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Brújula
Diles…
Mientras en Palacio Nacional, el gobernante de México afirma dormir con la conciencia tranquila y tiene dulces sueños, para sus millones de gobernados, su gobierno ha resultado ser una pesadilla terrible.


No hay peor juez que la conciencia, que al final a todos nos alcanza, como magistralmente lo expuso Fiódor Dostoyevski en su célebre novela Crimen y castigo. Juan Rulfo, en su cuento Diles que no me maten, reunido en libro El llano en llamas, escribe también que hay cosas que no se olvidan; y que tarde que temprano nos ajustan las cuentas.

Esto viene a colación porque, en Palacio Nacional, hay un hombre que afirma dormir con la conciencia tranquila. Sin embargo, mientras que para él los sueños son dulces, para la mayoría de los mexicanos su gobierno ha resultado ser una pesadilla terrible. A tres años de la pandemia, el país aún paga grandes cuotas por la falta de una estrategia sanitaria y económica por enfrentarla; y para la posteridad han quedado sus argumentos de que el Covid-19 solo era una “gripita”… los mexicanos éramos inmunes al virus, o que los cubrebocas no ayudaban y que podíamos salir a comer a las fondas y abrazarnos.

Pero sus colaboradores más cercanos no se quedaron atrás a la hora de publicar sandeces, como fue el caso del médico Hugo López-Gatell quien, en su afán por quedar bien con el Presidente, descuidó sus tareas y llegó a declarar que la fuerza de éste era moral, no de contagio. Entre sus estrategias fallidas recordamos el programa Centinela, que consistía en la prevención, cuando la enfermedad ya afectaba a todo el país; aunque finalmente se optó por la “inmunidad de rebaño” y el Gobierno Federal dejó morir a todos los que tuvieran que morir.

Lo mismo ocurrió con el programa Quédate en casa al menor síntoma, que solo provocó que la enfermedad aniquilara a más contagiados; con el Semáforo de riesgo epidemiológico, que se limitó a “mensajear” que los contagios estaban siendo controlados; con el “acondicionamiento” (y no actualización) de la infraestructura y equipos hospitalarios; así como con la falta de materiales médicos en clínicas y hospitales, que impidió la atención adecuada a enfermos y expuso al personal médico al contagio y a la muerte.

¿Y qué decir de las clases virtuales en el sistema de educación pública nacional, en el que hoy se resiente uno de los retrocesos más grandes de que se tenga memoria ya que, en sus hogares, muchos maestros y alumnos no contaban con espacios adecuados ni los recursos tecnológicos indispensables para aportar y recibir conocimientos; y la mayoría debió arreglárselas como pudo? Lo mismo sucedió con las pequeñas y medianas empresas (Pymes) que no recibieron apoyo ni condonación de impuestos para evitar su cierre y recortes de personal.

Por ello sorprende que el inquilino del Palacio Nacional pueda dormir con la conciencia tranquila y que no le interrumpan el sueño el casi millón de muertos que causó la pandemia; los más de 250 mil niños que ésta dejó huérfanos; las secuelas y esperanzas de vida que la enfermedad recortó en muchas personas; el millón de empresas quebradas; los millones de trabajadores que hoy padecen desempleo y los miles de estudiantes que abandonaron sus estudios y no podrán aspirar a mejores empleos.

Pero el cuento de Rulfo no termina bien para su personaje principal, ya que expresa: “Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilo. Al menos esto –pensó– conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”. Y, en efecto, el olvido nunca se olvidó de él; y al final el castigo le llegó…

El Presidente debería saber esto mejor que nadie; también debería prever que cuando sus programas asistenciales no dispongan del dinero suficiente para comprar conciencias y votos, la gente ya no creerá en sus mentiras y exigirá castigo tanto para él como para los criminales que por omisión o intención dejaron morir a miles de mexicanos. Si hoy los morenistas piensan que la historia los absolverá, se equivocan rotundamente: mañana los condenará.


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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