El pueblo de México está mayoritariamente desorganizado y puede ser víctima de los discursos simplistas de la derecha.
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Elegir (e incluso inventar) un problema que pudiera convertirse en el centro de su actividad, en el renglón principal de su gobierno, en el blanco al que deberán dirigirse las acciones de todas sus dependencias y secretarías de Estado por el tiempo que dure su mandato, se ha convertido en los cinco últimos sexenios en la nota distintiva de cada Presidente de la República, de su gabinete y partido político del que provino. La elección de este problema les da brillo y les concede el aplauso mayoritario del pueblo aunque la solución de sus problemas fundamentales se posponga indefinidamente. Así podríamos recordar algún sexenio como el de la “guerra campesina e indígena”, la época del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que ocupó la atención de muchos miles de mexicanos, apartando su mente de los más importantes problemas de su vida, para ocuparse de un tema que resultó un elemento distractor, un pretexto del Estado para no atender asuntos vitales del pueblo. El sexenio de Felipe Calderón Hinojosa se recuerda como el sexenio de la “guerra contra el narcotráfico” y el crimen organizado, que se extendió al sexenio siguiente, cobró cientos de miles de vidas y movilizó a las fuerzas armadas del país hacia las calles, a cargo tareas que hacía décadas realizaban la policía y las autoridades civiles: la seguridad de los ciudadanos y el orden.
Característica común e inseparable de la tarjeta distintiva de los dos últimos gobiernos, emanados de los partidos más antiguos del país (PAN y PRI), fue la agudización de los más graves problemas económicos: el crecimiento de la pobreza en todos sus grados, el desempleo, la baja del poder adquisitivo de los trabajadores; y frente a todo esto, una enorme concentración de la riqueza y la casi absoluta invulnerabilidad de la clase del dinero. La guerra propia de cada sexenio permitió que pasara desapercibida la evolución del régimen imperante en México hacia su etapa neoliberal; es decir, sin etiquetas ni eufemismos, el libre avance del capital extranjero, del imperialismo, la entrega de la economía nacional a los intereses del gran capital mundial, el establecimiento de acuerdos del Gobierno mexicano con gobiernos extranjeros, mejor dicho con el gobierno estadounidense, nuestro bondadoso y democrático vecino.
Se dejaron perder los bienes expropiados por la Revolución, los recursos nacionales como las minas y el petróleo, en aras de un libre comercio; tierras, aguas, recursos energéticos, minas, etc., pasaron más libremente cada vez a manos extranjeras; el arribo de nuevas trasnacionales a territorio mexicano se consideró casi una bendición del cielo, aunque creciera el estancamiento económico del país, cuyo Producto Interno Bruto tiene un incremento cada vez más insignificante cada año.
Así se ha desarrollado la economía mexicana en los cuatro últimos sexenios; y entramos al quinto, cuyo gobierno se inaugura con una nueva guerra: “la guerra contra el robo de combustibles” o “guerra contra el huachicol”; ésta es, al parecer, su tarjeta de identidad. Y las características adjuntas, inseparables de los anteriores sexenios no parecen estar ausentes: se heredan la terrible desigualdad, concentración de la riqueza, crecimiento de la pobreza extrema, estancamiento de la economía, entrega del petróleo a capitales extranjeros, pactos de libre comercio cuyos términos desfavorables son evidentes, pero que obligadamente se aceptan, ante las descaradas amenazas del gobierno imperialista. Los tambores de la “guerra del huachicol” resuenan y las densas nubes del incendio se elevan en el horizonte haciendo olvidar al pueblo, momentáneamente, sus viejos problemas.
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Escrito por Redacción