreedores y el capital financiero tenía, por tanto, un poder menos disuasivo, como documenta Jerome Roos en su libro ¿Por qué no el default?
El dominio estadounidense terminó por concretarse al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Su dominio estaba cimentado no sólo en la superioridad económica y militar frente a sus pares europeos capitalistas, sino también en el entramado de instituciones globales que impulsó, como los acuerdos de Bretton Woods. En éstos, el dólar fue oficialmente establecido como moneda mundial, utilizada para el comercio, las inversiones (y deudas), y las reservas internacionales de los otros países; también en estos acuerdos se crearon el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial (instituciones profundamente desiguales en su funcionamiento, privilegiando la toma de decisiones por Estados Unidos).
Mientras duró la bonanza económica –la “edad de oro del capitalismo”, como muchos la han llamado– y mientras la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) seguía siendo un contrapeso político fundamental al imperialismo estadounidense, las crisis de deuda soberana no aparecieron en el escenario internacional y los gobiernos de los países atrasados capitalistas tenían margen de maniobra interna en tanto que no buscaran la vía al socialismo. Era una situación que no iba a durar mucho tiempo. Desde 1950, los grandes bancos estadounidenses pugnaban por liberarse de las trabas impuestas por las regulaciones del New Deal dentro de Estados Unidos y comenzaron a pujar por su expansión, con la venia de la Reserva Federal. Esta ansia de valorización y expansión pudo materializarse a partir de un mercado completamente desregulado para el dólar: el mercado de eurodólares.
Otro factor que impulsó aún más la “reanudación de la hegemonía norteamericana”, en términos de la economista brasileña Maria da Conceição Tavares, fue el problema de acumulación de capital y la disminución de la tasa de ganancia del capital estadounidense, durante la década de 1970. Éstos se manifestaron en un excedente de capital que buscaba salida en las arcas de los grandes monopolios bancarios. El incremento de los precios del petróleo en 1973 por las medidas tomadas por los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), la colocación de esas crecientes y descomunales ganancias en los grandes bancos europeos y estadounidenses aumentaron esa necesidad. Comenzó entonces una oleada gigantesca de exportación de capitales en forma de préstamos a los países atrasados capitalistas y a los países socialistas que no pertenecían a la URSS.
Es aquí, con el dominio indiscutible del imperialismo estadounidense, cuando las crisis de deuda pública toman su expresión más aguda y característica. El flujo de capital en forma de préstamos continuó hasta que, en 1979, el presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, decidió incrementar drástica y unilateralmente las tasas de interés para frenar la inflación en Estados Unidos. Esta tasa de interés es relevante para el resto del mundo porque es la que se utiliza como referencia para los préstamos internacionales –situación derivada en buena parte porque el dólar es la moneda mundial– y porque son las instituciones financieras de Wall Street las que controlan los flujos financieros internacionales. Muchos países habían tomado préstamos a tasas de interés variables, por lo que, de un día para otro, su deuda se volvió gigantesca y se vieron en la imposibilidad de pagarla a los acreedores internacionales privados, fundamentalmente, pero también al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. Dos grandes regiones del mundo, con una gran población en pobreza, se vieron en esta situación: América Latina y África.
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Escrito por Gladis Eunice Mejía
Maestra en Economía por la UNAM.