A pesar de que el Gobierno Federal ha impulsado incrementos significativos al salario mínimo, la pérdida real del poder adquisitivo en el rubro de alimentos es innegable.
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El plástico es un material muy producido a gran escala por el hombre dado la cantidad de usos que posee y las ventajas que representa debido a que es duradero: resiste la degradación química y física. Pero, por otro lado, el plástico es un problema al atentar contra el bienestar de las personas y del medio ambiente, acumulándose en una cantidad indiscriminada de desechos en todos los rincones del planeta. Su demanda y su producción han aumentado enormemente en los últimos 65 años. Para darnos una idea hay que tomar en cuenta que en 1950 se producían alrededor de dos millones de toneladas de plástico en todo el mundo, y en 2015 se llegaron a producir 381 millones de toneladas, es decir 200 veces más, y cerca del 50 por ciento de ese plástico era desechable o de un solo uso.
Los microplásticos, partículas de tamaño y diámetro menores a cinco milímetros, son plásticos que se fragmentan continuamente en el medio ambiente, son muy pequeños, imperceptibles al ojo humano. Se trata de partículas como el polietileno, el polipropileno, el policloruro de vinilo clasificado como cancerígeno para los humanos, el poliestireno y el tereftalato de polietileno, que incluyen algunos aditivos y químicos que pueden ser dañinos para la salud y que desde hace algunos años empezaron a aparecer en diferentes partes del cuerpo de algunos animales utilizados para la dieta humana, como en las vísceras de peces, mariscos y aves marinas, además de estar presentes en la sal, frutas, verduras frescas, carne, agua potable y aire. Esto llamó la atención de la comunidad científica, pues, en otras palabras, “por donde quiera que miremos seguramente habrá presencia de microplásticos”.
A este respecto, ¿será posible que también en el cuerpo humano se encuentren este tipo de plásticos? Para responder esta pregunta, en 2018 se realizó un estudio a cargo de un profesor en Ecotoxicología de la Universidad Libre de Ámsterdam; allí se involucró a un grupo limitado de personas para las investigaciones. En los resultados encontraron que ocho personas presentaron micróplásticos en sus heces y también en 17 de 22 personas donantes de sangre. Otro estudio detectó la presencia de microplásticos en las muestras de pulmones de 11 de 13 personas. El profesor atribuye la presencia en la sangre por inhalación o ingesta; por otro lado, no queda claro si, una vez en la sangre, los microplásticos pueden pasar a otros órganos, especialmente al cerebro.
Se ha demostrado que los microplásticos causan daños graves a las células humanas, daños que van desde reacciones alérgicas hasta provocar la muerte celular. No solo perjudican el medio ambiente, sino también la salud del ser humano, porque cuando se incrementa la concentración de microplásticos en el cuerpo y en la sangre, aumentan los niveles de infecciones, deformaciones genéticas y trastornos neurológicos.
Ante esta problemática es importante dimensionar el problema en todas sus variables, no solo atacar la contaminación al limpiar mares, ríos, estanques, lagos; sino que también se debe encontrar una cura a los posibles daños ocasionados a la salud, lo cual requiere mayor inversión gubernamental a la investigación científica. Por otro lado, es importante considerar que la solución radical a este nuevo problema es cambiar el modo en que se produce: que se produzca solamente lo necesario, es urgente acabar con el consumismo desmedido y fomentar una cultura ambiental saludable.
A pesar de que el Gobierno Federal ha impulsado incrementos significativos al salario mínimo, la pérdida real del poder adquisitivo en el rubro de alimentos es innegable.
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Escrito por Arístides Maldonado Velázquez
colaborador