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El gobierno actual se ha presentado a sí mismo como el corolario, más bien el remate supremo, de tres transformaciones previas, cada una de las cuales habría representado una fase particular de un desarrollo histórico más amplio, de un círculo virtuoso que, de una etapa a otra, habría preparado el advenimiento de una transformación más, transformación adicional que, a diferencia de la tríada anterior, sería la metamorfosis definitiva, esto es, una suerte de apoteosis que vendría a culminar el proceso secular de la transformación general de México.
Por esto, parece claro que el concepto de “Cuarta Transformación” deriva de una interpretación teleológica de la historia nacional, con arreglo a la cual el pasado no tendría un sentido propio, sino que habría estado orientado, ab ovo, a realizar un concepto más allá de sí mismo, es decir, el concepto de una transformación final. De esta manera, se ha creado un pasado ad hoc, una historia adulterada que, mediante un burdo mecanismo de ingeniería ideológica, convierte los procesos precedentes en peldaños que, de una u otra manera, satisfacen una idea posterior, una finalidad trascendente que los impulsa, que los conduce de uno a otro hasta desembocar en la actualidad, la meta apriorística de todo el movimiento.
Todo esto manifiesta una concepción subjetivista de la historia, una posición cercana a un criticismo no-realista que parte de la abstracción de un sujeto puro, del sujeto como algo indudablemente dado que, a partir de las formas apriorísticas de la sensibilidad, es decir, de los “datos de los sentidos”, construye el mundo social. En este sentido, el desarrollo de la historia responde a la actividad absolutamente libre de este sujeto abstracto que trasciende todo condicionamiento histórico y social. Asi se desarrolla el lado activo de la historia, pero de una manera absolutamente abstracta y formal, esto quiere decir que la práctica del elemento subjetivo entra en contradicción con la experiencia sensible hasta el punto que el propio sujeto percibe la historia como el resultado de su actividad. En última instancia, esta concepción coagula, en estado puro, en el solipsismo; se exagera tanto la importancia de la actividad del sujeto que se llega al extremo de atribuir al sujeto el papel de creador de la realidad. En este punto, el concepto de “Cuarta Transformación” culmina en un solipsismo que raya en el autismo político.
Por la misma razón se ha sobreestimado la relevancia histórica de este proceso; se ha creído, por ejemplo, que se trata de una transformación inédita y radical cuando, en el mejor de los escenarios, es un cambio cosmético. A este respecto, los primeros actores de la “Cuarta Transformación” han demostrado una notable e incorregible ceguera histórica. En efecto, todos sin excepción han sentido la necesidad imperiosa de magnificar la trascendencia del drama que los tiene a ellos como histriones inmediatos. Ni siquiera su protagonista principal, el presidente López Obrador, ha sido capaz de captar el alcance “realˮ de su propia obra histórica; por el contrario, ha sido el primero en exagerar su verdadera significación. En esto, la resurrección de los muertos ha sido fundamental; se han hecho vagar los espectros de viejos próceres nacionales, han sido invocados los fantasmas de Miguel Hidalgo, Benito Juárez y Francisco I. Madero. En todos estos casos, las resurreciones no han servido más que para parodiar las luchas de la Independencia, la Reforma y la Revolución, es decir, la “Cuarta Transformación” se ha tenido que remontar a los recuerdos de la historia de México “para aturdirse acerca de su propio contenido”. En otros términos, se ha visto obligada a extraer su poesía del pasado en razón de que ha sido una “revolución” en la que la frase ha desbordado el contenido, razón por la cual la conjuración de los muertos ilustres por parte del gobierno actual no ha servido para glorificar una lucha nueva o para mantener la pasión de sus paladines a la altura de la que sería una gran tragedia histórica, sino para ocultar la mezquindad de su transformación con el disfraz de la vejez venerable. En suma, ha constituido una “transformación” tan radical que sus prebostes han necesitado resucitar las tradiciones, ideales e ilusiones de una época fenecida con el único objeto de esconderse a sí mismos el verdadero contenido de la misma.
Todo esto revela que la “Cuarta Transformación” es una comedia histórica. Como se sabe, la historia atraviesa muchas fases antes de enterrar las antiguas formas, pero la última fase de una forma cualquiera es su comedia. De esta manera, los hombres se pueden separar alegremente de su pasado. Y este alegre destino histórico es el que hoy se reivindica para México.
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Escrito por Miguel Alejandro Pérez
Maestro en Historia por la UNAM.